Un conductor en fuera de juego (perfil sobre El Arabi)

Publicado en el diario IDEAL

El dictamen es unánime si se pregunta a cualquiera de sus compañeros: «El Arabi está un poco ‘cuajado’». El delantero de moda en el Granada CF es, sin duda, un tipo despistado, algo infantil incluso, que parece vivir en su planeta particular, bastante reservado, introvertido. Pero es también un buen chico según todos los que trabajan con él, bien educado entre Marruecos y Francia, países entre los que tiene dividida a su familia y con los que ha compartido su profesión en dos deportes similares pero no idénticos. Con los galos llegó a ser el capitán de la selección juvenil de fútbol sala, de ahí su querencia a pisar el balón cuando actúa sobre el césped. También tuvo algún pinito en las categorías inferiores del fútbol 11, cuando su talento reclamó el foco de los ojeadores. En el país magrebí lidera el ataque de su combinado nacional en los últimos tiempos, pues una vez en la encrucijada de elegir por vestir unos u otros colores, pues tenía la doble nacionalidad, se decantó por la tierra de sus ancestros en vez de por la que nació, ya que él vio la luz en Caen, la capital de la Baja Normandía, una ciudad en el noroeste de Francia que quedó prácticamente derruida tras el desembarco de las tropas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1987 llegó al mundo este hijo de la inmigración que encontró en el deporte una manera de salir adelante. Su clase y facilidad para el remate le catapultaron en la liga del país vecino, alcanzando la marca de 17 dianas en la temporada de su consagración con el propio Caen. Cuando parecía que algún club de altas aspiraciones podría captar sus servicios, él tomó una decisión confusa para un chico tan joven: fichó por un equipo del campeonato de Arabia Saudí, Al Hilal, donde infló su cuenta bancaria pero derramó espíritu competitivo en un torneo de orden menor. Un fondo de inversión le echó el ojo encima y se lo trajo al Granada mediante una fórmula de ingeniería financiera. Los mecenas pagaron cerca de 5 millones de euros por sus servicios, pero lo cedieron al club rojiblanco, que se hace cargo de su sueldo y se llevaría una plusvalía en caso de traspaso.
Así llegó a la capital El Arabi, a un lugar de enormes raíces musulmanas, una religión que practica en la intimidad y que respeta en sus comportamientos, pues entre otras cosas es abstemio y no come cerdo. De hecho, eso le ha generado algún problema en ciertas concentraciones del equipo, pues ni siquiera se salta esta regla con los pequeños trozos de jamón de York que a veces acompañan el arroz que nutre a los jugadores antes de un encuentro. Hasta esta temporada su español era bastante precario. Lo entendía poco y apenas lo practicaba, pues fuera de los entrenamientos hace vida familiar, mientras que en el vestuario se relaciona sobre todo con los francoparlantes.
Esta campaña está mejorando ostensiblemente con la expresión debido a que está dando clases particulares. Él comparte aula con dos jóvenes recién llegados, Coeff y Foulquier, «que ya casi hablan mejor que él», cuenta con humor un miembro de la entidad. Comparte habitación en las concentraciones con el senegalés Diakhaté, que es su antítesis, pues tiene un carácter más abierto. De hecho, es uno de los capitanes, algo impensable para El Arabi, que no pasa por ser un portavoz.
Casado con una argelina, el curso pasado, el de su difícil integración, tuvo que ausentarse en un partido porque iba a ser padre y ella estaba aún en Francia. Su mujer y su hijo le esperan ahora cada día en su casa de Gójar, llevando una vida apacible. De entre los rincones que le encantan de Granada está el mirador de San Nicolás, sobre todo porque desde allí se contempla la Alhambra, un símbolo para su cultura.
De sus creencias da fe un objeto decorativo que cuelga del espejo retrovisor de uno de los coches que conduce, en el que se apela a la suerte y la fe, en una placa que representa unas páginas del Corán. Es un Volvo que le ha facilitado el propio club para sus rutinas. Una ‘bagatela’ para El Arabi, cuya mayor afición conocida son los deportivos. En su cochera tiene un impecable Ferrari de color negro, con el que acude a algunos partidos. En Francia, un Porsche.
Muchos aficionados le han acusado de tener la sangre de horchata. Lo cierto es que ha habido partidos en los que da motivos para creerlo, aunque su instinto en el remate se haya agudizado. Fuera de los estadios también constata cierto descuido. Solo así se explica la cantidad de multas que han llegado a las oficinas del Granada referidas al turismo que él conduce, no por exceso de velocidad, sino por aparcar en cualquier sitio, lo que le ha provocado algún descuento en la nómina. Nada que haga cambiar a este joven que sí ha evolucionado vestido de corto.
Su irregularidad
Consumió su primer año entre la irregularidad, con una convocatoria para la Copa de África a mitad de temporada que frenó su progresión. Cuando retornó, varias semanas después, se encontró un entrenador nuevo. A Lucas Alcaraz le costó ganárselo, pero al final le convenció, pues el entrenador apostó por él en algunas citas cruciales. El técnico granadino le dedicó largas charlas a solas, con el traductor, y proyectando una serie de imágenes de sus movimientos con el fin de mejorar sus carencias.
Han pasado los meses; a veces se desenchufa para cabreo de una hinchada donde hay muchos que valoran a los futbolistas ardorosos. Pero El Arabi no sabe fingir. Lucha, aunque no haga muecas. Tiene compromiso, aunque exhiba ese aire de veleidad. Solo alguien que ama su oficio haría algo tan subrayable como lo que protagonizó en la primera jornada. Su hermana falleció unos días antes del debut de la escuadra y El Arabi desapareció sin dejar rastro, rumbo a Marruecos. A 48 horas del encuentro ante el Osasuna retornó y con ganas de actuar. Fue titular. Metió un gol que le reivindicó. No hubo grandes alharacas en su celebración. Aquella jornada ni habló con los medios. Volvió al hogar, abrazó a su esposa y cuidó de su pequeño de un año, ese que le deja dormir a pierna suelta cada noche. Será que tiene el mismo carácter que su progenitor. La pachorra del goleador.

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