Las panteras devoran leones (Athletic 0 – Granada 1)

La crónica de IDEAL.

Los leones rugen pero las panteras himplan, un sonido menos estruendoso, casi discreto al principio, pero igual de amenazador cuando inician su ataque y sacan las garras. En la ‘Catedral’, dos jóvenes ejemplares contribuyeron a una profanación en toda regla, ante un Athletic que se dejó la identidad en el vestuario con tanto cambio en la alineación, peaje de disputar la Liga de Campeones. El Granada se afiló las uñas durante el primer tiempo, hasta dentellear al rey de la selva, que cuida su nueva y excelente guarida como si fuera una fortaleza medieval. Jhon Córdoba rompió las apuestas con una potencia atómica. Junto a Isaac Success formó una pareja diabólica para la zaga bilbaína, con graves problemas para detectar el rastro de estos chavales ante los que no podían sentir la mínima duda. Hasta un metrónomo como Iturraspe se permite a veces una torpeza que el delantero colombiano rubricó bajo la sotana de Gorka Iraizoz. El tanto refrendaba así a un Granada de presencia señorial, de ataques rápidos y celoso de su protección. Caparrós endosó a Yuste en el centro del campo y complicó el suministro local hacia Aduriz. Foulquier surgió en la izquierda con la misión de no permitirse un despiste con Susaeta. Esta vez aprobó, no como en Elche.
Si la salud de un ciclista se mide en los grandes puertos, no cabe duda de que el Granada está confirmando a golpe de pedal que es un contrario robusto para cualquier adversario de la Liga. Sin cambiar de piel, pues mantuvo el mismo sistema 4-4-2 de todos los comienzos de encuentro, Caparrós ha encontrado una fórmula de darle matices a su escuadra mediante la utilización astuta de distintos elementos. Nadie se asusta de ver pasar a un jugador de la suplencia al banco y viceversa, maniobra refrendada por resultados, que encima estimulan la competitividad en la mayoría de puestos. Si bien hay una estructura muy asentada. El trío de zagueros, compuesto por Nyom, Babin y Murillo, y el de centrocampistas, con Fran Rico en un impresionante momento de forma, más Piti y Rochina. A falta de una mayor actividad en ataque, ambos leyeron correctamente que su misión en este partido se inclinaba más a la limpieza que a la creación. Incluso el de Reus se sacrificó como pocas veces. Rochina aparcó el individualismo, ofreció vías de escape y entendió bien los movimientos de ruptura de los dos delanteros. El fondo de armario del Athletic quedó retratado.

Valverde infravaloró
Valverde quizás infravaloró al Granada, dejando a muchos futbolistas capitales fuera del césped. Cuando se quiso poner a rectificar, su equipo no solo perdía, sino que tenía perdido el paso. Hábilmente, consiguió alterar la situación, espoleado por una afición ruidosa, que sabe cuando apretar. Si la primera parte fue una exposición del plan perfecto de Caparrós, en la segunda prevaleció el corazón local.
Pero antes de llegar a ese tramo de angustia conviene recrearse en lo ocurrido en la primera parte, probablemente los momentos de mayor lucidez de los rojiblancos horizontales en toda la campaña. Caparrós ha conseguido que el equipo se sienta seguro atrás, sin renunciar a la incipiente presencia de dos delanteros que alternan ubicaciones y que son muy espabilados. El utrerano ha tutorizado con una implicación paternal el trabajo evolutivo tanto de Córdoba como de Success, sabiendo escoger el momento de activarles para la causa.
Que la temporada da minutos para todos se confirmó en el centro del campo, donde Iturra perdió una plaza que parecía haber recuperado en favor del anterior inquilino, Héctor Yuste, quien se pensaba que había cambiado de vagón, pero que de repente ha vuelto a la locomotora. El cartagenero por su altura tenía que transformarse en ese tercer central que asfixiara a Aduriz. A pesar de las premisas, el donostiarra tuvo un remate franco que resolvió Roberto con una estirada plástica.
Pero su homólogo en el otro arco tenía más preocupaciones que atender que el de Chantada. Gorka Iraizoz veía el fuego cruzado con el que Córdoba y Success enseñaron la pata. Aunque el gol llegó en una pifia de Iturraspe, podía haber acontecido en varias aventuras más.
El siguiente acto modificó los acontecimientos, que no el marcador. Valverde retiró al diminuto e inadvertido Unai López para pasar a la percusión con un segundo delantero, Borja Viguera. Caparrós no agotó ningún cambio en el reposo, señal de que por primera vez estaba plenamente feliz con lo que veía. Pero el Athletic comenzó entonces su asedio, con estridencia. El Granada se escapó solo dos veces del cerco, pero fueron acciones clarísimas. Tanto la de Success como una de Foulquier, en un contragolpe de manual, debieron acabar en la red, pero el meta del Athletic se sostuvo.
Entre tanto agobio, el Granada reclutó centrocampistas. Pero el entrenador primero tiró de un nuevo debutante. Eddy Silvestre salió para contrarrestar el influjo que desarrollaba Mikel Rico, refresco y auténtico agitador de un público enamorado de su derroche. Eddy no deslució, aunque todavía le falta cuajo. Se introdujo en las tareas de achique durante esos minutos que parecían años, salpicados de saques de esquina de cierta inquietud.
Caparrós siguió con el alicatado, dejando los costados para Juan Carlos y Fran Rico. Sin embargo, el hostigamiento del Athletic seguía y fue cuando el entrenador prefirió sacar a un delantero para eliminar más espacios. Aunque los servicios locales siguieron rondando la portería del Granada, el plantel actuó con oficio para retener tres puntos que colocan al club en una idílica posición, que no es un montaje fotográfico. Solo constata que en la entidad se están haciendo las cosas bien, pero que no conviene relajarse. Ahí está el Athletic, que concedió una parte entera y después rumió el fracaso. El rugido se aplacó mientras el Granada himpló con autoridad en ese nido de ensueño que es el nuevo San Mamés.

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