Una recia victoria purificadora (Granada 4 – Valladolid 0)

El sosiego de La Manga importó la depuración necesaria para un Granada que fusiló a la apatía a base de goles, aunque realmente fue el convencimiento de que el trauma instalado sobre el grupo era un relato de ficción. Un drama sugestionado por los precarios resultados en Los Cármenes, agravado por la imagen bizarra de la pasada jornada. A veces, el peor rival puede ser uno mismo. Verse más feo u orondo de lo que verdaderamente se es en el espejo. El recuerdo trágico de la repugnante noche en Almería pesaba aún en el preámbulo de la cita a ciegas de la grada, desconocedora del excelso triunfo con el que se iba a contrarrestar la duda imperante. Quedó voleada por Murillo, aplacada en dos veces por un Recio de llegada alemana y clausurada por el penitente El Arabi, sereno talismán de Lucas Alcaraz en las jornadas de exigencia, cuando ciertos agoreros extienden una fraudulenta carta de ultimátum. Circulaban rumores de cloaca que advertían de supuestas camarillas en el vestuario, opositoras al responsable, levantadas en armas. La noche era propicia para que el plantel se rindiera al fatalismo y derrocara así a su supuesto enemigo en el banquillo, como insinúan que ha ocurrido en Valencia. Los hechos demuestran que el grueso de los futbolistas está con su técnico y rechaza esa ridícula versión mostrada en el estadio de los Juegos Mediterráneos. Aquella fiebre apática se ha curado por ahora y sin ella volaron ante un Valladolid en horas bajas.

Los rojiblancos alcanzan el ecuador saneados, tras los últimos episodios sangrantes. La eliminación de Copa del Rey ante un Segunda división como el Alcorcón terminó de debilitar la relación de la hinchada con un conjunto que sumaba más fuera que en su feudo, lo que enerva a los abonados. La derrota con la Real Sociedad, que podía entrar en el pronóstico, agrietó el vínculo, que quedó pendiente de escasas fibras tras el naufragio almeriense. El Granada necesitaba poner el cuentakilómetros a cero y proceder a un viaje interior que le devolviera la calma. La actitud colectiva no podía volver a fallar. Con ella, la robustez ya estaba garantizada. La esencia táctica tenía que desempolvarse, estableciendo el timón en un centro del campo convertido en lances previos en el camarote de los hermanos Marx. La vuelta de Murillo, o más bien don Muro, repercutió en la eliminación de pifias en el cuarto trasero.

De la camilla al campo
El colombiano y Fran Rico abandonaron provisionalmente la concentración la misma mañana del viernes, rumbo a Los Cármenes, donde recibieron un intenso tratamiento de fisioterapia. Las manos mágicas de los especialistas rojiblancos contribuyeron a obrar el milagro de la sanación y proteger la titularidad de dos pilares. Murillo no aguantó todo el partido aunque mientras le alcanzaron las piernas volvió a segar su parcela. Pero esta vez no se conformó con cortar el césped y le salió una vena acrobática. Ante un centro de Brahimi cuyo control se le escapó a Piti en el aire, Murillo desplegó una patada voladora que sorprendió al meta Mariño, a quien le iban a atronar los oídos toda la noche. El masaje matutino había merecido la pena.
Junto a su camilla había estado también Fran Rico, un hombre acostumbrado al frío habitáculo durante su sacrificado año y medio de lucha contra una rodilla que no quería responder. El fútbol agradece a veces el esfuerzo del que lucha optimista por ejercer su oficio. Su partido le elevó a una esfera sideral, no vista antes. Recordó por momentos al mejor Fernando Redondo. Despliegue, robo, asociación y lanzamiento en todas las direcciones, en corto y en largo.
Rico eclosionó porque el ‘trivote’ funcionó a las mil maravillas. Atento como siempre Iturra en su labor gregaria. Esplendoroso Recio, cuya circunstancia es curiosa. Había perdido el sitio en favor de Yebda, supuestamente con mayor capacidad de irrupción en el área, en teoría poderoso en el remate de la estrategia. Recio se estrenó ante la meta este curso con dos dianas que coincidieron con estos fundamentos de los centrocampistas totales. El malagueño es otro ejemplo de que cuando los rojiblancos lucen su mejor atuendo y encima está impoluto, hay pocos rivales de la clase media del campeonato que puedan contestarles. Una lección que han de grabarse a fuego.
Fue un acto coral de reivindicación. Nyom extremó la atención y se incorporó con desparpajo. Brayan Angulo completó uno de sus mejores encuentros con esta casaca. Mainz protegió su flanco. El contrario solo dejó alguna nota suelta con Javi Guerra. Por lo demás, tiene muy mala pinta. JIM no ha agarrado el testigo de Djukic. Las ausencias o bajadas de rendimiento de algunos destacados, como le suelen pasar a todos estos clubes, lastran su proyección, aunque la competición es larga y la pugna, firme.
Ambiente de fiesta
En Los Cármenes se desempolvó el ambiente festivo que permanecía oculto. Se rememoraron aquellas tardes de Segunda división, en las que el Granada parecía un cohete. Jugó con intención y estilo, con un marcador resuelto al descanso. El primer acto de Brahimi entra en lo mejor de su antología. Destruyó al fiable Rukavina. Sirvió balones precisos que bien pudieron convertir en tantos sus compañeros. Por allí rastreó constantemente El Arabi, que obtuvo el perdón del respetable. Trabajó muchísimo, ofreció desmarques, participó en la construcción de jugadas y recibió una recompensa anotadora cuando el encuentro agonizaba. Completó un recital solo oscurecido por las molestias de Murillo y Recio, que les retiraron antes de lo previsto. Nuevo trabajo para esa gente que actúa en la sombra y que se ha esforzado con denuedo en la concentración por tener a la tropa sana. De lo de la cabeza se ha encargado un entrenador que demostró mano diestra para recobrar la tranquilidad necesaria. Quien buscara sangre ayer se topó con una recia depuración.

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