El Arabi azota el látigo del triunfo (Granada 2 – Athletic 0)

Crónica publicada en IDEAL.

Es tan tímido en sus gestos Youseff El Arabi, tiene esa cara de inocente, de pazguato a veces, que choca que en sus celebraciones tenga el carácter agresivo del que amenaza con apuntar con una ametralladora. Quizás sea su momento mágico, en el que busca una complicidad con el público. Esa grada que a lo mejor no le entiende la simulación, repleta de hinchas con los que le cuesta conectar, que pueden confundir la frialdad con cierta indolencia. Que no se fijan cuando presiona, cuando salta por cada balón dividido, cuando protege el cuero y trata de jugar con limpieza. Pero cuando da en la diana es distinto. Es el instante en el que rompe con la contención, desata la rabia que lleva dentro y le posee el instinto felino que alberga todo delantero. Es solo un breve lapso en el que le consume la alegría, que se llena de lo que hace vibrar a los que atacan. Llegaron los goles. Como al que le sacan una muela, pero llegaron.
Todo se abrió en una acción extraña, pero clara. Ander Herrera fue a despejar un balón y Murillo se anticipó en el área. El colombiano lo peinó y se llevó la tarascada del bilbaíno. Era penalti. Creció el murmullo en la grada. Solo un jugador salió espoleado hacia el esférico. El Arabi, que reclamaba el turno. Ese que había dejado vacante Siqueira. Un lance con el que pudo estrenarse Piti allá por la primera jornada, pero marró en El Sadar. El Arabi se dirigió presto al balón. Azotó el látigo. Lo ajustó abajo, donde no podía llegar el espigado Iraizoz. Se acabó la crisis del gol. Se inicio el fin de la de resultados.
No hay confianza más grande para un punta que el acierto ante la red. Hasta ese momento, El Arabi se había fajado, había pugnado, había luchado. Mismo guion que con el Valencia, donde sus apariciones en el área fueron testimoniales. Pero el festejo de una mera pena máxima activó un dispositivo demoledor. De repente, empezó a usar la posesión para aguijonear. Fue el padre de la jugada maravillosa con la que quebró en varias partes la cintura de Mikel Rico, que pasó como una sombra por Los Cármenes como gran parte de sus compañeros. Esa conexión terminó en córner tras un disparo de Brahimi. Buonanotte se marchó hasta el banderín. Cada saque se le suele quedar bastante corto. Anoche se entendió por qué. El argentino busca a un compañero en el primer poste, para que peine y aclare el entorno a uno de los suyos. Diakhaté fue ese socio eficaz. El Arabi, de nuevo el artillero.
El riesgo
Cuando se repite un once titular tras una derrota, el entrenador adopta algunos riesgos. En su cabeza alberga la medida de gracia si el partido le gustó, a pesar del resultado. El Granada lo tuvo casi todo ante el Valencia, pero cayó derretido por la falta de efectividad. Alcaraz dio un voto de confianza al mismo esquema. No fue una apuesta que se defendiera con facilidad. Sobre todo porque volvía a relegar a Riki, al que muchos opinadores colocaban en la lanzadera. Se equivocaron. Volvió a salir El Arabi. Esta vez, se salió de verdad.
El Granada dio la medida que venía mostrando sin culminar. Un bloque ordenado, sin contemplaciones atrás, bien jerarquizado en el centro del campo, con velocidad por el lado de Pereira y gotas de clase por el de Brahimi. Con Buonanotte siempre flotando, siempre atizando, aunque no siempre enchufando las sucesiones. Con El Arabi exigiendo a la defensa rival, imponiendo envergadura por el cielo, obligando al achique al portero cuando se la cedían. Rastreando huecos.
Pero la mirilla no la iba a instalar hasta la segunda parte. Antes fue Buonanotte quien debió encontrar el bautismo del gol en este curso. Pereira se filtró como una pantera por la derecha. Le encontró en el punto de penalti. Tardó en controlar, en armar el tiro. Lo ajustó arriba, reaccionó Iraizoz, le vino mejor que un disparo abajo. Repelió lo que tenía visos de entrar.
Cada llegada rojiblanca venía sucedida de una reacción del Athletic, sin demasiada exigencia para Roberto, pero presente. Nacían en lanzamientos lejanos, en movimientos que pillaban desprevenida a una zaga donde emerge sin pausa Murillo, pero en la que se complica con frecuencia Diakhaté, que tiende a abusar del pase largo a ninguna parte.
La segunda mitad empezó a posar el síntoma de que este equipo se atenaza en el sector contrario sin solución. Pero ese penalti catapultó al Granada, lo elevó en el encuentro, que resolvió con el segundo tanto, casi inmediato.
Pero no hay tramo para el regusto del aficionado en el que no haya sobresaltos. Hubo demasiadas precipitaciones, faltó tacto para el control y encima ocurrieron desgracias. Entró Benítez y a los cinco minutos notó un pinchazo en una arrancada. No tiene suerte el balear, que tiene una corte de detractores que hasta le silbaron al marcharse entre lágrimas. Ingresó Fran Rico, pero también Recio estaba con problemas. Se tuvo que ir de ariete postizo. Fue un final con las fuerzas por los suelos, pero el Athletic no estaba para satisfacciones. Aguantó el Granada, se reivindicó El Arabi y se asienta la escuadra en una necesaria zona tranquila, con la primera victoria en casa. La de la redención de los que pugnaron ante el Valencia y se fueron con el rostro torcido. Hace una temporada, El Arabi generó dos jugadas que encarrillaron el primer éxito de Anquela como rojiblanco, en un partido feo pero de tres puntos ante el Celta. Ya con Alcaraz, el granadino apostó por él recién llegado de la concentración de Marbella, ante el Valladolid, cuando su presencia era molesta en parte del respetable. Ese día marcó. Sin duda, es un tipo ciclotímico. A veces es una brisa. Otras, un huracán.

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