El desfiladero de la posesión

Hay unas líneas que delimitan el campo. Otra que divide los terrenos, con un círculo en medio y un punto desde donde se pone el balón en liza. Dos rectángulos protegen las porterías, adornados por una corona, con una señal para los tiros de castigo. Pero luego existen muchas franjas imaginarias sobre el césped, coincidentes a veces con el corte que dan los jardineros. El fútbol se enhebra en la parte intermedia, se decide cerca de las metas pero adquiere picante en la llamada zona de ‘tres cuartos’.
El surco que aparece justo antes de entrar en el territorio hostil del cancerbero, donde el rival limita espacios, extrema precauciones y el ataque ha de aumentar su precisión si quiere generar verdadero peligro. Un equipo decide cómo defender según dónde presione, según tenga su zaga más o menos adelantada. Una escuadra puede apostar por manejar el balón con sosiego o intentar acelerar cada acción como rasgo diferencial. Pero al final a todos les toca tomar decisiones cruciales al filo del abismo. Es ahí, ante ese desfiladero, donde el juego de posesión del Granada suele precipitarse. Se acusó en el Bernabéu, pero también se resintió ante el Osasuna, aunque ese día sí existieron apariciones frente al arquero Asier Riesgo.
Un vistazo a los goles y ocasiones rojiblancas establecen una norma. Su método de controlar el balón reduce sus quebraderos de cabeza atrás, le otorga temple y corpulencia pero no arrastra siempre la chispa a la vanguardia. Si no fuera por el estratégico balón parado, mérito del laboratorio interno, la actual clasificación holgada sería dificultosa. Ni siquiera aparece nadie con una de esas rachas que silencian los problemas. Los rojiblancos agotaron su munición ante el Valladolid como un episodio aislado de efectividad. Hace ya algunas citas que las complicaciones para dar en la diana se han multiplicado. Hay quien considera que el planteamiento táctico es demasiado prudente. De ahí que no lleguen las oportunidades. Quizás la cuestión está en que los hombres que alternan por el frente siguen sin entrar en una fase determinante o de complicidad.
Tras las lesiones de Ighalo y Riki, más la pérdida de protagonismo de Buonanotte, el tridente que cierra las secuencias del Granada parece inamovible. Brahimi y Piti partiendo desde los costados, a pie cambiado, asisten a El Arabi, al que el estrepitoso fallo en Vallecas le dejó varios partidos seco. Completó la goleada ante el Valladolid y cuajó un notable primer tiempo ante el Osasuna en Los Cármenes, lleno de desmarques y lucha, pero sin encaminar el triunfo. En el Bernabéu simplemente estuvo bloqueado. Pepe le ganó prácticamente todos los saltos. La defensa blanca le alejó de su guarida. Por la medular pululó sin inestabilidad. Su mejor tiro llegó en los estertores del partido, en un sorprendente disparo de zurda que pasó a unos palmos de la cruceta, a pocos minutos de la conclusión. En general, tuvo una de esas tardes dispersas e inocentes.
Tan desenchufado o más estuvo Piti, al que los rojiblancos necesitan urgentemente. El catalán no acaba de romper y estuvo especialmente obtuso en el coliseo madrileño, con 18 pérdidas de balón, la mayoría en condiciones inadecuadas. Parece que a Piti le ansía un poco estar a la altura de la consideración que le adjudica el proyecto, que lo había convertido en su faro ofensivo. Su disparo es temible y tiene una elegancia demostrada en el regate, además de contar con visión clínica.
Sin embargo, no es demasiado rápido y quizás añora que a su alrededor aparezcan jugadores con tendencia al desmarque. Ese es un gran lastre del equipo. Demasiados futbolistas que reclaman el balón al pie, no al espacio. Para Piti, una mente creativa que se hizo de oro mientras Baptistao o Lass salían disparados en el Rayo, los planos recursos rojiblancos en carrera le hacen parecer peor.
Escaso bagaje
Piti al menos tiene un rifle en la bota. Peor son las cosas con Brahimi, al que nadie puede discutir su capacidad para sembrar incertidumbre al contrario, pero siempre con sus fintas, pocas veces con grandes pases de gol. Brahimi añade a esto su paupérrima habilidad para tirar. De los más de 40 partidos que lleva en la entidad, se ha estrenado una vez y de penalti. Esto para un elemento que se lanza desde una de las posiciones más adelantadas de la alineación, sea por el centro o desde la banda, es un dato categórico y depresivo. Su magia es de fogueo en reiteradas irrupciones.
Los vaivenes del mercado han alterado el ecosistema en el vestuario, por lo que miembros de la segunda unidad tampoco están aportando en la búsqueda de soluciones cuando saltan desde el banquillo. Las lesiones han dejado solo un delantero centro. El club, en principio, no parece atosigado ni prioriza en el rastreo de atacantes, aunque todavía quedan días. Ahora viene un ciclo de luchas cuerpo a cuerpo, con contrarios de idéntico objetivo de supervivencia, cada cual con su propuesta. El Granada intentará tender un puente para superar el precipicio por donde cae su decente gestión de la pelota.

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