Una mano al cuello

La crónica en IDEAL.

Una mano al viento transformó el escenario perfecto para que el Granada rompiera por fin su maleficio en Málaga en una terrible pesadilla. El árbitro tuvo una controvertida interpretación de un balón que golpeó, de rebote, en el brazo de Iturra en el área, cuando el chileno se lanzó a ras de hierba para cortar un pase peligroso de los locales, que entonces ya actuaban con diez futbolistas por expulsión de Angeleri. Velasco Carballo, de hecho, indicó córner primero. Pero su asistente le sumió en la indecisión por el pinganillo. Ambos iniciaron una charla confusa de la que no podía salir nada bueno para los rojiblancos, a los que les cobraron un penalti que terminó por ser definitivo para sus intereses. Pero resumir el partido en esta determinante acción sería superficial. Hasta esa misma jugada venía de un contragolpe que no tenían que haber tolerado los de Caparrós, con superioridad numérica. De alguna manera, la injusta infracción castigó la elevada cicatería de su escuadra, que desenfundó muy pronto para luego acantonarse para dejar el mundo pasar sin más. Pero ocurrieron cosas muy malas. Con el empate y sobre todo con la ventaja de efectivos, abandonaron el monasterio para intentar vencer. Entonces pecaron de ingenuos y les devolvieron con la misma moneda. Con un repliegue tan asfixiante como el mostrado por el Granada antes.
El Arabi, tan dado a los gatillazos, sorprendió enchufando sin esperar a que nadie se acomodará, para encauzar un duelo en la Costa del Sol que al final acabaría con la misma imagen de tristeza en la subida por Las Pedrizas. Apenas se había pasado la frontera de los 40 segundos. Rochina sesteó hasta la corona del área, taladró a Kameni y este lanzó el esférico como el que se quita a una mosca del rostro. El Arabi le dio un susto de muerte. Que fuera instantáneo su gol no le quitó incertidumbre. De nuevo un larguero se cruzó en su camino, pero esta vez en lugar de ser obstáculo, como en el Camp Nou, hizo carambola para caer en la tronera. El golpeo fue manso, para no desmerecer a su autor, aunque sus celebraciones son siempre agresivas. Los Malaka Hinchas, acostumbrados a ver atacar al Málaga en dirección sur, se encontraron a un franco marroquí simulando descargar una ametralladora sobre esa habitual curva rojiblanca que tantos disgustos se ha llevado en La Rosaleda. Los que vienen ya saben que si no es a la entrada, será a la salida. Al menos fueron testigos de un partido de excepcional desgaste por parte del ariete, quien acude a todos los rescates y hace feliz a cualquier compañero en ataque pues asume los marrones.
Marcar tan pronto extrajo la pose más apocada del Granada. Si en San Mamés hubo que esperar al descanso para la escuadra se dedicara a rumiar lo conseguido, el toque de queda se prolongó durante el primer acto también. Quizás el recuerdo de Bilbao avivaba la creencia de que con fortalecer la muralla y esperar que sus atacantes pescaran algo en alguna pelota dividida bastaría. El Málaga, encima, parecía algo atolondrado en esos compases, buscando la brújula, amparado en la iniciativa de Amrabat, ese solista que de vez en cuando se da un chapuzón en la cara del árbitro.
En 25 minutos, Velasco Carballo mostró cuatro amarillas, en un partido sin brusquedades ni violencia, lo que provocó que el Granada no arriesgara en los forcejeos y decidiera que si robaba la posesión, sería por pura acumulación atrás.
Las aproximaciones malagueñas apenas ponían en aprietos a Roberto, por lo que el modelo Caparrós se recrudecía. No existió el poso tras la recuperación, sino el ataque acelerado y a veces con mucha precipitación. Jhon Córdoba y El Arabi tuvieron que buscarse las habichuelas que llovían del cielo. Piti y Rochina se esmeraron más como dobles laterales. No se había llegado al descanso y la fotografía asemejaba a una prórroga, con los locales en busca de la remontada, más que a un encuentro en curso con demasiado por disputarse.
La reanudación trajo un amago de atrevimiento en el Granada, con una salida en tromba, similar a la del arranque, que cerró Rochina con un tiro más blando que aquel que concluyó El Arabi en la diana. Piti por fin lanzó entre palos, inadvertido en lo que lleva de temporada, todavía en esa nebulosa que le evade. Ayer gozó de 90 minutos en los que ratificó que o el motor no le tira o sobrevivir tan lejos de la portería rival le destroza el alma.

