El Madrid se zampa al Granada de postre (0-4)

Una novela de misterio se convierte en sublime cuando el asesino resulta ser el personaje más inesperado. Así es Murillo, la fiabilidad constante, el primero que contracturó la musculada anatomía interpuesta por Joaquín Caparrós, su recurso vigoroso ante el ballet de Ancelotti, acudiendo a los más atléticos de su plantilla. Cuando el utrerano quiso cambiar el gimnasio por el ágora, dando entrada a Javi Márquez y Rochina, la demolición continuó en el marcador pero al menos los rojiblancos salvaron algo su imagen, demostrando que el juego trenzado también existe en ciertos elementos de este grupo, que parecen expatriados.
A pesar de las cautelas que merece un rival fantástico y en estado de gracia como el Madrid, no se explica con coherencia que ante la falta de Fran Rico, sancionado, y Piti, lesionado, el técnico no acudiera de inicio a su único ‘cerebro’ disponible, Javi Márquez, aquel que decían que venía con sus bendiciones por coincidir en el Mallorca pero que solo está contando para hacer compañía en el banquillo. Con el catalán en el campo cayeron los mismos tantos que en el primer tiempo, pero se contemplaron las primeras rachas de fútbol en muchas semanas. Esto es el mayor brote verde hallado por un equipo que no marca en casa desde el 23 de agosto, que lleva seis partidos consecutivos sin vencer, que está pulverizando varias marcas negativas históricas en Primera, pero que al menos tiene el margen del tiempo para mejorar y el crédito de un entrenador prestigioso, aunque con dotes dramáticas en la sala de prensa, en la que pasó de hacer trizas una portada de periódico a pedir perdón por sus formas. Hasta esto pareció guionizado.
Pero todo empezó con un patinazo, en un césped que, pese a los retoques cosméticos, sigue pareciendo un prado, aunque reseco como si hubiera sequía pues no fue regado, quizás en atención a debilitar las opciones de combinación del Madrid. El traspié tuvo la autoría extraña de Murillo. Encalló al tratar de rebañar una conducción de Carvajal y, al intentar reponerse, el lateral del Madrid le echó el aliento encima y le pasó el abductor por la pierna de apoyo. Un desequilibrio vital para que cediera a la caída. El cafetero esperó auxilio del asistente, que consideró el toque como leve. Sissoko también giró su cuello hacia el del banderín en protesta. Cuando volvió a mirar al frente, Benzema ya había saciado la glotonería de Cristiano Ronaldo. Todo es tan rápido con los ayer de negro que si se pestañea te puedes perder detalles clave. En dos minutos, toda una semana estudiando cómo aguantar al Madrid se escurría por el sumidero.
Ver errar a Murillo fue el único giro de la trama con cierta sorpresa. El desenlace fue previsible, en una sobremesa en la que el campeón de Europa se zampó al Granada de postre. No chupeteó esa especie de polo de lima limón que formaban con sus indumentarias Casillas y Roberto, ambos capitanes, en la pose al saludarse, extravagancia que toleró el árbitro que, por lo demás, pasó bastante desapercibido. El Madrid descartó el hielo y degustó caviar a ratos, a pesar de que los locales no resultaron tan solubles como en el Camp Nou. El quinteto de ‘pivots’ de la NBA que poseían de medio campo en adelante le aportaron destreza en el rebote a los rojiblancos, aunque la primera anotación entre palos la tuvo Murillo en el minuto 34, en un disparo manso tras la enésima acción rechazada. La gente se entretenía más con los duelos entre Nyom y Ronaldo, siempre chispeantes, que ante cualquier reivindicación de los suyos.
