Vuelve el Curro Romero nigeriano

Artículo publicado en IDEAL.

La épica y el fastidio conjugan en Ighalo, capaz de firmar capítulos memorables y asombrosos para pasarse luego eternos meses hibernando. Así es su naturaleza mística, que le une de alguna manera al venerado torero Curro Romero. Como el Faraón de Camas, divide a la parroquia entre acérrimos y detractores, aunque su lírica provoca constantes cambios de chaqueta de un bando a otro. Hay días tediosos en los que cunde la impaciencia cuando no se saben interpretar las señales del maestro. Pero cuando el duende se apodera de Ighalo, la faena es prodigiosa. Jamás es constante. No va con él. Los acontecimientos no se suceden como en una cascada, nunca resulta reiterativo durante un encuentro, pero sí obra instantes de precisión máxima. Se transforma en una estrella fugaz, que aparece de pronto, surca el cielo centelleando y se desvanece hasta otra ocasión, en un guiño que le permite renovar año tras año su préstamo por parte del Udinese. Pero en esa irrupción sorpresiva, en ese halo singular, ilumina la noche, silencia estadios, goza desde la confianza del que se siente bendecido. Alza los brazos en tributo a su Dios. Es el profeta del gol. El embrujo de Los Cármenes. Los volúmenes de su leyenda no caben ya en las estanterías.
El Granada se había insertado en la llamada ‘zona Cesarini’, el tiempo de prolongación durante el cual aquel antiguo delantero de la Juventus solía agudizar el ingenio para marcar tantos importantes. Un tramo poco productivo para los rojiblancos esta temporada, más bien triste, que han visto convertido en una fase de saqueo constante de los rivales en muchos partidos de mal fario. Pero no en Anoeta, justo el lugar donde habían festejado su última adquisición en el periodo extra. El curso pasado fue Recio quien acabó bajo la montonera de sus compañeros. Esta vez fue Ighalo, porque su colega malagueño sufrió los nervios finales desde el vestuario, expulsado con rigurosidad durante la segunda parte, por protestar con un «ya te vale» una posible mano de Íñigo Martínez en el área. Teixeira Vitienes compensó pronto y deparó un duelo de diez contra diez extenuante para todos.
Marcar en un alargue, con el valor determinante de un punto que deja a merced la salvación, era una cuenta pendiente para este conseguidor de sueños, que cuando más sospechas recaen sobre él, logra explotar su genio. Su idilio con los hados es tormentoso, pero sus reconciliaciones son fogosas. Recién llegado a Granada, en aquella Segunda B que casi se aprecia como un recuerdo borroso de blanco y negro desde la actual cúspide, Ighalo fraguó el primer ascenso con una diana en el partido de ida ante el Alcorcón. Valieron como el platino en el sufrido encuentro de vuelta en tierra madrileñas. El verano llegó y con este sus delirios de grandeza, su ansia de escalar rápido. Merodeó con su salida a otros clubes superiores, o al menos triunfar en Italia. Acabó regresando, con el rabo entre las piernas y un menor protagonismo en las alineaciones. Hasta que se lesionó el ‘pichichi’ Geijo y encadenó titularidades con rendimiento desigual.
El serpenteo de Elche
Muchas dudas acaparó su silueta el día que salió al Martínez Valero, en aquel cruento duelo ante el Elche, con 40.000 personas hostigando para su fracaso. En aquel tumulto, Ighalo olió la sangre y persiguió el rastro. Firmó la acción más recordada de la historia reciente rojiblanca. Aquel eterno serpenteó en la que burló al portero, a los defensas y a sus sombras. Su estatus de talismán quedó verificado.
Menos mención en los anales queda del doblete ante el Espanyol, ya en Primera, que a la postre significó la última victoria del Granada en aquel curso inaugural en la élite. Después tendría que esperar a la aparición de Falcao en Villarreal mientras el equipo se batía el cobre el Vallecas. Aquellos vestigios aportaron los últimos puntos.
La temporada pasada tuvo también bastantes minutos en las disputas, tanto con Anquela como con Lucas, pero sin tantas estridencias como en otras fechas, más anodino. El hecho de que al final la angustia se convirtiera en trámite quizás impidió que sacara algún conejo de la chistera. Tuvo algún problema físico que le apartó de los focos.
Pocos les esperaban ya en el tramo actual. Una lesión de rodilla le había dejado en barbecho durante muchas semanas y la situación límite a la que se iba abocando el equipo le dejaron pocos lapsos para la puesta a punto sobre el campo. Fue reclutado ante el Rayo Vallecano, pero ese día no encontró ningún antídoto.
Alcaraz se agarró a él cuando el tanto de Vela obligaba a su escuadra a un esfuerzo descomunal en los dos próximos partidos del campeonato. A esa altura, un punto se podía traducir en gloria bendita. Nació en las manos de Karnezis, que detuvo el enésimo tiro de la Real. El balón traficó hasta las botas de Piti, cuyo más pegajoso marcador era el propio cansancio. Entre nudos de asfixia, entregó el cuero a Foulquier, que lo acompasó hacia Murillo. En el momento de contacto, Ighalo estaba al acecho, pero en posición de fuera de juego. Levemente, por una garra.
Suficiencia
El esférico continuó del colombiano al nigeriano, que se giró para disparar con sutileza, más pifiado que preciso. Pero cuando la magia se le escapa por los cordones, Ighalo actúa con suficiencia macabra para el enemigo. Lo celebró como en que intuía el final de la película. Feliz, pero sereno, en medio del éxtasis grupal. Necesitaba el Granada sumar algo así para romper su bloqueo mental. Parece que el aroma cantábrico que emana de la playa de la Concha resulta terapéutico para este plantel. Ighalo escondía la ganzúa con la que abrir el candado y liberar a los suyos por fin, envidiosos de las reacciones del Getafe o el Almería, este mismo fin de semana. Goles en las prolongaciones, de los que inflan la moral. Los vecinos andaluces vienen crecidos a Los Cármenes tras vencer así al Betis, pero el estadio ya no será escenario para un implacable juicio sumarísimo contra los locales. Ahora miran a ese derbi de importancia capital con sumo respeto, como merece ese honrado adversario, pero con el optimismo refrescado por ese delantero del que no te puedes enamorar perdidamente si no le has odiado alguna vez.

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