Pesadilla en el tiempo extra (Valencia 2 – Granada 1)

El tiempo extra es periodo de castigo para el Granada ante el Valencia, un rival que ha culminado sus victorias en la prolongación de los dos partidos que les han medido en el presente curso. Poco importaron los méritos previos de los rojiblancos, tanto en Los Cármenes como en Mestalla. La tablilla electrónica con la que el cuarto árbitro muestra los minutos de alargue ejerce un efecto perturbador para los de Alcaraz si el conjunto ‘che’ está delante, pues esos goles letales nacen siempre en pifias. Si un mal control de Ighalo en la salida de un contragolpe desencadenó la jugada que acabó transformando Jonas en la primera vuelta, la crueldad se reafirmó ayer, en una infracción lateral cometida con mucha torpeza por Pereira, que habilitó una acción estratégica con carambola en el área y desubicación final de Roberto. Parejo sirvió desde la banda, Fatau rozó levemente con la testa y el balón aterrizó en los pies del debutante central Vezo, que tenía encima a otro que se estrenaba, Coeff, inmaculado hasta entonces. El zaguero portugués disparó aprovechando la media salida del portero gallego, quien alterna paradas brillantes, como ante el Betis, con errores flagrantes, como le pasó ante el Celta. Al Granada le ocurrió como a la Cenicienta al extenderse el encuentro, en una pesadilla que irrumpe sistemáticamente en demasiadas veladas.
Cinco partidos de esta campaña, contando la Copa, se han derramado en el último cuarto de hora del duelo. El equipo se queda sin depósito en estos lapsos de urgencia, baja la concentración de sus hombres y, lo que es peor, carece de repuestos válidos en el taller con el que suplantarlos. Los reservas hacen gala de su condición y ratifican que el entrenador tiene una breve lista de preferidos por algo. Si Dani Benítez acabó expulsado al poco rato de salir la semana pasada por una patada a destiempo, nervioso tras errar ante el gol, esta vez fue Pereira el que cometió una tropelía para olvidar, tras haberse comportado con cierto decoro hasta ese momento en el costado. La infracción que cometió fue de pardillo. La condena, supina.
La carroza se le hizo calabaza al Granada, lo único que se llevó de un estadio donde siempre derrapa y en el que cambió su plan de juego, sobre todo tras lesionarse pronto Fran Rico en la primera parte. El ‘trivote’ perdió horizonte sin el gallego, la posesión del cuero quedó lejos de los registros habituales, pero a cambio la escuadra se replegó a la perfección y se escapó con descaro en algún contragolpe furtivo. Primero se asomó El Arabi. Luego Piti importunó a la zaga levantina con sus movimientos acompasados, con esa cadencia justa, sin prisa pero con clase. Introdujo un gran pase para Recio que rebañó un zaguero ante la madriguera. Luego pescó un regalo de un viejo compañero en el Rayo Vallecano, Javi Fuego. Nada más reanudarse el encuentro tras el descanso, el asturiano despejó mal un centro desde la derecha de Nyom, ante el que Piti impuso un latigazo soberbio con la pierna diestra, que botó y salió despedido a una esquina imposible para Alves, en una ejecución instintiva del catalán, rey Midas del gol. Parece el gran beneficiado de la estancia en la concentración de La Manga, en el aspecto finalizador.
Lejos de ese poder natural está Brahimi, quien desperdició una buena subida al ataque en el acto inicial, tras galopar con furia El Arabi al toque de corneta, quien a veces parece más veloz con el esférico que sin él. Tampoco Fatau, el improvisado sustituto de Fran Rico, convirtió un buen centro de Piti antes del entreacto. Se precipitó al chutar de primeras. Hubo que esperar a que el flamante capitán rojiblanco soltara el cañón para poner en alerta al enemigo.
Cansancio ‘che’
El Valencia venía de visitar Chipre, exilio para su contrincante, el Dinamo de Kiev, que ejerció allí de anfitrión por los disturbios en Ucrania. Desplazamiento y esfuerzo en la competición continental que diezmaron a los de Pizzi, intensos por los costados pero torpes a la hora de rematar, basándolo todo en el disparo frontal de Fede. Pero el festejo de Piti inflamó al técnico argentino, que abrió el arsenal para reclutar a Paco Alcácer y Jonas, aunque el que se agigantó fue Feghouli, que atropelló a su compatriota Brahimi, voluble a la hora de auxiliar a Angulo en el lateral. El extremo argelino punteó hasta encontrar un buen centro que Alcácer tocó en fuera de juego por unos centímetros, pero que no señaló el asistente de González González. El árbitro desamparaba al Granada, sin bien pudo consignar como penalti una mano de Brayan Angulo minutos antes.
Con el empate los rojiblancos cavaron una profunda trinchera, mentalizados en resistir el aluvión valencianista. Los locales expandieron su ataque, taladrando con sus laterales. Alcácer, quien parece haber roto por fin el cascarón y se erige como un delantero prometedor, a punto estuvo ya de vencer a Roberto cuando ya se encaraban las últimas curvas.
Con Brahimi desfondado y sin chispa, más un problema en el repliegue que una solución en las subidas, Alcaraz meditó el ingreso de Pereira, quien trató de que el balón pasara el tiempo en el sector ajeno, jugueteando en el regate por la franja izquierda. Sin generar peligro real pero al menos oxigenando la situación tensa, el tiempo transcurría sin erosión en la zaga rojiblanca, donde Coeff se complicó muy poco la vida, con un guardaespaldas de lujo en su colega Murillo, como casi siempre. El agotamiento de Piti hizo que el cuadro clausurara las alegrías con la suma de Foulquier por la derecha, para solidificar el armazón de la retaguardia y esperar que nada pasara factura. Pero Pereira se pasó de frenada y dio vida al Valencia a balón parado. La pizarra era un pilar del Granada hace no mucho, pero se ha ido mellando. Esta vez vino en una jugada apresurada, con un rebote sorpresivo y Roberto en tierra de nadie. Un intenso esfuerzo que engulló la alcantarilla. El traje acabó hecho jirones y los caballos volvieron a ser ratones. La ‘Cenicienta’ rojiblanca volvió triste a su morada. Se dejó el zapato atrás, pero no lo encontró ningún príncipe. Se lo quedó un murciélago.

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