Estética estéril

En un momento dado, el Granada se creyó más de lo que era. Fue tan crudo de asimilar que así fue el sopapo. Le influyeron ramalazos de infortunio, pero sobre todo la oscilación hacia un estilo alegre, que aligeró las precauciones. Salió tan reforzado el equipo del triunfo ante el Madrid y la solvente aunque excesiva goleada en Riazor que a partir de ese momento se vio con patente de corso para asumir fases de imposición del dominio con el balón. Así lo intentó ante el Celta y el Mallorca. El tiro pifiado de Bermejo y aquel remate de Hemed en el único córner botado por los bermellones rompieron la racha ascendente y generaron controversia acerca del modelo a seguir. Tras varias semanas de vaivén, dramáticas tras las dos goleadas consecutivas, el grupo metió las manos en tierra y encontró esas raíces con las que arrancó la etapa Alcaraz y que, a la postre, son las que han rezumado mayor sensación de empaque.

Un repaso a las comparecencias de los jugadores esta semana garantizan que el credo actual no encuentra disidencia, porque todos han asumido la realidad. Este conjunto no está preparado para transiciones sosegadas en la mayoría de partidos, pues su centro del campo no se impone desde la posesión, sino desde el desgaste y la llegada. La ausencia de un delantero rematador que acapare ocasiones genera que el entrenador concluya que con dos referencias hay un mejor comportamiento ofensivo, por lo que aún se despuebla más la medular. A todo esto se unen las frecuentes pifias. Mucho ha penalizado a los rojiblancos la aparición de errores aislados atrás que han costado al menos un gol por partido. Ante la baja frecuencia realizadora, habitualmente con eso bastó para perder partidos.

El viraje es evidente. El plantel ha vuelto a preocuparse primero por mitigar el peligro del rival. A partir de ahí, de esa recuperación, arma su vanguardia. No es un repliegue tan intensivo como en la época Fabri, pues existe mayor querencia a la presión en la zona media, pero sí recluta a centrales, laterales y mediocentros para fulminar aquellos espacios desde donde medran algunos hábiles rivales. Este contexto se ha visto favorecido porque el balón también ha entrado, aunque al final la virtud está en la seguridad.

Esos principios humildes están acercando la supervivencia al Granada. Puede que no sea un planteamiento estético y que haya jugadores con talento pero más disolutos en el trabajo que no cuenten tanto, pero observar el cambio experimentado por Brahimi, que era un solista y poco a poco está agarrando la batuta, hacen pensar que bajo esta austeridad hay posibilidad de mejorar la versión,  individual y colectiva. Por donde no se podía seguir es por la vía de resaltar una supuesta preponderancia de la calidad que no era tal, que sumía en un debate estéril. Para la permanencia toca emplearse a fondo. Cuanto menos trabaje Roberto, mejor funcionará el mecanismo final. Hasta parte del público, exigente durante algunas fases, ha claudicado porque el objetivo justifica esa renuncia a lo decorativo. No por voluntad propia, sino porque la escuadra da de sí lo que se ve y si olvida lo básico, está perdida.

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