Cantos de sirena

Allan Nyom tenía descrito en un borrador de contrato su futuro deportivo paso a paso. Club de pertenencia, años de vinculación, emolumentos y otras cláusulas personales, que garantizaban un aparente confort a ojos de un asesor profesional, su representante. Pero de repente, Nyom ha dejado el documento de lado, sin estampar su firma, para proceder a hacer público un supuesto malestar con las condiciones ofrecidas, que según esgrime no le “valoran”. Como en la Bolsa, la cotización de un futbolista fluctúa, pero no es lo mismo lo que uno  se cree y lo que los demás están dispuestos a ofrecer por los servicios. En algún momento han de placarse las negociaciones para afrontar la situación y llegar a un acuerdo, o bien a la ruptura. El baile de opiniones denota una inestabilidad personal.

Huelga decir en el momento aún crítico en el que profiere el descontento, con la permanencia aún por sellar. Aún es mayor la sorpresa general ante una renovación que parecía encarrilada. De repente, lo que estaba en capilla no le vale, presionado al parecer por el entorno familiar, que le insiste que apriete, quizás también adulado por alguna tentativa que intuye en otros lares. Lo cierto es que Nyom ha sometido sus carencias a un rincón últimamente, consiguiendo que sus debilidades se oculten y prevalezca su extraordinaria fortaleza en el duelo con los extremos que le atacan. Esto puede haberle provocado algún delirio excesivo.

Nyom siempre ha sido un chico sumiso con los jerarcas del Granada, a los que les agradece la oportunidad de vestir la rojiblanca, con la que ha contribuido a llegar a la élite. Pero también reconoce a su gente que le tienta probar en otras ligas de estilos más físicos, donde él sacaría lo mejor de su repertorio. Esto sostenía en su esfera hace unos meses. Luego empezaron los contactos y parecía finiquitado que seguiría en Los Cármenes. Ahora, nadie lo tiene claro. Este martes también habló y mucho del partido en Valencia, de su importancia. De lo único que, por ahora, debería de importarle. Su momento de forma quizás le haya hecho llegar esos seductores cantos de sirena. Aquellas criaturas mitológicas invocaban a los marineros con sus voces atipladas hasta embelesarlos. Navegaban en su dirección con la torpeza de chocar con las rocas que les daban cobijo a estos seres mitad mujer, mitad pez. A lo mejor aquella cera que usó Ulises para tapar sus oídos haga falta de vez en cuando en ciertos jugadores para ignorar opiniones ajenas al fútbol, que pueden deformar la realidad.