Portero espartano

Columna publicada en IDEAL.

Tumbado en la cama, en la insomne madrugada del domingo, el costillar algo dolorido y las manos entumecidas, con olor a pólvora todavía, Orestis Karnezis aún agitaba los brazos al aire, como quien detiene espadas persas en el Paso de las Termópilas. Pocos desconocen la leyenda espartana y menos un griego. Salir de la sombra de Roberto no le devolvió a la claridad. El cielo estaba lleno de flechas azulgrana. Él, como Leonidas, reía tras su escudo invulnerable, mientras las saetas zumbaban hasta clavarse una tras otra. Definitivamente, no había olvidado cuál es su oficio.

Una blocada gelatinosa ante el Alcorcón en la Copa despertó la duda sobre el llamado a defender el marco de su país en el Mundial, aunque en Granada permaneciera apocado. El repaso en Almería, donde actuó por otra lesión de su colega gallego, tampoco le aupó, pese a que detuvo bastante más de lo que entró en su red. Los meses transcurrían sin novedad, con su voto de silencio ante la situación. Ni siquiera recurrió al desahogo en medios helenos. Él aguardó consciente de que cada día tenía más complicado que le expidieran el billete a Brasil. La portería, lugar donde se censuran los experimentos, permanecía ocupada por un mito del granadinismo, aunque también tuviera errores y aciertos de hombre.
Una misión suicida se le planteaba a Karnezis. Cuando salió al calentamiento, la hinchada aplaudió con timidez. Devolvió el formulismo pero se aprestó a lo importante. Aceleró sus brazos como aspas, botó el esférico para ordenarle sumisión, comenzó a detener fuego amigo con disciplina. Aunque se vistió de naranja, para el Barcelona acabó convertido en limón. La frialdad del recibimiento se convirtió en oda por su extraordinaria capacidad para el vuelo rasante.
Los espartanos no querían canciones, relatos ni poemas sobre su temeraria y desigual confrontación con Jerjes. Solo deseaban algo más sencillo: que se les recordara por su valor. Será difícil olvidar el día que el Granada derrotó al Barcelona, 42 años después, sin rememorar las paradas de un griego que se merece acabar la temporada en un lugar digno, que premie su prudencia y, por supuesto, su calidad.

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