Recuerdos de la habitación verde

Con los Jofran viví mi primera gran experiencia periodística, aquella que propició que, al día siguiente de la emisión del programa, mi carnicero me escrutara como si mi cara aún de imberbe le sonara de algo más que de comprarle pechugas de pollo. Jofran es el acrónimo que une a José Mari Mora y Francis Hernández, ambos capitanes de un Granada sin vitola, en Tercera división, del que se argumentaba más con datos económicos que con rasgos de su fútbol, y en el que el equipo tenía tres modalidades para cobrar: tarde, mal o nunca. Desesperados ante los impagos, aquella plantilla rojiblanca decidió amotinarse en una sala de Los Cármenes, poco usada en aquellos años, pintada de un chillón color verde. Allí extendieron colchones para dormir y así protestar contra la situación a la que les había abocado la gestión del presidente Pedro Ruiz, nada que ver con el presentador de televisión. En un alarde técnico, en la televisión local en la que yo trabajaba, canal en manos de IDEAL entonces, organizamos una conexión nocturna en directo con aquella sala llena de jugadores desesperados, al tiempo que en el plató de nuestro programa de deportes el propio Ruiz exponía su versión de los hechos. A mí me tocó contagiarme de la rabia de aquellos chavales y distribuir el micrófono entre ellos. El careo fue explosivo entre unos y otros.
Recordaba lo ocurrido el lunes, en una velada mucho más gratificante, junto a los Jofran, que ahora se dedican a organizar eventos deportivos con jóvenes, como su ya clásico Campus Ciudad de Granada. Su deporte les llevó por diferentes caminos tras aquel curso abominable. José Mari acabaría un tiempo después en aquel Granada Atlético respaldado por empresarios locales, que pretendía aglutinar adeptos entre los pesimistas que daban por enfermo crónico al Granada de toda la vida. Se equivocaron. A Francis le tocó disfrutar el primer salto rojiblanco tras la debacle de precipitarse al último infierno: el ascenso a Segunda B. Jamás disiparé su imagen junto a la piña de celebración del segundo gol, culminado por Ramón, tras una mágica pared con su paisano y amigo Josemi. Francis lloraba como un crío al lado de la montonera, su mirada se perdía en el infinito, mientras el estadio parecía sostenerse sobre una falla sísmica.

Hoy, como empresarios, rememoran como testigos presenciales un pasado del Granada que no por ingrato, deja importantes enseñanzas. Tener presente aquello permite masticar con cordura los acontecimientos actuales. Por eso, cuando la gente desata ambiciones y ansía más, es positivo hacer inventario de estos años recientes. Dos ascensos, tres permanencias, el traspaso más caro de la historia, victorias con el Madrid y el Barcelona, una ciudad deportiva en ciernes. Sería de necios emponzoñar ese legado, aunque Quique Pina y su equipo hayan cometido algunos errores o el presidente incurra en actos de sinceridad que no siempre son bien comprendidos por el respetable. Toda esa reflexión elogiosa hacia una gestión con muchísimas luces y pocas sombras la hicimos con José Mari, Francis y otros muchos periodistas el pasado lunes, en una divertida cena, en la que llovieron las anécdotas. Sabiendo ya a mitad de semana la verdadera política de precios de los abonos, el borrón que más se le achacaba a Pina queda disuelto. Pero volverá a equivocarse alguna vez más, como es normal, aunque un traspié no puede convertirnos en amnésicos. Aquel presidente que provocó lo de la habitación verde está desaparecido, pero muchos de sus subalternos todavía pululan por ahí, dando encima lecciones de moral. Uno ya tiene la barba cerrada, salpicada por canas y hasta un crío que tira de ella jugando, pero no se me va lo de aquel cuartucho y los impresentables que agravaron la ruina, por acción u o omisión. A los Jofran, tampoco.

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