El crédito se agota a chorros (Málaga 4 – Granada 1)

Antes de que la cabeza de Camacho saltara por los aires para amartillar al Granada hasta hundirlo en el fango, de que a Iturra le zumbaran los tímpanos hasta pedir basta en una casa donde fue venerado y que a El Arabi le devorara el ego por tirar un penalti que no le correspondía al filo del descanso, Brahimi cabalgó con sus espuelas de oro y se quedó a palmos de cambiar la historia de un derbi en el que, más que el cumpleaños del club rojiblanco, se celebró la reconciliación del Málaga con su hinchada y su inminente permanencia. Los goles y errores gruesos a balón parado, convertidos en crónicos, tapan parte de la historia.
Solo habían pasado diez minutos. El franco argelino interceptó un pase de seguridad de Pablo Pérez. Se libró de un zaguero hurtando el cuerpo y echó a correr. Ralentizó la marcha ante Willy Caballero, al que quebró arrastrando la pierna. Hasta aquí el Brahimi genio. Ya no tenía más dificultad ante el gol que orientarse bien. Estaba escorado, pero tampoco pegado al fondo. Chutó con la zurda, tenso. Había aparecido ya el Brahimi ansioso. El balón impactó en el costado de la red. El Arabi rondaba el perímetro. Ni lo vio desmarcado. Obviamente tampoco el tanto, que habría acallado a una Rosaleda con ambiente espectacular. Hay tanta hermandad que solo faltó que se disculparan por el marcador.
Fueron instantes de un desconcierto sublime tras la pifia de Brahimi, porque lo peor estaba por ocurrir. En una arrancada por la derecha, Riki sintió un mordisco en la pierna. Un dolor para el relevo inmediato. Pero los suplentes no estaban listos. Buonanotte, Piti –del que se filtró que estaba solo para media hora– y Cristian Bravo, el canterano chileno que entró al final en la convocatoria, comenzaron un calentamiento exprés en la banda. El partido continuó con la inferioridad rojiblanca. Un tiempo breve pero suficiente para que apareciera una brecha en la salida desde el córner. Sacó en corto el Málaga, para el toque hacia Samuel, que centró desde la izquierda hacia una posición crucial, a la que llegó Camacho como un cometa, arrasando a Fran Rico, su marcador durante todo el primer tiempo. La ausencia de Recio por motivos contractuales, uno de los habituales en las coberturas, más la de Riki, otro con corpachón para ejercer de antiaéreo, debilitaron a un Granada que lleva varias semanas sufriendo vértigos en las alturas.
Alcaraz arriesgó con Piti, que no solo acabó el partido en pie, sino que fue quien más generó del ataque. En uno de sus primeros balones, zigzagueó lo suficiente como para meter un envío letal que Willy, el hombre elástico, repelió con la pierna. Los visitantes todavía estaban de una pieza, pero recaló tanto sobre el centro del campo que dejó un mosaico más inquietante que el de las caras de Bélmez. Ahí se inundó cualquier esperanza de resarcir la situación. A Iturra le arrasó un huracán de silbidos, transformado de jaguar a minino. A Fatau le da claustrofobia esos ambientes de fervor, como ya le pasó en San Mamés. Fran Rico sí quiso algo más, pero empieza a tener el depósito al mínimo. Sus desatenciones al seguir a Camacho fueron cruciales en el hundimiento.
En el segundo gol fue un saque directo desde la esquina, pero el ejecutor fue el mismo al que le habían dicho que persiguiera. Eligió mal Alcaraz a su recurso, el mismo designado para lanzar los penaltis. Pero en eso su apuesta no fue tomada en cuenta. A un minuto del reposo del entreacto, un lío en el área malagueña fue considerado pena máxima por Teixeira Vitienes. Hacia el punto fue Rico, que había fallado ante el Elche. También Piti, que erró en la primera jornada, con el Osasuna. Pero el que se apoderó del esférico, como un niño enrabietado, fue El Arabi, empeñado en lanzar. Es el máximo realizador y parecía querer mejorar su marca. Los otros cedieron tras la escena fea y anárquica. Alcaraz parecía jurar en arameo. Allí fue el franco marroquí, que sí metió desde los once metros hace meses, frente al Athletic. Pero Caballero es cosa seria. Se lanzó hacia el lado correcto. Zanjó la reacción. Del tanto psicológico, al diván.
El descanso exigía rectificaciones y Alcaraz sacó a Buonanotte en la medular. Curiosamente, el menudo argentino sí fue aplaudido por el respetable, al que no le reprochan su salida de la entidad. Pero ese beneplácito tampoco actuó en demasía a su favor. El Granada jamás recuperó el trazo y sin posibilidades combinativas ni llegadas profundas, Buonanotte se desinfla. Pero el entrenador había hecho algo más que un segundo cambio. Su mejor saltador, Murillo, pasó a ser la lapa de Camacho en las acciones de diseño. De poco sirvió. En un lanzamiento desde la bandera, el colombiano arrasó al bigoleador, cometiendo un penalti que no derramó Amrabat.
Schuster, sembrado
Con 3-0, el pulso quedó menguado, aunque El Arabi lo intentara varias veces, sin tregua, aunque tardó demasiado en aliviarse ante un Willy que también escupió un remate de Iturra, que bien pudo desafinar la orquesta de viento. A Schuster le salieron bien hasta los cambios. Juanmi ingresó para consolidar más la ventaja, terminando de dilapidar el diferencial particular que tenía el Granada en caso de empate clasificatorio. Un fuera de juego mal tirado por la zaga fue suficiente para que el joven local hiciera añicos de nuevo a Roberto. En la vuelta de Ilori, pese a no ser de los peores del partido, vino una tremenda goleada.
El Arabi se pudo quitar el mal sabor de boca en la única gamba metida por Caballero. Sacó mal con la pierna, controló su paisano Buonanotte –con el que tiene una estrecha amistad forjada entre asados– y este filtró el balón para que el ‘nueve’ rojiblanco tuviera algo que festejar en una matinal lamentable.
A la hora de la verdad, los equipos de autor despegan. No importa el estilo, sino la sincronización entre proyecto y entrenador. Los que construyen otros a retales, aunque algunos sean para un futuro escaparate selecto, sufren como pocos los temblores de una competición que, al final, recrudece su exigencia. Entre los propios fallos de Alcaraz –que a su vez aceptó esta idiosincrasia al firmar–, las lesiones continuas de Piti, la ineficacia de algunos elementos estelares pero que se quedan en lo estético, y la falta de incorporaciones para un centro del campo que encima se debilitó en invierno tras la marcha de Yebda –pese a todos los debates–, el Granada se entromete en la contradicción. La tierra donde ya no sirve el exotismo o sobrevalorar. Donde vive el que soporta el hambre. Tierra quemada, de la que se sale con fútbol, rabia y solidaridad. Toda la que faltó en esas dos jugadas que pudieron cambiar el decorado. Hay tiempo, son dos victorias lo que probablemente queda, pero hay profundos aspectos que resolver, porque ya ni los aislamientos solucionan.

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