Brahimi desenvaina el día de la madurez (Granada 1 – Elche 0)

La crónica del diario IDEAL.

Brahimi desenvainó por fin con el balón rodando como jugador rojiblanco, tras 55 partidos oficiales en los que solo anotó de penalti, el día que seguramente se cerró una rivalidad forzada. Es probable que el próximo recibimiento al Elche en Los Cármenes se desprenda de la carga emocional del partido de ayer, pues para la historia quedó ya lo efusivo de aquella eliminatoria por el ascenso decantada por los rojiblancos. Lo de ahora no es lo mismo. Ambos clubes están en Primera, pelean por sobrevivir en la categoría sobre el campo y no se miden bajo la emoción de un derbi, sino encajados en el prisma de un partido convencional, de esos a los que se les pega el miedo aterrador de las últimas fechas, en los que hay pánico a equivocarse, cuando se otea lo afilado de los riscos que se van dejando abajo durante la escalada.
Erró gravemente el ilicitano Damián, que al tratar de lanzar una falta desde el centro del campo se resbaló y dejó el balón en la bota del hombre en la barrera, que salió como un cohete en busca del planeta gol. El Arabi evitó el peaje del lateral, echando el esférico por un carril y corriendo él por otro, antes de arrancar por la autopista y visitar la frontal del área, donde vio entrar a Brahimi como quien porta un cuchillo jamonero. Apareció en el cuadrilátero decisivo y esta vez su luz no se fundió. Con la zurda ajustó el tiro y sirvió sal de frutas a un partido más indigesto de lo previsto, de los que dejan ardores si no se solucionan.
El Granada mostró claros síntomas de superar la pubertad. Una evidencia de que, además de intentar jugar, sabe competir. No le quemaron las dificultades de neutralizar ventajas del adversario en Getafe y supo salir de la dinámica tediosa que pretendió el Elche, que cortaba con alicates todos los circuitos.
Paradoja
La sensación de madurez es un hecho paradójico en el momento que más jóvenes pululan por sus alineaciones. No hay pareja de centrales más novata en Primera, aunque Murillo sea un ejemplo de precocidad. Coeff se ha encontrado con una sorprendente oportunidad de instruirse en la élite y empieza a dejar señales de aprovechamiento, mucho más afianzado al puesto, claro con la posesión y consistente para repeler el peligro. Su cuello ya dirige mejor los despejes. Más estancado está Fatau, al que le faltó claridad para quitar las obstrucciones de un centro del campo que el Elche convirtió en una masa densa, que Fran Rico trató de ablandar en su papel de aguador, lo que le alejó de la toma de decisiones cruciales.
La ausencia de Iturra se hizo bastante notoria, pues sus pugnas al límite suelen alentar al resto y meten pronto en la harina al público, que tampoco necesitó mucha vehemencia para caldearse esta vez. No hubo violencia alguna antes, durante y después en la grada, pero sí frecuentes alusiones peyorativas al contrario, la pulsión habitual con el recuerdo latente aún de aquel cruce inolvidable. Sobre el césped, ni una sola entrada dura, aunque Sapunaru acabara expulsado por doble amonestación. No tenía el Elche un lateral izquierdo natural y el rumano tuvo que impostar el rol, pero terminó en la ducha ya con el 1-0 en el marcador, en un penalti sobre El Arabi que erró Fran Rico, atolondrado ante el baile compulsivo que se marcó Manu Herrera sobre la línea para distraerle.
Sin Iturra, el propio Rico actuó de tapón. Aunque Recio se multiplicó en los apoyos, encontró poco auxilio de Fatau. Brahimi también estuvo bastante apático en el primer acto, al que le pusieron algo de fuego tanto Riki como El Arabi, aunque sin el grado letal de las dos sesiones anteriores. El Elche enredó así el sistema local e inició una serie de llegadas con una cadencia hipnótica. Márquez, el más destacado en la tropa de Fran Escribá, apocó al respetable tras una pérdida de balón del Granada en su flanco izquierdo, que culminó con un tiro potente pero desviado. Mucho más evidente fue la ocasión de El Arabi en la prolongación de ese acto, que vino de esa mina de oro que son los saques de esquina de Rico. Murillo cabeceó y el delantero voleó en exceso desde el área pequeña. El Arabi no está para simples manualidades, sino para la orfebrería. Lo fácil, lo derrama.
Alcaraz meditó alternativas al descanso para romper con el sopor. En principio, alteró de posiciones a Brahimi y Riki, colocados en la derecha e izquierda respectivamente. El punta de Aranjuez intentó conectar con su socio de ataque, pero Pelegrín rebañó en el instante justo. Roberto sacudió de puños un tremendo chut de Márquez, tras lo que el técnico local hizo su primer movimiento sensible en el esquema. Quitó a Fatau, introdujo a Buonanotte en la derecha y mandó al centro a Brahimi. Al momento llegó al gol, aunque en realidad poco tuvo que achacarse a esta variante y sí mucho a la providencia. Los tacos de Damián no se fijaron bien a la hierba algo larga del estadio, recién regada en el entreacto, y del desliz vino el lapso para la celebración de Brahimi, que eligió para estrenarse a un contrario que estuvo en un pasaje mágico de la historia rojiblanca.
Carlos ‘La Roca’ Sánchez se sumó a la apuesta por el disparo lejano de sus compañeros, pero de nuevo el Granada irrumpiría con estrépito en el área blanquiverde. Riki centró para que Buonanotte peinara el balón hacia Recio, que también rozó con el tupé el esférico. Le cayó a El Arabi, atropellado por Sapunaru, pasado de vueltas. Fue penalti y segunda amarilla para él. Rico lo tiró al poste, pero fue entonces donde la escuadra demostró capacidad para quitarse los posibles nervios de encima. Manejó los acontecimientos, si bien en superioridad numérica, y embolsó los tres puntos ante un Elche sin munición.
La semana invita poco a la contemplación y el recreo. El miércoles, el Granada acude al Vicente Calderón, con bastantes por debajo de su cordada. Noche para una intentona sin el pánico en las pantorrillas. Después el Levante acude a Los Cármenes. Mismo objetivo. No olviden el bicarbonato sódico.

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