Piti cierra el grifo del baño (Celta 1 – Granada 1)

Crónica publicada en IDEAL

Un pelele deambulaba por Balaídos a merced de un equipo que hostigaba sin imponer su rotunda superioridad hasta que, de improviso, al muñeco le salió un filo y cortó hasta hacer sangre. Fue una herida aislada, pero suficiente para equilibrar el marcador, que no el resto de estadísticas, todas en poder del Celta, salvo la de balones perdidos. Jamás se habría producido ese giro inesperado hacia el empate final sin la aparición de un rebelde. Hasta la entrada de Buonanotte, el Granada fue un juguete roto, vulnerable a pesar de tener a sus jugadores guarecidos, paupérrimo con el balón como si fuera de playa, clavados como estacas sus atacantes, atornillados todos en su parcela, con pánico en las botas. Buonanotte irrumpió con maneras sencillas pero con influencia profunda. Básicamente dejó de regalar el esférico, lo intentó mimar, protegerlo y accionarlo para que los suyos superaran unos crecientes complejos ante un Celta prodigioso en todas las facetas, menos en la más importante: la de culminar las jugadas. Llovía a cántaros en el área de Roberto, pero un mero rayo sirvió a sus compañeros para rescatar un punto en un estadio que se lo negó el curso pasado con mayor contribución. El tiempo hizo una extraña justicia, porque de la cancha los rojiblancos debieron escapar asaeteados y se van con un botín fantástico para unos méritos bastantes escasos.
El Granada emborronó el trazo desde las intervenciones iniciales, que pronosticaban una tarde de lamentos. En poco más de cinco minutos, varios futbolistas ya se habían aturullado con el balón, como si les molestara poseerlo. Rechinó la zaga mientras el resto parecían estáticos figurantes. Esa germinal sensación rocosa que el equipo exhibió tanto en Pamplona como en casa quedó pronto demolida por un Celta furioso, intenso en la presión y hegemónico para afianzar el discurso de su entrenador, heredero de la escuela Barça. Actuaba el Celta con comodidad pese a la ausencia de un pilar como Borja Oubiña en el centro, al que no echaron de menos. Luis Enrique dio autorización a chavales como el canterano David Costas en defensa, quien prodigó como el resto una buena salida hacia la vanguardia, cuyos efectivos empotraron a un Granada que bastante tenía con sobrevivir. Fue una situación paradójica. Alcaraz intentó cuestionar el cuero a los locales con la entrada de Fran Rico, pero su escuadra jamás encontró esa vía cómoda. Nada salía para romper un repliegue suicida. Rico, eso sí, exprimió sus fuerzas, contestó a los que le daban por acabado e insinuó lo que puede ser una notable referencia cuando acapare kilómetros.
Rafinha
Con Rafinha empezó el terremoto celeste, un futbolista llamado a escribir grandes historias en este deporte, que se foguea en Vigo porque su padre, el gran Mazinho, le engendró aquí y siente esta ciudad como la suya. Ese vínculo emocional y la presencia de Luis Enrique en el banquillo, quien ya le dirigió en el filial del Barcelona, obran una enorme suerte para el Celta, que goza de un crack en estado embrionario, con hambre de gloria.
Fue simbólico que acabara anotando un gol, en una acción que retrató el grueso del encuentro. Combinación ligera del Celta, desajuste defensivo del Granada, con muchos rechaces que acabaron castigando los gallegos sin piedad. Alcaraz oteaba su reloj, mascaba algún juramento e imploraba que los minutos pasaran rápido. Si hubiera podido solicitar tiempo muerto lo habría hecho, aunque para cadáver su escuadra, sin descoyuntar porque Álex López careció de precisión en su carrusel de disparos, con un impacto en el poste incluso. Sus apariciones no llevaron el marchamo que esperaba, pero es un elemento de una destreza fantástica para la zona ancha.
Brahimi quedó diluido en una cascada de regalos impropios de un jugador pregonado para las grandes magnitudes. Podrá quejarse de estar orillado en una banda, pero nada justifica su escaso movimiento y su obsesión por conducir en terreno neutral, que le lleva a horribles pasadas cuando el árbitro no está por conceder cualquier caída. Peor aún le fueron las cosas a Dani Benítez. Alcaraz ha confiado mucho en él en esta reválida tras su lesión, pues es el único extremo nato del plantel, el que puede imprimir velocidad hacia la orilla enemiga. Pero no termina de coger el hilo, llegando tarde a cualquier cita, tanto al auxilio de Angulo como a sacudir al contrario.
El descanso no purgó los males visitantes. Arreció con virulencia el Celta, pero seguía sin traducir sus impactos en premios. Álex López se intoxicaba en cada lanzamiento y Charles tampoco descorazonó al Granada, que dio algunos pases al frente pero sin decisión, desmoronando más sus cimientos. Si antes estuvo a los pies de la circulación adversaria, cediendo metros le podía caer la piñata en cualquier momento.
Alcaraz decidió virar hacia el plan B que también arrojó alegría a su cuadro ante el Madrid. Brahimi se alojó en la izquierda para que sus conducciones vinieran de fuera a dentro, Piti salió de la intemperie y volvió a la derecha donde tanto iluminó en el Rayo aunque sin retrocesos, mientras que Buonanotte se apoderó del espacio desde donde se operan las jugadas críticas. Nada más salir, ya originó algo potable para Brahimi, que quedó anulado por fuera de juego. La siguiente secuencia fue la que heló las gradas. Salió fresco en combinación, se asoció con Brahimi, incluyeron a Angulo, que se incorporó más sin Benítez que con este, y el colombiano centró pasado, para la llegada de Piti, al que se le sintonizaron las constantes. Con su pierna mala, la derecha, enganchó el balón con rabia ante un Yoel atónito, que poco más que sacar de puerta había tenido que hacer. Piti se estrenó en el lugar donde firmó una actuación vibrante en su antiguo equipo. Uno de esos tipos que pueden estar desenchufados pero que ante los tres palos se les agudiza el ingenio.
La situación pilló desprevenido al Celta, pero no le rindió. Álex López siguió atosigando sin saciarse, pero el Granada ya no era un mero saco de boxeo. La lesión de Piti devolvió la incertidumbre. Álvaro había dado brío al costado izquierdo por un Brahimi depresivo. Pero para la derecha no quedaba nadie en la lanzadera. Buonanotte tuvo que perfilarse incómodo por allí, pues ingresó Yebda, quien intentó mantener el tipo sobre todo en defensa.
Premio excesivo
Se acantonaron los rojiblancos soñando con un final sin tragedia. En ese deambular hasta casi logran un tanto que habría sido una exageración, en una acometida de Álvaro, tras filtración de Buonanotte, ante la que se durmió el joven ante otro ‘cachorro’, David Costas, quien con vigor impidió su avance.
El último tramo subrayó lo acontecido, con el Celta decidido a marcar y el Granada rezando lo que supiera. Buonanotte fue el islote al que agarrarse para esconder un poco el cuero. Lo hipnotizó cuando pudo.
Así, entre frustraciones celestes y alivios ajenos concluyó un partido donde prevaleció la única verdad del fútbol. Se puede jugar con un estilo más o menos llamativo, pero lo que vale es marcar. Con tipos como Piti puede pasar en cualquier momento. Incluso cuando el equipo llora a lágrima suelta. Pero para que eso ocurra hacen falta también jugadores osados. Buonanotte ha sido a veces un revulsivo eficaz. Ahora empieza a llamar a la otra puerta, la grande, la de la titularidad.

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