Llueve menos sobre Granada (Granada 1 – Betis 0)

Llueve menos sobre Granada, aunque el invierno de los obligados a pugnar por la permanencia continúe al acecho, con ligeras treguas. Fue un buen augurio en una mañana plomiza, donde la ansiedad se filtraba por el chubasquero y el hedor de la cloaca intoxicaba el estilo, convertido en un fragor de huida para sobrevivir. Ese barro del patíbulo manchaba ya las botas de unos rojiblancos poco acostumbrados a sentir el aire fétido a la espalda, pero a ello se han abocado por tropiezos desafortunados primero y luego por la lamentable desidia en Cornellá. Ese ambiente lúgubre del que se han desprendido provisionalmente envuelve a un Betis con medio cuerpo sepultado, que intentó sacar el brazo en esos minutos postreros que tanto se maldicen en Los Cármenes. El miedo a las tragedias recientes domesticó a los de Alcaraz, quien rompió su serenidad natural en el área técnica y se entregó a los aspavientos, consciente de que tenía una mecha encendida detrás, que se ha apagado. Como un gato, el Granada se hizo un ovillo para proteger un colchón que ahora vuelve a ser mullido. Seis puntos sobre el descenso a las puertas de dos desplazamientos feroces, a Valencia y Bilbao, y un rival en la disputa por mantener la categoría, el cuadro verdiblanco, abatido en la cuneta, con un mínimo hálito vital.

Los rojiblancos tuvieron arrancada de caballo y parada de burro. El brío estuvo en los ojos de los futbolistas, estimulado en la cacareada concentración de La Manga, pero la dificultad para castigar al contrincante con contundencia supuso que la escuadra extremara las cautelas en un segundo tiempo que tuvo cirugía a corazón abierto, cosida por una mano divina de Roberto ante Leo Baptistao, extraño suplente en un cuadro sin enfoque arriba. El portero gallego sí estaba de guardia en su garita esta vez.

Reconstrucción

Sobre triunfos sufridos se inician algunas honrosas reconstrucciones. Para ello fue imperioso el pago de la fianza de Piti, que permanecía encerrado en la cárcel de la tristeza. De ese bloqueo solo podía salir abrazado por la hinchada más entusiasta del fondo. Consecuencia inequívoca de la celebración de un gol en casa. El tanto resumió su clase y tuvo un impresionante impulsor en Tiago Ilori, un defensa joven pero sin acné. Además de aparentar que conoce a Murillo desde la guardería, el chaval cedido por el Liverpool parece un reputado ‘quarterback’ de fútbol americano. Reclamó el balón a la vera de Roberto, oteó el paisaje lejano, contó veinte figuras en danza, once de ellas de contrarios aparentemente pertrechados. Pero no tuvo problemas. Su mirada incorpora prismáticos y maneja un láser en su bota diestra. Sacudió rápido el esférico, dirigido como un satélite, a velocidad de crucero. Emprendió una trayectoria curva, de ángulo perfecto, hasta recorrer una distancia considerable, cercana a los 60 metros. Lo acunó Piti, con mimo, para luego descerrajar a Adán.

Aquel portero al que Mourinho invistió en forzada amenaza para Casillas en el Madrid tuvo aplomo hasta entonces para minar los acercamientos de El Arabi, Recio y Brahimi. El franco argelino volvió a taladrar desde el costado con su impredecible cambio de ritmo. Su libro tiene desprendidos capítulos importantes, relacionados con las soluciones en el área, pero es capaz de alterar el sistema nervioso enemigo, provocando amarillas y sirviendo pases bastante válidos. Algún día tanto malabarismo concluirá en un futbolista implacable. Mientras tanto, asistiremos a su genuina montaña rusa.

A falta de Iturra, los tres mediocentros del equipo desplegaron una alta intensidad, pero erraron en algunas elaboraciones poco frecuentes. Fran Rico ocupó el vértice, pero le costó encontrar el trazo. Se le están haciendo muy largos los partidos. Quizás porque nadie podía imaginar que tras sus dos años convaleciente podría consolidarse como titular indiscutible. El canterano Fatau, por su parte, madura en medio de este periodo controvertido, sin ser un faro pero con voluntad de auxilio permanente. Recio adquirió galones en la travesía más revuelta, generoso en el esfuerzo, aunque también le faltara algo de dirección en sus arremetidas.

Sin redención

Un golpe dejó tocado a Piti y Alcaraz decidió sacar a otros futbolista de la celda. A Dani Benítez se le abría una puerta para la redención en una situación proclive para sus intereses. Con ventaja en el marcador y el Granada temeroso de ver mermado el resultado, el equipo podía adoptar el contragolpe como método auxiliar, donde el balear es siempre feliz. Ovacionado en su salto al campo para su regocijo, fue entrando en calor poco a poco. Incluso tuvo la oportunidad de marcar en un pase estupendo de Brahimi, que encontró un disparo pifiado por su parte. De pronto, el mallorquín se colapsó. Tras escuchar unos aislados reproches perdió los papeles en una entrada a destiempo, que el árbitro sentenció con una roja excesiva. La acción, en cualquier caso, daba para pocas coartadas. Contribuyó a los argumentos del técnico, cuando hace unas semanas dudaba si hacer cambios resolvería sus problemas. Su hipersensibilidad a la crítica, su fragi-

lidad psicológica, están destrozando una trayectoria cargada de expectativas.

El Arabi intentó seguir el rastro del gol, pero le está costando llegar a un destino claro, pese a que olfatea por todas partes y jamás deja a un compañero a la deriva, siempre fiel al trabajo. En un robo de balón por el centro casi pilla a Adán fuera del marco, pero el cancerbero impidió la rúbrica del franco marroquí. Con la expulsión de Benítez apareció Riki para refrescar la vanguardia, con el oficio claro de dejar que el tiempo corriera sin grandes incidencias. Conservó la posesión, trató de forzar un penalti, que no fue, y pudo incluso anotar de vaselina, pero su tiro salió desviado. Su aportación resultó correcta, pero su fuelle es mínimo. Verle deambular en los últimos minutos atestigua que está lejos de su mejor punto físico.

El pitido de Teixeira desprendió la soga del cuello de Alcaraz. Volaron los nervios de la grada. La plantilla se quitó el yugo. El sepulturero cogió de la mano a los béticos. Ellos ya van de camino al cadalso. El Granada se aleja de esa ruina, pero el viaje es tortuoso y no ha acabado. No conviene hacer sangre del herido. La risa puede acabar en mueca.

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