La máquina

El tipo descolgó el teléfono, consultó la nota amarillenta que al fin había encontrado en aquella caja de zapatos y tecleó los números. Una voz femenino y aterciopelada respondió al otro lado del aparato:

– Clínica para el Olvido Sistemático de los Recuerdos, ¿en qué podemos ayudarle?

– Muy buenas, deseaba pedir cita para una sesión, por favor.

La mujer continuó articulando una secuencia ya mecanizada:

– ¿Ha recibido usted antes nuestros servicios?

El hombre no dudó:

– Sí, he estado alguna vez.

Pero no recordaba por qué. De eso se trataba. La utilidad de aquel centro sanitario. Conectar el cerebro a una máquina innovadora que erradicaba aquella vivencia seleccionada que coleaba en la alcoba mental impidiendo el relajo. El individuo era aficionado al fútbol, granadino para más señas, y pretendía borrar las sensaciones del último partido de su equipo, una terrible paliza ante el Betis en Los Cármenes, con un resultado negativo jamás visto en la historia del club, según los registros de los estadísticos.

Cuando llegó al lugar, le atendió otra señora con gran cortesía. Tras unos minutos en la sala de espera, le encomendó a una especialista que lucía una bata blanca y una sonrisa análoga.

– Bueno, Javier, pues aquí está el informe de sus últimas visitas. Enseguida le pasaremos al quirófano. Permítame que le abandone unos minutos porque tengo que atender a otro cliente y enseguida regreso.

Javier, así se llamaba el hincha rojiblanco, se quedó allí solo ante aquella carpeta oscura, que reflejaba sus apellidos y que contenía parte de su pasado. La tentación era enorme. ¿Cuántas veces habría estado en aquella situación inquieta? ¿Qué pasajes de su vida habrían quedado apagados para siempre? El sudor frío recorría su frente cuando agarró el documento acelerado y lo abrió con infinita curiosidad. Lo que leyó le dejó a cuadros. Allí estaba, con absoluto detalle, una sucesión de experiencias con un denominador común: el Granada.

Así, Javier había procedido a fulminar el sufrimiento que se le arraigo aquel 25-J en el que el Granada fracasó en su campo ante el Murcia. También el día que se oficializó el descenso administrativo a Tercera división. En esa sección se acumulaban las visitas a la máquina. El debut estrellado en Armilla, las derrotas en campos modestos, el gol en propia puerta de Juanjo, el encierro de jugadores mientras gobernaba Pedro Ruiz que abocó a otra decepción, ese cierre de campeonato en Baza en el que ni siquiera se disputó la fase de ascenso a Segunda B. Se había gastado un buen pico.

Después había lapsos de parón. Se mencionaba a un tal Granada Atlético. Luego aparecía el Granada 74 y volvían escenas de jugadores enfadados, en esa ocasión de rodillas sobre el césped. Él sabía que se consiguió un ascenso en aquellos años, pero había preferido desprenderse de los momentos de incertidumbre. Los goles de Ramón los conservaba pero le desprendió algunos capítulos previos.

De aquella fecha, la de los futbolistas de nuevo en pie de guerra, databa su última vez. Habían pasado unos pocos años, no muchos, pero suficientes para romper el hilo. Con razón le costó tanto trabajo encontrar el dichoso número de la clínica. Disfrutó del ciclo de Quique Pina con entusiasmo. Hubo sobresaltos, pero los aguantó con firmeza, aunque aquella tarde en Marbella había sido complicada de soportar. Pero cuando jamás pensó que volvería a recurrir al lavado cerebral, con el equipo resucitado en Primera tras dos ascensos, regresó la tentación en la segunda campaña. La paliza ante el Betis había sido el detonante de una temporada de más chascos que festejos en Los Cármenes. Así había llegado a aquella silla, convencido de invertir sus ahorros, un gasto que veía de nuevo necesario.

Pero la lectura le trastocó los planes. Se arrepintió de todo. Esa recreación angustiosa tenía una conclusión feliz al fin y al cabo. Refrescar aquel sufrimiento otorgaba de mayor valor a lo conseguido. No podía entender cómo había cometido tantos errores para enterrar pequeños traumas. Por qué se había dejado vencer por el pesimismo. Esa carpeta llena de crueldades era la hoja de ruta que llevó a su club de la liquidación a la cúspide. A pesar del profundo dolor infligido por el Betis, aprendería a convivir con esa herida. Con la reciente y con las ya cicatrizadas. De repente se percató de lo estúpido de su actitud.

Cerró la carpeta de golpe, la dejó sobre la mesa de despacho sin mirar atráas y salió corriendo de aquella habitación. Se cruzó con la amable señora que la recibió y también con una joven preciosa que hacía preguntas robotizadas por teléfono. “Adiós, adiós”, acertó a decir, ante la estupefacción general, sin dar tiempo a réplica alguna. Huyendo para no regresar.

Cuando salió a la calle y consultó el móvil, pinchó en la aplicación de la Liga. Llevaba todo el día desconectado entre unas cosas y otras. El Celta había perdido, el Osasuna también. El Mallorca lo hizo el día de antes como sabía. Solo el Depor se plantaba más cerca. Javier volvió a sonreír ingenuo. Volvía a consolarse con el mal de muchos, como otras semanas. Pero esta vez su sentimiento era diferente. Había aceptado el destino turbulento. No quería dejar nada orillado en el tiempo. Sabe que su Granada puede acabar con los huesos en Segunda, que la tendencia es horrorosa. Pero también es consciente de que de peores ha salido, cuando no era la permanencia sino la supervivencia lo que estaba en liza. La tentación de aparcar aquello había desaparecido. La máquina quedaría para otros, más débiles. Un rojiblanco no se arredra, ni debe olvidar los desastres del pasado, porque todos sabemos las proezas que les sucedieron.

Jamás un granadinista de corazón se conectaría a una máquina así.