Córdoba y Success se buscaron pero no se encontraron. El primero tuvo un lance para cubrirse de gloria. Pepe se llevó por delante a Ramos por error y el delantero se encontró solo escorado en el área. Como presa del miedo, se quedó tan pensativo que el central portugués llegó a la madriguera y le quitó el balón sin hacerle el truco o trato. Hasta ese momento, la zaga madridista tuvo una digestión tranquila. El granadino madridista se lo pasó pipa durante el primer acto. La cohabitación en el estadio emergió como más evidente que nunca. En un lugar donde se silba a El Arabi con más frecuencia de la deseable, se aplaudieron a todos los visitantes al ser sustituidos. Gesto de señorío, quizá, o probable pasión prioritaria sobre el equipo de la capital. El fruto de tantos años lejos de la élite, sin forjar un grueso de hinchas más amplio y estable.
Los rojiblancos creyeron potentes sus costados con la figura del doble lateral, pero las dos dianas que abrieron el partido nacieron en el costado. Si el tropiezo de Murillo hizo crujir la estructura, la desatención colectiva en un saque de banda se transformó en pura magia a la media hora. Benzema rozó con el exterior, taurino en todos sus gestos, y James convirtió el esférico en una bomba inteligente, que se combó sobre Roberto y dejó al Granada en la lona. Fue en la izquierda, pues la zona diestra se protegió mejor con Nyom y Foulquier, que intimidan y arremeten, con voluntad al menos. El lado zocato tenía a Juan Carlos, que pese a la coincidencia no estuvo tan desfigurado, y Sissoko, el tipo al que el entrenador se ha propuesto en convertir en estandarte.
Confianza
Si todos los futbolistas recibieran el mismo tacto, idéntica tolerancia ante sus errores, a lo mejor su rendimiento aumentaría. Pero gente como Rochina es de un idioma distinto. Muchos podrán recalcar el gol cantado que falló por enrocarse al definir. Pero para fallar ocasiones hay que tenerlas, o provocarlas. Sissoko apenas cuenta con un bagaje de un buen centro en tres partidos como interior zurdo, más un disparo cruzado que le cocinó el extremo de Sagunto. Pero ahí sigue Sissoko, impenitente, en el sitio que correspondería a otros por calidad, por pura designación del jefe del vestuario. Un futbolista de quite para la zona ancha, que parchea en el ala.
Son particulares las confianzas que deposita Caparrós. Eddy es de los pivotes con menos minutos, pero ha contado con apariciones nada menos que en San Mamés y en el Camp Nou. Ayer lo colocó ante las luces de neón, en un viaje vertiginoso para el muchacho, que tradujo las instrucciones igual que Sulayman hace un par de semanas: competir es pegar duro. Con una amarilla se hipotecó al descanso, durante el cual el míster tiró de su clásico comodín del cambio. Fue entonces cuando Márquez compareció. El misterio Márquez. En el entorno se llegó a decir que actuarían él y diez más. Que sería la prolongación de Caparrós, su mimado. Pero no solo carece de trato de favor, es que ni siquiera cuenta con el beneplácito el día que, por pura lógica, le tocaba tener su ocasión, a no ser que el entrenador hubiera preferido a Eddy en el caso de tener a Rico a disposición. Márquez en un rato, con la tolerancia de un Madrid más relajado, le quitó el polvo al Granada, lo puso a funcionar, consiguió que el barullo desapareciera. Goles se siguieron encajando, uno de Benzema y otro de James, pero Casillas también sufrió al fin. Contribuyó a ello El Arabi, único para bajar balones de la atmósfera. Rochina marró el de la honra, pero también dinamizó la vanguardia, de segundo delantero. Hasta Juan Carlos fue el puñal que tanto se esperaba.
Pero tal vez todo fue un espejismo y el sábado en Vigo, regrese la rutina, ante el revoltoso Celta. Si la potencia está fallando para «competir», como dice Caparrós, ¿por qué no apostar por los centrocampistas de buen trato? La respuesta a lo mejor se la lleva el viento, como los papelitos en los que quedó convertida la plana que ha tapado el debate táctico esta semana, que volverá por más teatrillos que se monten, si esto no termina de mejorar.

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