Devorados por Aritz Aduriz (Athletic 4 – Granada 0)

A los seis minutos, un bombardero le metió la lengua para dentro a Coeff y anticipó el futuro del Granada en la fresca noche del nuevo San Mamés. Aduriz voló impulsado por la gélida ventisca que venía de la ría, Coeff se derritió como un débil cirio, hundido su pecho altanero con la bienvenida cruel a la categoría, tras salir sin mucha magulladura de Mestalla. El francés quizás entendió en la velada por qué es el cuarto central de la tropa. No era un capricho del jefe del banquillo. Aún está verde y ante amenazas descomunales, el peligro acecha.
El testarazo del portentoso delantero del Athletic se incrustó junto al poste, ante la mirada atónita de Roberto, que conoce bien cómo truena el Cantábrico embravecido. El rugido en la herradura que por ahora forma este colosal estadio acobardó a la escasa fauna disponible por Lucas Alcaraz en su arca. Nunca una moderna obra arquitectónica había heredado tan fielmente la esencia de su antecesora. El león devoró con saña pero encontró poca carne a la que hincar el diente. Los rojiblancos tenían una alineación con un interino por línea, directos de la bolsa de trabajo. Presas dóciles ante los mordiscos feroces de una manada que emigrará pronto por Europa de nuevo.
El tanto succionó la sangre de un equipo listo para el desmontaje desde la audición del himno. Sin levantar, como el fondo sur de esta instalación aún en precario, llena de andamios provisionales. La resistencia defensiva duró menos que un ‘sparring’ de Iván Drago. Aduriz se ensaña siempre cuando huele carne granadina. Completó un triplete, que eleva a seis sus dianas ante los rojiblancos horizontales.

‘Hat trick’
Utilizó todas las herramientas para apuntalarlos: el martillo, en la frente para estrenarse; el taladro, para disparar un tornillo a la misma escuadra, con un rebote del balón a la hierba tan violento que casi hace un agujero de topo. Finalmente, la sierra, para quebrar a Mainz ya en la segunda mitad, mandar a la ducha al capitán con una roja en el bolsillo y sacar así su último truco del sombrero. Eso significa el anglicismo ‘hat trick’.
No hubo argumento alguno ante la debacle, por más que tras el 2-0 el Granada aguantara un poco la llovizna con el chubasquero. Las facilidades abundaban. Falló la marca de Coeff primero, perdió un balón tonto en ataque Recio después. Jaula abierta para el contrario, que es encima rapidísimo. Si la escuadra de circunstancias se había quedado retratada ya en el fotomatón, le quedó el alivio de que el Athletic frenó sus pretensiones de aniquilar pronto el encuentro, en un acto de piedad transitorio.
Alcaraz se pasó el encuentro entre rectificaciones. La principal era su alineación llena de provisionales por las ausencias de Piti, Fran Rico, Murillo o Ilori. Después eliminó antes de la media hora a Fatau, titular como en el Bernabéu pero más nervioso que allí, cargado con una amonestación desde su primer quite con Mikel Rico, al borde de fragmentar a los suyos en un centro del campo en zozobra. Rico parece en este club el hombre más feliz de la tierra. Es lo que tiene cumplir un sueño.
Con Foulquier de improvisado extremo derecho, Brahimi se fue a su anhelado centro y Pereira a la izquierda. Al francés se le presentó una ocasión para redimirse de la falta final que tanto pesó en Valencia, pero parecía en sus avances un mero tren de mercancías, ante ferrocarriles de alta velocidad.
El Athletic fue mejor en todo, en aspectos futbolísticos y de personalidad. Es un señor equipo, con una clasificación entre la nobleza por condiciones y recursos. Tanto tuvo el aire de cara que Álvarez Izquierdo invalidó, por fuera de juego, la única excursión óptima de El Arabi, otro que probó mucho la nueva hierba de San Mamés, endeble ante la excitación local. Quién sabe que habría pasado. Tal vez en un último estertor, el franco marroquí habría mandado el esférico al Guggenheim. Es capaz de ello.
La mejor noticia en la pausa era que un mero tanto ponía la autoridad del Athletic en solfa. Para intentar la oposición, el técnico granadino fulminó su ‘trivote’ para apostar por el juego sin tránsito hacia una punta doble, con el ingreso de Riki. Algún tiro del madrileño hubo, pero lejanos.
Desprovistos los nazaríes de su manto habitual en el ecuador, la ronda de asaltos de los bilbaínos se sucedieron como el paso de una noria. Ander Herrera y Aduriz y Muniain sembraron de pólvora el área de Roberto. Mainz se llevó un pelotazo en la cara del travieso Iker. Susaeta cerraba el cuarteto de percusión de los locales. Finalmente volvió a ser el ariete el que forzara los ajustes de un Mainz al que este deporte quiere envejecer de golpe. Expulsión clara, penalti favorable para que Aritz enterrara cualquier posibilidad de venganza rojiblanca horizontal.

Roberto, mal de puños
Fue un cuarto de hora para acorralar a Roberto, que encima dirigió mal un puñetazo al cuero, que pescó Gurpegi, como si achicara hacia la portería. Riki intentó maquillar con su fusil, lleno de polvo por el desuso. Iraizoz mostró que no se había quitado aún los guantes, pese a la tentación de la inactividad. Desde entonces fue su homólogo quien lució reflejos y agilidad. Evitó el sopapo, que tal y como se ponía el asunto resultó lo más honroso.
Alcaraz había dado la alternativa en ese tramo a Boateng. Poca contribución pudo hacer, ante la agravada inferioridad que obligó a retrasar a Iturra, como ya le pasó en Almería. Allí tampoco estuvo Murillo y arreciaron tres ‘chicharros’. Anoche aumentó la cuenta a cuatro. Tampoco estuvo Fran Rico. Enfrente se erigía un Athletic poderoso. Sin Piti, encima, para olfatear algo en su área.
Las instantáneas de esta primera visita a la flamante ‘Catedral’ se esconderán en un álbum que se dará por perdido. Ahora al Granada le toca mirar a otros campos ajenos y esperar que cuando le vuelva el turno, conserve la almohada mullida. Parece una empresa complicada que los de abajo no le arañen algo más, tras estas dos semanas de desplazamientos baldíos, aunque con imagen muy diferente. Digna ante el Valencia. Horrenda ante el Athletic. Sin pilares fundamentales, la estructura se resiente muchísimo. Si encima no existe al menos idéntica predisposición a la del adversario, la goleada es el final lógico.
El Villarreal espera al final de la calle. Es otro cuadro con ganas de competición continental, que hace bien las cosas. Uno de los peores partidos del Granada fue en el Madrigal. No irá a Los Cármenes a hacer amigos. Allí recuerdan quién se fue al hoyo y quién resopló hace solo dos cursos. Heridas que laten.

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