Los cuatro entrenadores

La profesión de entrenador es compleja. Tendemos a reducir los matices a un determinado estilo que se considera que prevalece en su trayectoria, aunque al profundizar se comprueba que muchas veces varían de modelo y que cualquiera de sus concepciones está marcada por la plantilla que manejan. Ahí está el caso paradigmático de Luis Aragonés, un maestro del contragolpe que en el ocaso de su carrera como técnico, al frente de la Selección, se decantó por una filosofía de juego antagónica, dando protagonismo al toque y la técnica, sobre la velocidad y el físico. Más que una profunda transformación táctica, Aragonés llegó a la conclusión de que dejar paso a esta camada podía llevar al éxito y estableció un ámbito psicológico propicio para que eso ocurriera.

En fútbol habría que distinguir entre nuestros propios gustos y tolerar que cualquier propuesta puede llevar al éxito. Suele encontrarme con muchos aficionados enamorados de ciertos postulados, que al conversar me demuestran lo obvio: no juzgan intenciones, sino resultados. Con el marcador en la mano es fácil llevar la razón. Es un deporte y no siempre coincide lo que se ansía con lo que queda en el luminoso. Hay equipos que salen al campo con un plan honorable, pero en la interacción con el rival o en los propios errores suceden cosas inesperadas.

El Granada ha tenido cuatro entrenadores en esta etapa en Primera división, todos muy distintos. Hagamos un viaje en el tiempo. Fabri fue el debutante en la categoría. Venía de dos ascensos, ambos muy sufridos. El gallego tenía obsesión con el contraataque. Su equipo replegaba muchísimo, sin hostigar en la presión, con el afán de robar en el propio campo y lanzar certeras avanzadas a toda mecha. La inercia en casa le llevó en Segunda división a tener algo más la iniciativa del juego. En Primera, la cosa cambió. Tras una fase estable, los resultados precipitaron acontecimientos desagradables. Paralelamente, la salud del vestuario se resintió. Fabri no se hizo con las riendas de un grupo muy variopinto, donde los fichados para ser referencias eran de carácter ‘especial’ y la facción que había logrado el salto de categoría se sintió desplazada, sugiriendo también que el libreto del lucense estaba caduco.

Fabri cayó tras una derrota en Cornellá-El Prat ante el Espanyol.

Tomó el relevo Abel Resino, un entrenador opuesto en todos los sentidos. Con un importante pasado como portero, una apuesta ambiciosa que pasaba por adelantar la defensa hasta el centro del campo, pero menos obstinado en el trabajo diario, que delegaba absolutamente en su segundo, Juan Sabas. Resino fue astuto en un momento inflamable. Reunió a algunos de los pilares del vestuario, incluidas estrellas como Martins, Jara o Yebda, que habían tenido tiranteces con Fabri. Estableció un ecosistema en el que toleraba una deliberada libertad. Admitía ausencias de sesiones con el compromiso de que luego lo dieran todo en los partidos. Esto le sirvió para arrancar con brío la etapa, pero el margen alcanzado se fue quemando en los últimos momentos. Hasta llegar a una última jornada entre ahogos, resuelta en buena parte gracias al gol de Falcao ante el Villarreal, cuando el Atlético no se jugaba nada. El Granada, mientras perdía en Vallecas, con un tanto en fuera de juego. A la postre, no hubo que lamentarlo.

El último triunfo de Resino fue ante el Espanyol en Los Cármenes.

El toledano no sería renovado por el Granada pese a conseguir el objetivo. Esas admisiones en el vestuario le habían producido un desgaste. Proponía una limpia y quería exigir muchos fichajes, a su gusto. Eso chocaba de frente con la dinámica del club, presidencialista por antonomasia. A Pina y Cordero tampoco le gustaban esa dejación en los entrenamientos, que había suscitado incluso el choque entre Abel y su segundo. Los mandatarios fueron a buscar otro perfil de técnico. Uno que cohesionara el plantel. El elegido fue Anquela, quien había sido el primero de la lista cuando se destituyó a Fabri, pero su compromiso con el Alcorcón le impedía fichar en ese momento.

Anquela venía precedido de cierta fama mediática por la sorprendente actuación de su equipo ante el Real Madrid en la Copa del Rey militando en Segunda B, unas campañas atrás. Fue el rival rojiblanco en el ascenso a Segunda, que conquistó luego por el camino de las eliminatorias más prolongadas. Con un presupuesto modesto, había mantenido con empaque al conjunto madrileño en la división de plata. Tenía fama de ser un hombre familiar, que hacía piña con los jugadores. Pero Anquela se encontró con serios obstáculos al frente del Granada. Apostó por un bloque inicial que tuvo que ir retocando, chocando con algunos afines que se sintieron desplazados. Se metió en una burbuja, temeroso de los medios, crispado al no encontrar la línea de resultados que le gustarían. Por aquellos tiempos, la cúpula ya aplicó el tratamiento de las concentraciones ante una pequeña crisis.

Tras la primera, el equipo se enfrentó al Espanyol en Los Cármenes, en el debut de Javier Aguirre, y no pasó del empate.

