Final

Columna publicada el 9-01-14

Hubo un tiempo en el que los profesionales del fútbol miraban a los periodistas con desdén cada vez que calificaban de final un partido que no se correspondía con la terminación de un campeonato pero sí tenía alguna carga tensa. De sus bocas salía una censura a la supuesta exageración escuchada, agarrándose al tópico, tan de moda ahora gracias a Simeone, de que hay que ir «partido a partido» y que el siguiente no deja de ser «uno más». Pero he aquí que de repente Quique Pina menciona en IDEAL la palabra devaluada, que ayer repitió Piti tras el entrenamiento del Granada. Subrayamos a nada menos que el presidente del club, hombre de este deporte por antonomasia, pues ha sido jugador, representante y ahora directivo, y a uno de los elementos más reputados de la plantilla, con experiencia de sobra en su oficio. ¿A qué obedece rendirse a esta terminología algo alarmista en la jornada 19, con cuatro puntos sobre el descenso?
La debacle de Almería fue el culmen a una tendencia preocupante desde la eliminación en Copa del Rey y en el seno de la entidad han tomado conciencia de la necesidad de terapia. Ante el Alcorcón se comprobó que los habituales suplentes renquean, sobre todo en algunos puestos. Ante la Real Sociedad se vieron lagunas defensivas que semanas atrás eran excepcionales. A orillas del Mediterráneo se precipitaron los males con un déficit enorme de actitud, al que la escuadra intentó poner remedio tarde, con una reacción inocua.
Pina en las buenas es generoso en el elogio con sus subordinados, pero mosqueado es un remolino. Esta pequeña crisis le ha afectado al bolsillo porque ha destrozado cualquier atisbo optimista en la campaña de abonados de media temporada, pero además le deja en una posición de debilidad ante los agentes ahora que está abierto el plazo en el mercado de fichajes, pues estos saben que si la espiral negativa se recrudece irá desesperado a contratar. El murciano quiere dos triunfos consecutivos, a la vista de un público al que convencer, para que la visita después al Bernabéu sea liviana y la recta final de enero le alcance repuesto a la hora de acudir al bazar, porque gente va a entrar y probablemente alguien va a salir. Restablecer la serenidad que añora. El encierro puede parecer una estrategia dura, pero no es más que el tratamiento conservador. Hasta reserva su parlamento para la vuelta a casa. Pero como el viernes la cosa falle, entonces sacará el bisturí y puede cortar de lleno en cualquier sitio. No le suele temblar el pulso. Ese sí que sería, para algunos, un agrio final.

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