La calle

Lo de tomarle el pulso a la calle, que dicen muchos periodistas, me parece una expresión majadera, con la que a menudo me viene la imagen, surrealista, de una acera que palpamos para encontrar la arteria con la que medir las constantes vitales. Una idea tan ridícula como elevar a conclusión de lo que se respira entre la gente los comentarios de los que te paran de paseo para discutir sobre la actualidad. Si falla la demoscopia profesional imaginen esos precarios sondeos a pie de barra, que en algunos casos es libre, sobre todo entre aquellos ‘plumillas’ que no suelen llevar suelto y generan debate a través de la sabiduría de taberna. Esto pita, esto cuento. Buscando navegar a favor de ola. Como poco, surcando el foco de la polémica.

“La calle es un clamor”, vocean, mientras sus correligionarios, aleccionados para soltar aquello políticamente correcto que el maestro de ceremonias no se atreve a emitir en público, comienza a disponer sobre la mesa los argumentos, a su parecer palmarios, que refrendan su pensamiento, fiel veleta del sentir popular.

Los periodistas solemos colocarnos la etiqueta de meros mensajeros, con pretensión humilde que se creen pocos. Los periodistas no solo portamos información, sino que le damos forma, la empaquetamos, lo que nos sume en una enorme responsabilidad. Hay quien se defiende alegando que da a la audiencia lo que le gusta, pero esa es una verdad a medias. Porque el que se expone a la transmisión desarrolla cierta habilidad de conducir a quien presta atención. En cuestiones deportivas, donde la raíz de nuestros gustos está en las emociones, la capacidad de influencia se multiplica porque las personas son más volubles. Por ello, cada cual debería medir sus palabras, ser consciente del poder de disuasión que acarrea la valoración futbolística, los estragos que provoca, la sensibilidad que roza.

Con honestidad, cualquier postura es defendible, hasta que un proyecto se descabece. Pero adornarla con aquello de que la afición respalda sin fisuras ese criterio, es una licencia excesiva, propia de los más procaces manipuladores. Se puede soltar lo que se quiera pero no adjudicarse la portavocía de la hinchada, porque con lo que se propaga por ahí suele ocurrir un problema. Los chinos, que además de inventar la pólvora se les adjudican montones de proverbios, tienen un aforismo que reza que se escucha más a un árbol caer que a un árbol crecer, aunque una cosa sea fulminante y otra lleve años hasta la grandiosidad. Siempre son más ruidosos los que se quejan que los prudentes. No por ello los primeros merecen más atención que los segundos. Los otros, los menos críticos, también están en la calle, pero no dedican tanto tiempo a parar a los que estamos en los medios, aunque existen. A veces las mayorías pueden ser de lo más silenciosas. Cuesta más tomarles el pulso.

 

 

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