Anquela encauzaría un tramo potable, pero viviría un segundo aislamiento, al que le sucedió otro empate. Oiría hasta dos veces el “Anquela, vete ya” por parte de la hinchada. Una en casa, otra en Málaga. Lo peor de aquel Granada no eran las turbulencias internas, existentes y en varios focos. La preocupación de los jerarcas era que la escuadra no adquiría sensaciones firmes, dando muchos palos de ciego. Recibía muchísimos goles a balón parado. Tras un partido horrible en Sevilla, donde a Anquela se le vio más descontrolado que nunca en el banquillo, modificando hasta tres veces la posición de Mikel Rico, que pasó hasta por el lateral, con respuestas vagas en la rueda de prensa posterior, su ciclo se terminó, sustituido por Lucas Alcaraz.

Alcaraz arrancó fuerte, como Resino, aunque ante todo un coloso como el Madrid. Fanático del orden, aquel Granada adoptó la estabilidad de la que carecía, con un sistema 4-4-2, bastante vertical, muy firme atrás. Pero los apagones también llegaron con el granadino. Una terrible racha de nueve partidos sin ganar tensó muchísimo el ambiente. El grupo volvió a recogerse lejos de la ciudad. Como las otras veces, empató en casa. La jornada siguiente la arrancó en descenso provisionalmente por primera vez en su ciclo.

Ese día, domingo a las 12 horas, el Granada actuó en Cornellá-El Prat ante el Espanyol y derrotó a los ‘periquitos’ con un gol de falta de Nolito.

A partir de entonces, varió el semblante. El cuadro sumó lo suficiente para alcanzar la permanencia en la penúltima jornada. Había quórum para renovarle. Tras unas negociaciones que se alargaron más de lo que las partes quizás esperaban, Alcaraz firmó por un curso más.

Esta campaña ha tenido dos fases claras. Alcaraz arrancó conformando a los suyos bajo el sistema 4-2-3-1, variante que probó en algunos momentos de la etapa anterior. Aunque el conjunto no llegó a pasar problemas reales en la clasificación, los altibajos en el juego y especialmente los patinazos en casa movieron al entrenador a variar la pizarra, sobre todo tras un sonoro “Lucas, vete ya” que aderezó la derrota ante el Getafe. El sistema con tres mediocentros apareció en Elche y cogió inercia desde entonces. El Granada mejoró en su juego, dejó de tambalearse y se instaló en una zona cómoda de la tabla.

Pero la eliminación sorprendente en la Copa del Rey ante el Alcorcón, con una ventaja favorable de 0-2 en la ida, avivó los nervios. La Real Sociedad apabulló días después en Los Cármenes, aunque el verdadero drama se activó tras el fiasco en Almería, ante un contrario de presupuesto humilde pero que ese día parecía el Bayern Munich. Volvieron los retiros, esta vez en Murcia, produciéndose la metamorfosis ante el Valladolid, vencido por 4-0. Desde entonces, empate en casa con el Osasuna (fallando muchas ocasiones), caída en el Bernabéu (con una imagen decorosa) y tropiezo con el Celta el pasado viernes, en un error infantil y en cadena cuando lo normal era el empate, aunque el que verdaderamente intentaba el éxito eran los rojiblancos.

De por medio, un mes de enero movido, con gente queriéndose marchar, pero sin que afloraran supuestos motines que algunos participantes en ciertos medios trataron de diseminar. Ningún titular, obviamente, ha querido bajarse del proyecto. Si el grupo hubiera querido cargarse a su técnico, lo ha tenido varias veces a huevo. El club ha usado el mercado para limpiar la era de elementos que ya habían medrado con egoísmo en el pasado. Otros, que han meditado la marcha, como Buonanotte y Benítez, finalmente se han quedado en las puertas. Mientras el argentino se ha pronunciado con ganas de demostrar su valía de aquí al verano, el balear permanece en silencio, dicen que enfadado, fuera de nuevo de la convocatoria.

Este viernes el Granada actúa ante el Espanyol en Cornellá. Un rival ligado a todos sus entrenadores. Allí levantó el vuelo Alcaraz. Allí puede extender la tranquilidad. Pero también allí pueden sembrarse definitivamente las dudas.

La diferencia entre Alcaraz y sus predecesores es que ha tenido una mayor capacidad de adaptación ante las coyunturas y que ha cumplido sus objetivos hasta la fecha. Su inconveniente, los detractores que le acechan en cuanto encauza varios resbalones. La duda, si sabrá reconducir a los afectados por el virus de la huida y si sus habituales titulares le devolverán la confianza con éxitos pronto. Ahora está sumido en un valle. De su capacidad para mentalizar a la gente, a los que juegan y a los que no, estará el futuro inminente del Granada.

El juez, que dictamina en el marcador, que no siempre es justo. Ese ‘tribunal’ ningunea a veces el plan honorable, le resbala si el cuadro circula el balón o golpea en largo. Ganar o ganar, esto es lo que, a la postre, se subraya. Es el único idioma al que aspiraron los cuatro entrenadores. El que quiera hablar con fluidez Alcaraz este viernes.

1 Comentario

  1. No se como con la plantilla que tiene el Granada, se puede jugar tan mal. Me imagino que estará fuera de nuestro alcance, pero Laudrup se ha quedado libre. Sería perfecto para que en los Cármenes se viera algo de futbol

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