Un rebote de salvación (Valladolid 0 – Granada 1)

Crónica publicada en IDEAL.

A los ojos de muchos que aguardaban un funeral, el Granada se desnudó para mostrar los arañazos en la piel que recuerdan que ya es un veterano en triviales batallas como la de Valladolid. Que esa experiencia en días donde se disputa más la vida que la bolsa acaba siendo determinante. Ese equipo atormentado, de rostro triste, a menudo apático y con tendencia a la egolatría que extendió el pesimismo, quedó sometido por el rigor, el orden y la solidaridad que este club rescata en las grandes ocasiones. Cambian los colores, el escenario, el rival y hasta el objetivo, pero no la esencia coral de los ascensos. El trabajo colectivo, los movimientos gremiales, la ayuda y la entrega por conseguir la tercera permanencia consecutiva en Primera división se aunaron. Un gol de carambola se hizo de oro, aunque más que solo por fortuna, sucedió como una consecuencia de la bravura y astucia con la que el conjunto de Alcaraz se fajó en el José Zorrilla. Un entrenador que puso punto final así a su ciclo, el día que más se pareció el Granada a lo que, como mínimo, esperó siempre de sus hombres. Que fueran un bloque sin fisuras y que lo general absorbiera la dispersión. Que su idioma fuera el rojiblanco.
Dos señas distinguen la idiosincrasia de este club. Una es la tendencia al sufrimiento, al que empuja ese fatalismo natural del entorno, donde las expectativas se disparan sin considerar que el potencial es el de un modesto y los cimientos están todavía frescos tras tantos años en la ciénaga. No hay conquista del Granada que no se pague con sangre pero ese tributo se olvida pronto y algunos no caen en la realidad hasta que se rueda hacia el agujero. La otra seña es que cuando está más acorralada, esta escuadra reacciona. La amargura se mastica, el olor a napalm se capta en el ambiente y los rojiblancos, entonces sí, irrumpen con el cuajo del que ha sobrevivido a innumerables odiseas. Dependiendo de su propio esfuerzo ante un Valladolid que tenía que apelar al milagro en otros estadios, los de franjas horizontales cavaron su trinchera y fiaron su futuro a futbolistas con galones. No fue extraño que los únicos tres supervivientes de aquel salto de categoría en Elche estuvieran sobre el césped. Ellos llevan la historia grabada en su cuerpo, iluminan el camino a los demás.
Reverdecer laureles
Roberto defendió la portería con la frialdad del que se siente invulnerable, presto a detenerlo todo y marcar los tiempos. Mainz reverdeció laureles en una exhibición de achique de espacios, como hacia meses que no se le observaba, en una tarea en la que le secundó con agilidad Tiago Ilori. Nyom completó la terna de supervivientes del impulso a la élite que, junto a un ‘trivote’ laborioso y un ataque con el filo romo habitual pero intenso en las disputas, promulgó un final feliz para un curso indigesto, reconducido al final lejos de Los Cármenes, a distancia del hogar donde afloraron muchos nervios y demasiados tropezones.
El control de la situación pasaba más por el temple que por la habilidad. Supo el Granada madurar los acontecimientos, con un aguante tremendo en las iniciales oleadas pucelanas. En el fondo, la especulación actuaba a favor de los visitantes, pues el consumo de tiempo activó la desazón en la grada, que fue transmitida a unos jugadores acobardados ante el peso de los marcadores ajenos. La ansiedad se despertó entre los blanquivioletas, ante la coraza granadina, que soportaba cualquier espadazo.
Javi Guerra se aventuró a asustar a Roberto en un balón profundo, que impactó en el lateral de la red. El Granada integró su arsenal sobre todo en el balón parado, con un remate de Mainz tras una segunda jugada que eludió Jaime bajo palos. A este arquero, que defendió en su día la camiseta del Elche y que militó en el Granada 74, la presencia rojiblanca se le tiene que antojar como la de Freddy Krueger en Elm Street.
La sangre se le heló a los rojiblancos desplazados cuando vieron a Nyom despejar a su propio larguero en una acometida local. A la pantera le dio por reír, como Steve Urkel cuando cometía una trastada, que no tuvo mayor percance, pero inició la fase de mayor profundidad pucelana, con los rojiblancos achatados. Sorprendió un disparo de Jeffren ante el que voló Roberto, del que tuvo que reaccionar con un salto para atajar el esférico. No sería la última vez que retozaría con este, ajeno a las prisas. El gallego no tenía ningún azogue. Un corte providencial de Ilori algo después tras un mal despeje de Angulo abortó el empuje local. El nubarrón resultó pasajero.
La deriva se interrumpió con un baile de Brahimi por la derecha, que rebasó a su par con potencia y pasó hacia El Arabi en el área, incapaz este de controlar el esférico en la orientación, como si fuera un conejo. Marró un lance perfecto para adelantar a los suyos, uno de esos que dificultan la consagración de su esfuerzo en las cañerías. El marroquí es un chapuzas en lo bueno y en lo malo. Trabaja a deshoras, en cualquier situación, pero le luce poco por su parsimonia donde hay que ser mortífero. Reflejaba así los típicos males antes la red del Granada, que al menos mantuvo la compostura entre líneas, imperiales los centrales en todo momento.
El partido se abocaba a un descanso sin tantos, ambos conjuntos inocuos como pocos, pero entonces el Granada sacó un as de la manga. Una acción de pizarra, de esas que suelen conectar en los entrenamientos, con resultado devastador para el Pucela. Fran Rico y Piti se perfilaron para el disparo de una falta desde la esquina izquierda del área. Piti amagó con el tiro, pasó por encima de la bola fingiendo el despiste, para seguir avanzando lentamente, como el que abandona a hurtadillas la escena de un crimen. Rico se pronunció para el chut, pero el gallego, espabilado y con memoria de lo probado, tocó profundo para Piti, que inició un fugaz desmarque en pocos metros, hasta el fondo. El de Reus intentó trazar un centro pero con tanta fortuna que tocó en Mitrovic, quien despejó para la meta, con cierto suspense, pues el esférico entró por poco. Clos Gómez acertó de pleno, para alejar interpretaciones fantasmales. Por una vez, los de Alcaraz conquistaban un tanto de los que quiebran morales enemigas. Justo el día que más necesitados estaban de un golpe positivo del azar. Una carambola para la ilusión.
Los incidentes acaecidos en el Sadar, con la caída de una valla que interrumpió el partido de allí, propició un hecho inusual. El descanso se alargó hasta que todos los encuentros con algo en disputa por la salvación se reanudaran a la par. Un receso que duró prácticamente lo que un tiempo entero, aunque más prolongada y tediosa se hizo la segunda mitad para el Granada.
Con ese aroma de eliminatoria definitiva, Roberto vio cruzar balones por doquier por hierba y cielo, siempre atajando el peligro, bien por su pericia, la de los zagueros o por la ineficacia local. Ese fuego cruzado les pilló tras la muralla, pero con esa confianza absoluta que tienen en las grandes ocasiones.
La grada pucelana pasó del hastío a la animación cuando veía caer goles en otros campos, pero ningún resultado terminaba de motivarles. JIM apretó con todo lo que tenía en la despensa, pero Manucho estuvo torpe en una dejada de Rukavina. El tramo final incluso arrimó al Granada a la sentencia, pero Brahimi, en una espléndida acción driblando, pecó de ansioso una vez más ante Jaime, cuando tenía solo al incorporado Ighalo. Hasta el último día, Brahimi fue fiel a sí mismo, aunque auxiliara más que nunca.
Los rojiblancos dejaron escurrir la prolongación entre fingimientos y pausas, aunque el propio Ighalo también pudo castigar a su viejo ‘enemigo’ Jaime, tras un serpenteo con un tiro rotundo. Pero los goles no fueron necesarios. En cuanto la escuadra recobró la firmeza, eliminó errores de pardillos y optimizó sus presencias en vanguardia, abrazó la salvación. Llegó con una diana de rebote pero se fraguó en el oficio, algo que se echó de menos para no llegar al episodio final con cuentas pendientes.
Ahora comenzarán los balances. La incertidumbre de muchos jugadores y la ilusión que generen las inminentes tentativas. Una nueva etapa se acerca, otra vez en la élite, con un nuevo director de orquesta. Lucas Alcaraz, tras 55 partidos sin acabar jornada en descenso, sumando dos permanencias, con las prestigiosas derrotas al Madrid y al Barcelona en este tramo, aunque con un fútbol discutido y una preocupante recta final, abandona el club de su vida para dejar paso a otro. Con él, comenzará otra historia, aunque quizás la filosofía del club también tendrá que girar para otorgarle mayor responsabilidad. Pero hay aspectos que no deberían trastocarse nunca. Sobre todo, la resistencia al desastre que demuestran tener intacta en las veladas de infarto.

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