Al filo del desfiladero (Granada 0 – Rayo 3)

Crónica publicada en IDEAL.

Barrió el Rayo en el duelo de los modelos y le entregó el Granada el partido de los detalles, las líneas del relato que realmente dictan quien gana, no el que mece mejor el balón. Los de Paco Jémez en lo de acunar el esférico son insuperables, lo cual tiene un mérito tremendo para ser un club de desheredados, que se comportan con la dignidad de un lord inglés. El Rayo tiene un estilo bonito; el Granada, a Brahimi. En lo bueno y en lo mano, la idea del club y su juego se reflejan en el mediapunta franco argelino. Un talento natural sacado de una liga menor como pura inversión para el futuro negocio, que hace del equipo ante todo su escaparate. Virtuoso del regate, lo que regala tardes inolvidables, pero también le deriva al individualismo. Anárquico en demasiadas ocasiones y con muy poca pegada, en un conjunto que jamás ha sido la teórica suma de sus partes. Brahimi se imaginó ayer, por un momento, con su alegre imagen congelada en las primeras planas, como le pasó ante el Barcelona. Lo tuvo todo de cara para romper el equilibrio inicial justo tras el descanso. Despertó de ese sueño bajo una ducha helada, que recibió antes de tiempo, tras una expulsión que pareció un haraquiri. Truncó un encuentro que tenía anestesiado el Rayo, pero ni muchos menos decidido. Rubén había sido asaltado más veces que Karnezis hasta ese momento, pero la tormenta le cayó encima al griego después. La danza vallecana se hizo belicosa.
A Brahimi se le rompió el encanto de verse protagonista cuando el balón le desobedeció al llegar al área. Una jugarreta frecuente cuando no lo usa para driblar. Cabalgó salvaje desde el cajón en un movimiento inesperado entre la elegante coreografía madrileña. Iba directo hacia la meta, tras una larga carrera en la que combinó para Angulo, el colombiano centró hacia El Arabi y este, en un amago quizás no intencionado, dejó pasar el balón tras acaparar la atención, permitiendo que Brahimi entrara a placer en el área. Rubén estaba desubicado. Brahimi ya ideaba su celebración. Inclinó su cuerpo levemente a la izquierda. Chutó con demasiada vehemencia e intentando el ajuste, pero esa bola que hipnotiza cuando finta se suele reír de él en los disparos. Topó con el palo inesperadamente. Sonó a cristales rotos.
Un ruido funesto
Ese ruido desencadenó una serie de acontecimientos funestos que desorientaron a los rojiblancos y auparon al estiloso equipo de Jémez. Tres minutos después, Brahimi estaba en el vestuario, expulsado por un innecesario agarrón en el centro del campo, seguramente aún mascando su fallo anterior. 120 segundos tras ello, Saúl estrenó a los madrileños, de soberbio disparo desde la corona. Otro par de movimientos de la aguja más en el reloj depararon un fallo claro de Piti, que pasó a un lado ante el portero rival cuando pudo tirar a gol. Acto seguido, anotó Larrivey. A partir de entonces, la ruina más absoluta para los rojiblancos, con Alcaraz sacando delanteros para destapar el ya maltrecho centro del campo, donde Trashorras engulló al ‘trivote’. El Granada quedo retratado por el espíritu rebelde y la posesión abrumadora del Rayo, el del fútbol más admirable de Primera división a día de hoy. También, el más pobre.
El baile hipnótico de los vallecanos, siempre con el balón cosido al pie, aplacó a un Granada que no se caracteriza por su fiereza, aun en sugestionados ambientes propicios como el que supuso el lleno en Los Cármenes, aunque muchos en la grada acabaran más pendientes de pitar y se marcharan antes de la conclusión. Los madrileños tararearon una nana que se saben de memoria y que adormece al contrario hasta que aparece el malvado coco. En varios balones cruzados, con efectivos desmarques de ruptura, pudieron agrietar la efigie de Karnezis, aunque el heleno se mantuvo indemne en su santuario. Líneas adelantadas, presión y luego circulación, apertura y escapadas de la marca. El credo de Paco Jémez que se posó sobre el estadio, aunque sin concretar inicialmente.
La presencia del once excepcional del Granada no garantizó de arranque sensaciones agradables. Hay mucha sutura en ciertos jugadores. Aunque Recio y Fran Rico mantuvieron la actividad habitual, pero sin brillantez, a Murillo se le vio fallón, precipitado, quizás forzado en su recuperación. Ilori tapó los huecos de su compañero en todo momento. Piti intentó ‘traicionar’ a los que fueron sus compañeros con un disparo envenenado que mandó Rubén a córner. Luego con un pase combado para que El Arabi cabeceara mal. Pese a que está con una precaria condición física, el de Reus siempre esturrea picante en su bota. Su depósito no da para mucho, sin embargo. Al filo del descanso pudo agitar la coctelera en un intento de córner directo que ni coló él ni tampoco Fran Rico, listo al remache.
El primer tiempo se salpicó de tropezones, con abrumadora desaparición de gente que hace meses era crucial, como Iturra, que luego intentaría subsanar su horrible actuación corriendo como un pollo sin cabeza. El Arabi optó por la misma vía, aunque con frecuentes torpezas. Brahimi se escabulló de vez en cuando para recordar su maestría, pero siempre apareció algún rayista para rebañar las opciones. Enfrente había un juego coral y entre los horizontales, cabos sueltos.
Posible transformación
La salida del Granada tras el entreacto pregonó una posible transformación. Brahimi inició y culminó la mejor jugada local, pero el palo imantó su chut. El Arabi también pudo fraguar el gol en la misma secuencia, tras el rechace que supuso un nuevo envío a la cocina. Pero lo que ocurriría es la aparición de tremendas desdichas. Brahimi, que había sido amonestado por un absurdo rifirrafe con Gálvez en el primer tiempo, agarró a Falque en un contragolpe, al parecer inconsciente de que tenía una amarilla apuntada en el papel de Mateu Lahoz, que no tuvo clemencia. La roja descompuso a los locales, que cuando quisieron una reacción táctica ya se habían encontrado con el tremendo lanzamiento de Saúl, que premió el control rayista. Riki entró al campo y pudo equilibrar los acontecimientos cuando Piti trató de buscarle tras un robo de El Arabi en la presión. Pero Piti no está bien. En cualquier otro ruedo, habría disparado. Intentó que resolviera su compañero, e interceptó un defensa.
Larrivey no se anduvo con zarandajas en la otra vera. Cerró una sucesión de magníficos pases del Rayo para consumar el desastre. Lo que les eleva sobre el resto con orgullo es que siguieron igual. Apretando, tocando y buscando el gol, que no llegó hasta los últimos instantes porque Karnezis también contribuyó a evitarlo. Pero para retratar al Granada apareció Seba que, a pesar de su escasa estatura, pudo cabecear entre los espigados centrales rojiblancos el tercer gol de una escuadra que matemáticamente es de Primera, tras pasarse en el infierno media temporada y encajar 71 goles, pero mantener la convicción en una idea, defendida con valentía, aunque algo matizada a base de golpes.
Las cuentas del Granada son inciertas. Puede faltarle una victoria o un mero punto, según reaccione el resto. Las sensaciones son, en cualquier caso, preocupantes. Alarma el derrape incluso con el supuesto equipo de gala, aun tocado. Alcaraz se queda sin soluciones pero necesita sacar algún as si no quiere formar parte de un capítulo negro de la historia de un club que él sí siente. La crisis del modelo es otro debate, que ojalá se abra en Primera división.

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