De la espuela de Rochina al rejón de Manucho (Granada 0 – Rayo 1)

Crónica publicada en IDEAL.

Una espuela de Rochina que se fue al limbo inmersos ya en el tiempo extra del partido anticipó el desastre que se consumó con el rejón de Manucho, aquel que hace unos meses el Granada mandaba provisionalmente a Segunda división con el Real Valladolid. De una ocasión de hacer bueno un rácano planteamiento se pasó al ajusticiamiento local, justo en aquello que huele a cuerno quemado para Caparrós: la concesión de un contragolpe al contrario con empate en el marcador, como en Málaga. Mientras algunos pedían que el Rayo lanzara el balón fuera, pues Rochina estaba doliéndose en la medular tras un choque, los de Paco Jémez siguieron tocando con esa precisión tan plástica que deja a todos boquiabiertos. Nyom fue el que erró en la posibilidad de abortarlo. El esférico le cayó a Kakuta, que justificó el mote del ‘Zidane negro’ que porta desde Francia, con un pase delicado para que el melenudo delantero recién ingresado por Baptistao se resarciera de aquella tarde calurosa en Pucela.
El Rayo, que se había consumido tras entonar alguna poesía hermosa en el primer tiempo, se topaba con un triunfo en la prolongación que enterraba el deslucido encuentro de los rojiblancos, más pendientes del serrucho que de la batuta. Caparrós confirmó su revolución con un manto de pivotes repartidos por todos los puestos de la zona central, con misión de anestesiar el partido aunque fuera con jarabe de palo, hasta pasarse con la dosis por momentos. El prometedor Sulayman debutó al fin y cumplió al dedillo ese dictado rayano en la violencia, que rememoró aquel espíritu añejo de los Aguirre Suárez y Pedro Fernández, con el que se acuñó la leyenda negra del Granada más allá de Despeñaperros. Entre sopapos, solo había un conjunto que mecía el balón y buscaba desde la templanza las ocasiones de marcar. Eran los vallecanos, una escuadra de autor que este año ha cogido pronto el hilo de su osado técnico. Tras desmembrarse cada verano, la dirección deportiva de la franja ha reconstruido la plantilla bajo el gusto por la circulación deliciosa, a pique del exceso. Hasta Toño no elude la responsabilidad de ejercer de líbero, aunque nunca fuera espléndido con el pie. Presión constante en ataque, propensión por salir a ras de hierba, orden cuando es preciso y desmarques de ruptura que destilan un fútbol puro y sin especulación, aunque el despliegue se apagó en una segunda mitad donde los porteros parecía que escaparían sin rasguños. El terreno incierto donde esperaba pescar Caparrós, pero la pieza se la llevó su homólogo como más le gusta al utrerano. Galopando ante una zaga desordenada.
El primer susto lo dio Licá en el acto inicial, cuando ya se observaba la tendencia tenebrosa del duelo. A cada rato, un visitante caía al césped. Tregua para el Granada. Cuando se levantaban, la nana sonaba hasta adormecer la intensidad horizontal. Los locales se anclaron en su sector, ladrillo a ladrillo, achicando en los últimos metros para evitar la traca del Rayo. Con la defensa habitual, pero con Sulayman, Iturra, Sissoko y Fran Rico, estos dos en banda, distribuidos como cepos para el enemigo, el tiempo se consumía para que el plan maquiavélico de Caparrós se ejecutara. Limar el tacto del adversario para intentar asustarlo con balas de plata en la segunda mitad. Rochina era parte de esa fase dos, pero acabó defraudando sin remedio. Casi todas sus decisiones resultaron equivocadas, ansiosas, precipitadas. Cuando tuvo su momento de encontrar el éxtasis, sufrió un gatillazo.
Que la mejor ocasión rojiblanca viniera de la cabeza de Murillo y naciera de un saque de falta recalca la incapacidad ofensiva de un Granada en el que se le concedió la libertad demandada a Piti, pero que careció constantemente de socios. El Rayo sabía que tenía que hostigarle a él, capaz de filtrar opciones determinantes, y a Fran Rico, el motor de Los Cármenes, convertido en el tipo que hace más kilómetros, según esas simpáticas estadísticas que cuentan todo, menos el juego en sí. Con una amarilla en la matrícula, Sulayman se quedó en la caseta al descanso para que saliera Rochina, romo como nunca, tal que un trapecista sin equilibrio. A pesar de ello, el ímpetu local fue diferente tras el reposo, señal de que Caparrós había soplado alguna corneta, aunque no muy fuerte. Piti pudo erigirse en héroe desde su trono preferido, pero marró un disparo a la media vuelta. Rochina al menos podrá decir que provocó una entrada de Amaya por detrás que hubiera significado la segunda amarilla, pero el árbitro lo indultó.
La condición física es algo que se cuida mucho en este proyecto y en ella se basó el Granada para intentar agobiar a un Rayo que bajó su pulso en la construcción. Foulquier hizo algún roto por la izquierda, en esos despertares amenazantes que a veces tiene. Luego entra en ese letargo con el que le suelen pillar la espalda ante su ingenuidad. Sus facultades son desperdiciadas en la izquierda. Al otro lado, Nyom intentó aventuras para las que no está dotado. Le pone espíritu, pero cae en situaciones tragicómicas.
Antonio Amaya se convirtió en un rematador más de los rojiblancos, en otro corte tras una llegada por el costado. Poco más hubo, aunque al menos los balonazos desde la otra vera los recogió mejor El Arabi que Ortuño, del que no hubo noticias. Juan Carlos abrió el ala, pero tampoco voló lo suficiente.
Jémez detectó el cansancio de su tropa y fue adjudicando auxilios, con uno determinante en vanguardia. Manucho, que no se había estrenado todavía en el campeonato, dio un primer aviso con un tanto que fue anulado por fuera de juego. Parecía imposible que alguien iluminara el marcador, pero casi lo consigue Rochina con su tacón. Después, el Rayo hizo honor a su nombre y dejó una noche de perros en el estadio. Cuatro derrotas seguidas no se veían desde el 76. El curso del descenso.

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