Dani Benítez: de héroe admirado a juguete roto

Perfil publicado en IDEAL, el 21-03-14
Si los tatuajes simbolizan aspectos de la personalidad del que los luce, la tinta que recorre la piel de Dani Benítez no puede ser más elocuente. En su antebrazo derecho aparece una rotunda declaración de intenciones: «Mucha gente no me entiende pero es porque no me conoce». En su espalda, en la parte baja, aparece otro mensaje, oculto al vestirse, la sentencia de su aparente rebeldía: «Mi vida loca».
El mallorquín siempre ha tenido espíritu de trapecista, merodeando entre el bien, representado por sus mejores muestras en los dos ascensos del Granada, y el mal, relacionado con sus distracciones externas y ciertos cortocircuitos en el campo. Benítez se cree un espíritu libre, que goza de la vida y sus placeres, pero la sensación es ficticia. Es un esclavo de la atmósfera irreal que le han construido muchos aprovechados. Una seducción que le ha corrompido hasta pulverizar al deportista que cobijaba su cuerpo. Él, que luchó por ser futbolista para honrar el deseo de su madre, fallecida en su primer año aquí, ha acabado carcomido, hasta tocar fondo con el presunto positivo por cocaína. Una sustancia que, de confirmarse su consumo, a buen seguro no la utilizó para aumentar su rendimiento sobre el césped. La degradación ha empañado su ciclo en Primera, que será recordado por la polémica: aquel botellazo a Clos Gómez, tras lo que sufrió una prolongada sanción, intensificó el camino hacia el infierno.
Desde el primer día, Benítez fue distinto al resto, peculiar. El Udinese apostó por él para enviarle a su proyecto apadrinado en España, en el que ha seguido durante cinco campañas, especialmente brillantes las dos primeras. Pero en el inicio ya se atisbó su querencia a la indolencia y su afán por la protesta, compensados por unas enormes cualidades para desbordar por la banda izquierda. El mallorquín se ganó el cariño del público con sus cabalgadas. Reunía todas las virtudes que un entrenador implora. Velocidad con el esférico controlado, soluciones en el regate, disparo potente y seco, buen ajuste para el pase y el centro. Pero sus atisbos díscolos se hacían demasiado habituales. Fabri resultó clave para reorientarle. El equipo alcanzó el ascenso y llegó su primera paternidad. Empezó su periodo más prolífico. Se convirtió en un cañón. El mejor en su puesto de toda Segunda división. Clave para conquistar un nuevo salto. Fue entonces cuando el ‘canalla’ se transformó en un ídolo absoluto para la hinchada.
Cuando llegó al máximo escaparate, Benítez se dejó llevar por la autocomplacencia. La estrella cayó en una nebulosa. Se aburguesó. Sus paseos para la reflexión por el cementerio, una de sus costumbres más llamativas, pasaron a compatibilizarse con la gestión de una discoteca. De repente, dejó de irse con facilidad de los oponentes en el terreno. Sus centros eran precipitados. El disparo le salía torcido. Con dificultad, se sostuvo como titular, hasta que llegó la noche en la que los nervios se apoderaron de su ser y se convirtió en un ogro. Un negligente arbitraje del árbitro maño Clos Gómez desató la ira de parte de la plantilla al final de una derrota ante el Real Madrid que dejaba la permanencia pendiente de un hilo fino. Algunos protestaron, otros le increparon, pero el más bestia fue Benítez, que le lanzó una botella de bebida isotónica. Le cayeron tres meses de suspensión en tiempo competitivo y manchó para siempre su imagen pública.
Cuando pagó la penitencia, tuvo un momento de auge. Su vida sentimental dio un giro positivo y al volver al terreno lució condición de capitán. Su arranque resultó esperanzador, pero de pronto irrumpieron las lesiones. Una recaída impidió a Lucas Alcaraz disfrutar de sus servicios en la parte final del curso pasado. Este verano el técnico puso su afán en recuperarlo. Sin embargo, su rendimiento nunca alcanzó el nivel esperado. La inactividad le mosqueó tanto que pidió salir en el mercado de invierno, pero no llegó ninguna oferta que satisficiera al Granada. Al final se quedó y Alcaraz trató de abrirle una nueva oportunidad. Hasta el público parecía receptivo. Así se lo hizo saber con una atronadora ovación al salir a jugar ante el Betis. Pero erró una acción de gol y escuchó los primeros silbidos. El viento le peló un cable. Poco después, cometió la aparatosa falta sobre Nono que le costó la roja. Había estado 16 minutos sobre la hierba. Al cumplir el castigo, de nuevo lo intentó el entrenador. Pero los seguidores ya no lo recibieron con amor. La hostilidad se hizo con el escenario. El héroe había perdido la batalla. Nadie podía imaginar que aquella expulsión tendría un epílogo en una sala del estadio. Allí dejó, al parecer, el testimonio que corrobora el mensaje que aparece en su zona lumbar. Posiblemente las letras de su epitafio deportivo.

 

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1 Comentario

  1. buen recorrido por la vida de Dani , buen articulo, llegando dentro de su forma de pensar, intentando saber como era a nivel humano, la vida de las personas a veces se encuentra marcada por su propio destino, este sería el suyo, le deseo toda la suerte del mundo y mucha fuerza para salir de todo esto..por su bien y los que lo quieren..enhorabuena Lamelas por la aportación..

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