La prudencia de Caparrós aumentó cuando decidió colocar a Sissoko de interior zurdo. Fichado como mediocentro, el pobre no va a tener ocasión de pisar su plaza fetén. El utrerano le quiso reconvertir a lateral y ahora le ve como extremo de ida y vuelta. Lamentablemente por ahora no es ni una cosa ni la otra.

En el otro bando, la historia fue diferente. Javi Gracia corroboró que los entrenadores ven a veces cosas que la grada no comprende. Por lo menos, esta vez le ganó la partida a la hinchada local. Decidió retirar al más activo del primer acto, Amrabat, con lo que le cayó un concierto de pitos, más el cabreo del propio jugador al llegar al banquillo. Pero Gracia tenía un plan en la cabeza. Con Samu Castillejo en el campo, su Málaga ganó en dinamismo entre líneas, antídoto perfecto a la robustez rojiblanca atrás. Roque Santa Cruz avisó a Roberto de que con gente flotando a su alrededor, él estaba dispuesto a superarle. No hubo un segundo aviso infructuoso. Un centro lateral que no atajó bien el portero, que se fue a cubrir a Juanmi, le llegó al paraguayo, que puso las tablas sobre la mesa. Quizás, el marcador con el que debió concluir el partido.
Caparrós entonces buscó frescura en ataque con su pantera en la sombra. Success tomó el testigo de Córdoba, que había desgastado bastante a los centrales blanquiazules. Angeleri, el más soluble, acabó cazándolo en una arrancada hacia Kameni que estuvo al filo de ser penalti. El defensa acabó expulsado. La falta no llegó a más porque Fran Rico buscó sorprender bajo la barrera, pero el 1-1, con más de un cuarto de hora por delante, propiciaba esperanzas rojiblancas de triunfo.
Fue entonces cuando se demostró la inconsistencia de un equipo poco acostumbrado a reclamar la atención con el balón, a construir con serenidad. Se fue con demasiada prisa a por una conquista para la que iban a venir ocasiones seguras. Se destapó el vestido de pronto y se le vio alguna vergüenza.
Fruto de ese ataque desbocado, llegó un contraataque fugaz del adversario, lo que más podía temer el preparador visitante. Salieron los malagueños como alma que lleva el diablo y se plantaron en pocos pero precisos toques en el área de Roberto. Iturra, desaforado, llegó por el suelo para intentar cortar un pase que tenía mucho veneno. Ahí se produjo el impacto que alteró los acontecimientos. Antunes materializó el penalti y entonces dejó los bártulos en manos de los rojiblancos.
Si trabajo les costó entonarse con el empate en el marcador, mucho peor fue la situación frenética que se puso en liza tras el 2-1. El Granada se fue arriba con un destino incierto, con puro corazón y alguna oportunidad bastante clara, como una que acabó en el palo por parte de Nyom. Sin más munición en el arsenal, Caparrós miró a Javi Márquez para sustituir precisamente al lateral franco camerunés, mandando a Foulquier a su banda natural y, en general, desatanco un caos ofensivo. La única vía de escape parecía el balón parado, pero ni por esas pudo romper el Granada su racha negativa.

Cuarta visita en Primera división a La Rosaleda y cuarta derrota. Esta no fue por goleada, pero sí con mucha polémica, con una mano cobrada contradiciendo la normativa que precisamente dieron a conocer los árbitros este verano. Pero debajo de la mano, hay un mundo tenebroso. Un partido no se puede dar por acabado en ataque a los 40 segundos. Luego vienen las prisas. Y los accidentes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *