Un patético derrumbe en Cornellá (Espanyol 1 – Granada 0)

Crónica en la edición impresa.

En Cornellá se desangró Fabri y anoche se quedó seriamente corneado Alcaraz, instructor de un equipo que jugó sin alma, del que no quedó ni el pellejo tras el remate de cabeza de Héctor Moreno a la salida de un córner. Pocas veces una expulsión de un rival sirve de semejante acicate para el afectado y de narcótico para el que se queda en superioridad. Justo en la velada que más pacientes tenían que ser con el balón se expandió la anarquía en las filas rojiblancas. El Espanyol se prendió al partido a mordiscos, todo fe en ese fútbol vertical y de pierna dura en el que ahondan hasta el fanatismo. Daba igual que fueran solo diez jugadores. Enfrente no había suma alguna. Solo un inmenso archipiélago de islas dispersas, colonizadas por una apatía que se descorchó con la notoriedad del desastre en Almería, en otra ciudad mojada por el Mediterráneo.
Las magulladuras del partido dejan a la plantilla y cuerpo técnico en cuidados intensivos. Hace nada, esta escuadra presumía de manejar el balón parado con precisión quirúrgica, abortando cualquier intentona enemiga. Si ante el Celta les hicieron el primer gol en la continuación de un saque de esquina, ayer fue un lanzamiento franco desde la bandera el que cabeceó el central ‘periquito’, libre de cualquier jaula, a diez minutos del final, tras 50 con un efectivo menos por la expulsión de Víctor Álvarez. Honorable.
Las experiencias dejan secuelas también en los árbitros, incluso cuando no se enfrían en la nevera. Por eso ciertas asignaciones del comité parecen firmadas por un mono amaestrado. Designar al mismo colegiado que juzgó el partido de la primera vuelta parecía una tentativa morbosa. El gallego Iglesias Villanueva maneja una particular interpretación del reglamento, más quisquillosa. Si en Los Cármenes cobró como cesión al portero un despeje de Fran Rico hacia atrás, anoche enjugó aquel mal rojiblanco con una expulsión un tanto rigurosa, en una de esas acciones de carambola que tiene siempre a El Arabi con el taco listo. Embolsó el balón que venía de la atmósfera con escarcha y enfiló escorado hacia la meta. Víctor Álvarez le golpeó, aunque el control del marroquí le inhabilitaba bastante para culminar la jugada. Pero para el colegiado tenía francas opciones de diana y de su cartera extrajo una categórica roja que, a la postre, sirvió de palanca para la reacción local. Nadie podrá criticar al ‘trencilla’ en el bando granadino.
Dos caras nuevas aparecieron en la alineación rojiblanca. Tiago Ilori despejó la incógnita del reemplazo al lesionado Mainz en la defensa, completando una defensa bisoña, en la que ninguno pasaba de los 25 años. Ese veterano es Nyom, a quien se le adhirió el brazalete de capitán por veteranía, pero que no utilizó para liderar en demasía. Encontró un rechazo frontal de la grada por exagerar el dolor en algunos choques, aunque lo peor de su actuación estuvo en las dificultades para atacar el bosque defensivo del Espanyol. Nyom sabe bloquear la cerradura, pero le cuesta meter la llave.
Buonanotte, que amagaba con el adiós desde la puerta hace solo unas semanas, apareció presidiendo la mesa en detrimento de Piti, cuyo bajón parece que se curará por ahora en el banquillo, como si fuera su diván. El argentino, sin embargo, se descompuso como el resto tras esa primera media hora en la que sí le tomó el tacto al encuentro. Cuando la batalla se abre y el contrario dinamita el reposo, el menudo atacante queda en el ojo del huracán. En un lance racial, quedó orillado como un niño.
El ‘trivote’ siempre simbolizó la apuesta por la pelota, protegerse y acometer desde la posesión como método de control. Si el dominio permitió alguna acometida en los compases de tanteo, solo una vez merecieron alterar su suerte ante Kiko Casilla después, cuando el viento inflaba las velas pero la nave iba a la deriva. Recio canalizó un pase para El Arabi, al que la sutileza le salió abstracta. Combó el balón sobre el portero con exceso de impulso y el esférico reboto por la parte exterior del larguero, como repelido. Nada más hubo que apuntar en el cuaderno de bitácora. Solo tormentas constantes.
Aguanta el portero
Roberto aguantó el atropello hasta el tramo final. Tanto Córdoba como Stuani quisieron asaetearle al principio, pero escapó ileso, con bastante entereza. Quien le iba a decir que tras soportar los periodos más frontales del adversario le amargarían la velada debido a un fallo en el marcaje, en la tan trabajada estrategia.
Fue un derrumbe colosal con muchos responsables. Fue consecuencia de un plan ejecutado con vulgaridad, donde se confundió serenidad con lentitud y habilidad con el individualismo. Hay pocos equipos que armen su vanguardia con tanto egoísmo como este Granada crepuscular, donde cada cual transita con su particular visión de las cosas, ajeno al resto. Sin Fran Rico, sustituido por Piti, el triángulo de la zona ancha se borró. A pesar de la acumulación de supuestos talentos, parecía que todos se llevaran como el perro y el gato. Brahimi, que pudo revolverse por el centro en esa segunda mitad como tanto anhelaba, se obsesionó de nuevo con la fotogenia, incapaz de comprender las necesidades de la situación. Su eterna conducción, con destino a ninguna parte.
Ni Piti, en una aparente depresión que parece una fosa marina, ni Riki, rígido y perdido tras venir de una convalecencia, transformaron un entorno agreste. Parecían todos soldados de fortuna ante un comando organizado, que salía de su trinchera con una rabia competitiva envidiable. Sumaron un triunfo de corazón, ante un contrario comatoso, desprovisto de ilusión y a la deriva.
Ni siquiera en el tiempo que quedó hasta el final salió de la esquina el Granada, acobardado e incrédulo no solo por ser incapaz de soltar el puño, sino de haberse llevado aquel mazazo irreparable. Pereira se sumó al funeral por el aciago Nyom pero la escalada solo se pronunciaba más hacia la desesperación.
Los rojiblancos han llegado a una peligrosa intersección de la temporada. Hace unas jornadas, el panorama asomaba despejado. Las cuentas salían con cierta comodidad para alcanzar otro curso más con los mejores. Pero la cuesta de enero ha destapado muchos de los males que el orden imperante ocultaban. La dirección quiso atajar el problema atisbado al empezar 2014 con el aislamiento en La Manga. El mercado invernal se ha usado sobre todo para tareas de depuración. Pero cuando creían extirpado el mal, aparece el tumor apático con mayor virulencia, lo que deja tocado al entrenador. Una sopesada paciencia o medicina severa ante la crisis. Es el dilema al que se abocan los jerarcas del club tras este humillante golpe.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *