Augusto provoca el disgusto (Granada 1 – Celta 2)

La terrible gotera de los últimos minutos volvió a aparecer en el tejado del Granada para inundar su propuesta de juego, que taladra con el balón pero que se derrumba en el área. Aquella raja que recaló en el equipo ante el Valencia y Sevilla, hace ya unos meses, la descubrió de nuevo un Celta de Vigo menos autoritario de lo esperado, incluso cicatero en el tramo final, pero más vertical que un Granada achatado en el fondo. A pesar del intenso esfuerzo de El Arabi por empalmar cuanto balón le llega a sus dominios, el marroquí no encuentra aliados que se sumen a la causa de buscar el gol. Una misión confusa para la mayoría. Cuando los locales asumen el riesgo lógico ante su público y subrayan la ambición por la victoria, suelen cometer torpezas infantiles que les acaban provocando un sonoro castigo. Una absurda pérdida de balón de Brahimi, acosado por Augusto Fernández, provocó una cadena de despropósitos en la contención mientras los vigueses avanzaban. Un mal despeje de Mainz, una actitud pasiva en el resto, remachada con un envío de Krohn-Delhi desde la izquierda, que no atajó Roberto, y que quedó a los pies del que impulsó la jugada con su robo. Augusto extendió el disgusto en Los Cármenes.
El Celta había navegado en la pasividad durante el segundo tiempo, a merced de un Granada que adelantó líneas pero que también dejó lagunas. Su acoso a Yoel fue infructuoso, con su gente de llegada siempre un paso tarde. El Arabi asumió el mejor remate ante el arquero, pero el resto se adornó en exceso. Fran Rico apareció por sorpresa en el área, pero el arquitecto rojiblanco, en su retorno, pareció patizambo en el sector crítico. Los gallegos, sin tanta parafernalia en la construcción, a lomos de un impresionante Rafinha, sí alentaron las preocupaciones de Roberto. Solo el achique de Iturra, una auténtica lapa, evitó lamentos previos, como en el esférico que le rebañó al exrojiblanco Nolito cuando ya enfilaba a Roberto para fusilarlo.
El primer tiempo fue mucho más parejo. Mientras el Granada seleccionó a los miembros de su guardia de honor, Luis Enrique sorprendió con una alineación cargada de jugadores ofensivos. Un centro del campo con un único vértice, Oubiña, al que rodearon Augusto y Rafinha. El argentino se ha reciclado a ese pasillo tras ser el curso anterior un filo en la banda. Lo de Rafinha es pura melodía. Qué alegría han de tener los gallegos con que el hijo de Mazinho naciera en su ciudad cuando el bravo centrocampista brasileño militaba en su equipo. Esta afinidad y la presencia de su tutor durante años en el Barça B, el asturiano Luis Enrique, mediaron para una cesión que le da al Celta un salto de calidad impresionante. Él solo se bastó para sostener a los suyos ante el ‘trivote’ de Alcaraz, donde Fran Rico, otro pontevedrés, no tuvo su mejor noche, muy oscura de hecho cuando se incorporó al ataque.
El Granada intenta buscar héroes para su vanguardia pero el fuego parece extinguirse. Brahimi irrumpió con brío pero se deshilachó. Piti sigue instalado en un agreste limbo, que le arranca la energía. El catalán reclamó una mano de Orellana en el lanzamiento de una falta, con el chileno en la barrera, pero Mateu Lahoz escamoteó el penalti. Haría lo propio durante la segunda mitad, cuando Cabral frenó con un gesto brusco a El Arabi, al que golpeó en el rostro. El técnico del Celta jugó la baza anímica de envidar con dos de sus exrojiblancos. Nolito, suplente ante el Betis aunque marcara, se sumó a la expedición junto a Orellana, que se ha reciclado tras tener un pie fuera de su club durante el verano.
Al chileno le amargó la velada el público y se la acabó de hacer insoportable Nyom, que se tomó muy en serio lo de cerrarle el paso. Sin embargo, el franco camerunés no estuvo tan atento en la marca de Cabral, en la maravillosa acción que armó Rafinha y que adelantó a los visitantes. El futuro crac sentó a otro regateador consumado, Brahimi, y colocó un centro templado con la zurda para el remate del central argentino, libre de acoso, con Roberto desubicado.
El golpe no amilanó esta vez a los rojiblancos, que asieron las riendas con fuerza. Piti combó un pase elevado para El Arabi, tras pared con Brahimi, que el marroquí cruzó en exceso. Un cabeceó posterior que blocó Yoel en el centro sería el último aviso del ariete antes del gol. Una vez más, el balón parado extrajo petróleo. Rico fue a la bandera y encontró la diana en la testa del ‘nueve’, quien igualó su registro goleador del curso pasado, ocho, con mucho camino por delante. Él mismo, en un acto de fe en la salida de un ataque, había precipitado que Oubiña lanzara el balón al fondo. Una oposición que enmarcó su tremendo esfuerzo hostigando a los contrarios, no siempre bien reconocido.
Con un disparo elevado de Piti, que está como nostálgico, concluyó un primer acto con un marcador que era un espejo de lo vivido. El acto definitivo erigió al Granada en el dominio de la situación, pero no en caudillo de algunas acciones de gran peligro. El Celta reclutó a sus jugadores en el sótano, pendiente de alguna carrera suelta. A diferencia de los rojiblancos, aparte de toque también tienen velocidad. El corte de Iturra ante Nolito inflamó a la hinchada, volcada ante la muestra de fe de su ardoroso ídolo.
Los volantes locales trataron de penetrar en el huerto de Yoel, pero esta vez destelló más Fran Rico que Recio, aunque derramando las opciones. Estuvo muy ingenuo en varias secuencias que le entretuvieron antes de definir. En una quiso ajustar demasiado. El esférico rodeaba la parcela, pero el remate siguió pendiente.
Alcaraz activó a Buonanotte por Piti, que reconoció al final del partido su melancólico momento. El argentino quiere recoger su antiguo papel de revulsivo. Lo intentó bastante, aunque contribuyó más que terminó las jugadas.
El Celta parecía conforme con las tablas, ante sus reiteradas pérdidas de tiempo. Pero como todo rival, un regalo siempre es recibido. Brahimi ocultó un balón de espalda, de esa manera temeraria donde muchas veces sale ileso. Otras, la pierde. Esta vez, no tenía ni salvavidas. El Granada estaba arrancando la acometida y el sistema defensivo fue vulnerable. Corrieron los vigueses en busca del premio gordo y se lo llevaron. El octavo triunfador en Los Cármenes, nada menos. Un dato sencillamente alarmante.

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