Bella muerte

Pisando Charcos, en Ideal. 

Esta semana he recibido hasta algún pésame, como si ya lloráramos en el velatorio del Granada tras un año decadente. Pero si de verdad fuera así, ocurriría lo habitual ante un fallecimiento: todo serían elogios para el que yace bajo la mortaja. Habría homenaje sentido, menos en las redes sociales, donde los enmascarados aprovecharían siempre para ajustar cuentas, instalados en su cobarde anonimato. Allí donde la abundante decencia queda ahogada por esa ruidosa minoría con cierto hedor a alcantarilla.
La hecatombe se anuncia desde el domingo, fruto del lógico cabreo tras el deprimente partido ante el Almería. Pero conviene relativizar los acontecimientos. La amnesia se apodera de parte del entorno, olvidando de dónde se viene y sobre todo a dónde se caería: a una división que hace solo un lustro nos hubiera parecido ya un auténtico paraíso.
Muerto de asco, en realidad, estaba este club en Tercera, cuando insignes políticos e ilustres empresarios lo daban por amortizado y brotaron los equipos alternativos a la supuesta ruina. Los desaparecidos hoy son los sucedáneos. Crudo se vio todo cuando Mainz se resbaló en Alcorcón, agravado con el gol en contra de Íñigo López cuando era aún rival, que puso aquel pase por ingresar en Segunda división al borde del precipicio. Nefasto era el escenario de Elche, con la moral por los suelos los días previos tras errar dos penaltis y no pasar del 0-0 en Los Cármenes. Descorazonador se presentó lo de ir a Vallecas con múltiples bajas a disputar la permanencia. El gato rojiblanco siguió ileso, quemando vidas, pero con sus bigotes.
Perder la categoría sería un rotundo fracaso, pero no esa agonía que se pronostica, salvo que los actuales dirigentes abandonaran el barco, aun con sus errores y aciertos. Esto sí sería un marco de incertidumbre. Ya es un enorme castigo para ellos comprobar el rendimiento de su apuesta, pero tal vez una oportunidad más les permita dar un giro que parece necesario. Pero algo fenecerá seguro en el José Zorrilla. La estancia del Valladolid, la del Granada o la de los dos en la élite. Conviene mentalizarse para cualquier desenlace, aunque se aspire a un mínimo de honor incluso en la caída. La llamada ‘bella muerte’ de los relatos épicos, la que sucede en el campo de batalla. Sin retroceder, con valentía, afrontando el destino. Yo me conformaría con un partido normal, sin penaltis ni expulsiones, algo inexplicable para un equipo tan poco agresivo. Pero que esos cientos que pasarán horas de hastío en bus hasta Valladolid para ser minoría en la grada salgan de allí al menos desbordados en lágrimas. Si no de alegría, al menos de orgullo. La pena sí sería no haber podido sentir alguna vez todas estas emociones en la cumbre.

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