Dani Benítez y el tiempo perdido

Paso unos días en Madrid, envuelto en un curso del grupo Vocento, al que pertenece Ideal. Al partir la semana, me obliga a atender mi compromiso de los jueves de publicación de una columna en el periódico desde aquí. Salir del entorno de Granada y ponerte ante la pantalla en un hotel te da cierta distancia respecto a los acontecimientos, no solo física. Envuelto en el día a día, las críticas a veces se vuelven descafeinadas, alteradas por la impresión de que uno tiene que controlar la dureza con personas que luego hay que echarse a la cara. Yo solo veo a los jugadores, técnicos y dirigentes del Granada los días de partido, lo cual me impide ver sus entrenamientos y quehaceres rutinarios, de los que me informan pormenorizadamente los compañeros, pero que genera un espacio que evita la empatía de lo cotidiano con los protagonistas.

Hace tres años, recién subido el Granada a Primera, tuve otra visita de este tipo a la capital de España. Me tocó redactar mi artículo desde aquí. Se lo dediqué a Dani Benítez y fui bastante crudo. Acababa de arrancar el campeonato y el balear estaba incorporado al Olimpo rojiblanco con todo mérito tras el ascenso, su gran curso anterior y la participación en la jugada que convirtió Ighalo en el gol del ascenso, en Elche. Pero Benítez se relajó ese verano posterior. No asumió el desafío que se le venía encima y alargó el disfrute del salto de categoría. Todavía no había dado señales de clara decadencia, la campaña en la Liga BBVA acababa de empezar, pero en aquel texto critiqué aspectos de su vida que consideré disipados y cargué contra parte de su entorno, del que pensé que no le hacía ningún bien.

Aquellas palabras me costaron un veto por parte de la plantilla, que afortunadamente no afectó al resto de colegas que se integran en Ideal. La situación me obligó a una disculpa siete días después. Los futbolistas cargaban contra la relación establecida entre lo privado del jugador y lo profesional, y por eso me daban la callada. Hay una especie de pacto tácito para que la prensa se mantenga al margen de esta esfera, salvo que ya afecte al orden público. Yo probablemente me extralimité, quizás animado por el propio Benítez meses atrás cuando, en un arranque de sinceridad tras el primer ascenso, me abrazó para decirme que siguiera “dándole palos” si lo veía necesario porque le habían “ayudado” a superarse. Tras el apagón que me dedicó el plantel, dejé de ser ese ‘Pepito Grillo’ que él había autorizado.

Aquello se fue calmando y la normalidad regresó, sobre todo tras un gran partido suyo en el Camp Nou, tras el que me atendió con diligencia. Pero jamás hemos vuelto a dialogar más allá de los estrictamente convencional, después de los encuentros. Aquella temporada se cerraría con el botellazo a Clos Gómez. Después vendría la larga sanción, la vuelta envestido como capitán, anhelado por Anquela. También hubo roces con el jienense, que le retiró por una movida en el vestuario en el descanso del partido en La Rosaleda, cuando había sido de los mejores en el primer acto. Le vinieron las lesiones, que impidieron que Alcaraz pudiera contar con él, ya en el segundo tramo.

Este verano el entrenador granadino tenía varios objetivos claros en su cabeza. Uno de ellos era recuperar a Benítez, del que decía que tenía unas posibilidades deportivas enormes. Empezó titular, pero alguna actuación irregular motivó los primeros reproches de la grada, que minaron su moral. Se le encadenaron pequeñas lesiones y fue quedando fuera del carro de los titulares, hasta llegar al choque con el técnico el día que este no agotó los cambios, ante el Osasuna.

Benítez quiso irse en el mercado invernal, hastiado, quizás con la sensación de haber estado perdiendo el tiempo, puede que ofendido por lo que consideró una afrenta. Les aseguro que a pocas personas le he visto tanta fe en las posibilidades del mallorquín como Alcaraz, pero todo tiene un límite. Pese a todo, el domingo pasado quiso rescatarlo para la causa. La grada enterró cualquier reproche y le ovacionó como en la mejor época. Los minutos pasaron e iba interviniendo poco a poco. Pero errar un gol con el horizonte claro, tras un pase de Brahimi, avivó los primeros silbidos y alteró su sensible sistema nervioso. La expulsión tradujo esa frustración interna, que le manda a galeras durante un encuentro. El día de su purificación, aumentó el castigo.

Queda Liga y es posible que el fútbol le conceda más oportunidades de redención. Si no, al final tendrá que volar a otro sitio en busca de la felicidad. Da mucha pena que un jugador de sus condiciones haya embarrado la imagen de ídolo ganada a pulso durante toda esta etapa en la máxima categoría.

Los deportistas piden que los juicios que se hagan sobre ellos se limiten a lo que acontece en el terreno de juego, pero hay aspectos que van de la mano. Dani prefirió disfrutar a escuchar. Ahora lo pasa mal cuando se viste de corto. No tiene voces alrededor que le transmitan conciencia. Solo gente que le anima a que el ritmo siga. Un gran talento muy mal aconsejado y, como dice Cordero, que ya no es ningún crío. El fútbol llega un momento que niega la penitencia. Benítez está al borde de convertirse en un juguete roto.