Huevos

La cuestión testicular es un argumento primitivo pero recurrente. Es la única característica con la que los que se sientan en la grada se nivelan o incluso superan a los de corto sobre el césped, por lo que se atornilla al discurso como un patrón fijo. La implicación profunda del hincha, concluyen, jamás puede asemejarse a la de un futbolista a sueldo, al que revienta como Usain Bolt a sus rivales, ni siquiera del deportista que se deja la piel en cada balón o ese que, en modo demagógico, besa el escudo tras el gol, hasta cuando varía de chaqueta. Aseveración popular, la de que las cosas malas ocurren por la vagancia general y por flojo ímpetu, que hacen ley cuando observan una dinámica negativa de resultados. Esa supuesta falta de actitud les permite explicar con trazo grueso lo que sucede. Los suyos pierden, dicho con insistencia, porque no le echan de aquello que no se compra en las farmacias.

La rabia incontenible embarulla el juicio y se apela a la entrepierna para encontrar el quid a una cuestión más rizada. Pero aunque el fútbol se tritura desde la sencillez está salpicado de avatares que no se explican solo bajo ópticas mundanas. Por más que le duela la derrota del viernes a cada aficionado rojiblanco, quebranto aumentado por los precarios marcadores que se acumulan, no hay muchos jugadores a los que se pueda acusar de deambular como lirones por la hierba en el plantel. El pundonor reside en el Granada, aunque parezca escondido. Tampoco es que se haya abolido la calidad, concentrada eso sí en una dosis menor a la esperada por ciertos nombres adornados con currículos envidiables, incluidos los del destacamento que arreció en enero. Pero a ninguno se le ha podido olvidar su profesión. Lo que pasa además es que algún peón vino como capataz.

El problema es que más que ganas falta valor. Coraje para reponerse de la situación límite a la que han abocado partidos frustrantes. El pánico se ha instalado en una taquilla del vestuario y ha seducido hasta a los de moral más imperturbable, que incurren en errores más propios de la precipitación juvenil que de la vacilante apatía. Lo que pudo ser un gatillazo eventual ha adquirido una proporción desmesurada, siendo ya más un psicológico quebradero de coco que un asunto de gónadas, por ponernos finos. La solución del Granada no es que jueguen solo los que pongan más ardor guerrero, ni tampoco únicamente los de imaginación prolífica. Es depurar la mezcla consolidando a los que sean osados y se inconformen con el abrasivo estancamiento. Que la suerte sonría por merecimiento laboral y no por encanto aislado. Que se otee el firmamento con la mirada limpia del que sabe reponerse a un mal trago.

Porque más que echarle huevos, lo necesario es tenerlos bien puestos.