Tocarlo mucho

“Para los jugadores inteligentes la posición es sólo un punto de partida. Se mueven en función de las situaciones”, la frase es del periodista Orfeo Suárez y la utiliza para describir los movimientos de dos de los mejores centrocampistas del mundo: Andrés Iniesta y Cesc Fábregas. Es curioso como hay gente que trata de comparar a cualquiera de ellos con el rojiblanco Brahimi. He llegado a oír, y no precisamente en una cafetería, que el franco argelino es mejor que el de Arenys del Mar. No sabemos si bajo los efectos de algún alucinógeno.

El problema de Brahimi es que es un futbolista silvestre, que sigue pautas callejeras. En el barrio lo que viste es el regate, engañar al contrario, dejarlo sentado. Pero el fútbol es diferente. Lo importante es tener la habilidad de interpretar los requisitos de cada momento. Valorar el ritmo y la pausa.

Brahimi hace fintas fantásticas, pero jamás atempera los impulsos. Esté donde esté, en banda, en el centro o en su propia área, su subconsciente le lleva a controlar el cuero, esconderlo de la primera oposición y salir driblando hacia delante, sin sopesar riesgos ni mejores opciones. Si Brahimi mantiene este estancamiento seguirá siendo ese elemento de florituras imposibles, pero de resultados raquíticos. Su ventaja es que domina un arte difícil, no al alcance de cualquiera. Su defecto, que le falta casi todo de lo demás. Sobre todo, visión. El ejemplo de lo contrario es Fatau, un mediocentro sin tanta parafernalia en la expresión, pero mucho más cartesiano en sus movimientos. De ahí que tenga muchas posibilidades de colarse en el ‘trivote’ esta semana, por el sancionado Iturra.

En el fútbol, el balón hay que tocarlo mucho, pero tenerlo poco. El día que Brahimi se grabe esta frase a fuego, podrá entrar en comparativas pretenciosas. Mientras tanto, será como los fuegos artificiales. Alucinantes en su explosión, pero que se disipan con rapidez en el firmamento.