Un punto con dos caras (1-1)

Celta – Granada, la crónica.

El Granada tiene dos caras diferentes y ambas se observaron en Balaídos. Un rostro suda la gota gorda, mantiene el rictus de tensión, jamás bromea y porta un rapado militar. El otro, más anárquico, gasta un peinado más moderno, gusta de burlar al contrario y le genera sobresaltos, aunque tampoco culmine la conquista. El punto al menos se amoldó a lo que fueron los rojiblancos durante más tiempo: un puro ejercicio de auxilios atrás. Mediante constantes ayudas, el embalado Celta se trompicó. Pero hasta pudo morder la hierba con la agitación que volvieron a provocar los que ingresaron desde el banquillo. Con Rochina existe la certeza de que pueden ocurrir cosas ante la meta contraria, aunque la ansiedad le haga derrapar en el momento decisivo. Asociado con Success, que no fue titular por una molestias pero que dejó fútbol también sobre la hierba, y bajo la batuta de Márquez, un bendito socio para Fran Rico pero con el que coincide bien poco, los rojiblancos disfrutaron de unos meritorios diez minutos en los que pretender maniatar al Celta no parecía una misión imposible. Al final, la presa no solo se escapó, sino que pudo destruir el mérito defensivo, pero esta vez los Nolito y compañía no encontraron la rendija.
Si Caparrós consigue que todos los recursos que utilizó en la segunda mitad se impliquen en la comuna solidaria a la que aspira, quizás la efigie de piel arrugada y luchadora de este Granada militarizado enarque una sonrisa traviesa que proporcione mayores alegrías para seducir al gol. El utrerano esconde cada vez peor los motivos del ostracismo de algunos jugadores. Queda claro que hasta que no se graben su estilo a fuego, no se fía de ellos. Le da igual que sean a los que más talento se les adivina. Hasta que no acaten su dictado, seguirá gestionando sus cualidades según el momento, pero el himno del principio lo escucharán otros más dóciles.
Como en Málaga o Eibar, el Granada tuvo un inicial punto de efervescencia, durante el cual parecía que intentaría atosigar todo lo que pudiera la salida de balón del Celta, al tiempo que buscaba el despliegue. Pero el hostigamiento se fue aminorando y la falta de profundidad por las alas fue aculando poco a poco al equipo, sujetado solo a las acciones con el balón detenido. El regreso de Fran Rico trajo algo más de sentido a la maquinaria, aunque no halló con quién parlamentar durante el primer tiempo. Sus lanzamientos de estrategia también carecieron de precisión.
Más lío hubo en el área de Roberto, recibido como el enemigo público número uno, paradójico al pasar también por la casa celeste cuando era un chaval. El de Chantada protagonizó dos situaciones cómicas para la grada. Al cuarto de hora, en un saque en la frontera de su área, el balón se le escapó y se lo dejó tendido a Larrivey, cuyo lanzamiento trazó la trayectoria equivocada. Tras una buena respuesta a un disparo flojo de Nolito, tuvo que emplearse con firmeza y reflejos ante un cabezazo de Sergi Gómez en un córner. Acto seguido, lo rocambolesco.
Nyom cortó un balón que se orientó hacia Roberto y este lo cogió con las manos, seguro de que el toque no había sido deliberado por parte del lateral. Pero Estrada Fernández lo consideró como cesión, atrayendo aquel mal recuerdo del partido ante el Espanyol en Los Cármenes del curso pasado. Esta vez Orellana no precisó el golpeo como Lanzarote en su día, ni siquiera ante el rebote, pero el arquero gallego quedó amonestado por protestar e Iturra por intentar salir al acecho en la primera intentona de ejecución del libre indirecto. Orellana volvió a incidir al filo del descanso, al que se llegó sin avances destacados en los de rayas horizontales y casi provocándose el peligro ajeno.
Células aisladas
El ataque granadino funcionó como células aisladas. Activo pero sin canalizaciones anduvo El Arabi. Peleón pero obtuso Córdoba. Inanes tantos Foulquier y Sissoko, los pretorianos que el técnico ha reconvertido en sus extremos de salida, prestos más para el choque que para la imaginación. Lo de Sissoko ya es sonado, porque ni siquiera se le ven las férreas actitudes de apoyo a Juan Carlos que sí existen en la diestra. Cuesta designar sus virtudes.
Un buen termómetro de cómo está Caparrós al descanso lo establece si gira la rueda de cambios. No hubo variaciones, aunque la tónica se mantuvo en los primeros compases de la reanudación, sin que los celestes tradujeran su paulatino dominio. Roberto siguió en el foco de las incidencias, al sufrir un golpe que requirió la atención médica. No sería la última vez que se quejara, lo que acarreó una prolongación del partido de seis minutos.
El entrenador no trastocó los dorsales en el entreacto pero sí siete minutos después, con el concurso de Success tras una arrancada demasiado individualista de Córdoba. Un poco más tarde acopló a Rochina, mudando la delantera, dispuestos a romper con la timidez. A pique estuvieron de conseguirlo al superar la hora de partido, tras un prodigioso robo de Iturra que continuó con un pase profundo para Success. El nigeriano se escabulló del forcejeo de su par y divisó a Rochina sin marca y con espacio para el disparo fácil. Pero el de Sagunto parece bajo maleficio y volvió a errar ante una meta sin portero, esta vez pasado de decibelios. El sortilegio le duró en adelante, tanto en un intento de volea como en un mano a mano que enhebró desde el carril derecho. Todo lo hizo bien, salvo con la espada. Muchos se desesperarán con sus errores, pero una vez más se recalca que para fallar, aunque sea con el marco de cara, hay que ser capaz de estar en el sitio oportuno, de participar o crear el lance. Rochina puede equivocarse, pero es intrépido. Lo vuelve a intentar. Es un valor considerable en un conjunto inocuo.
La entrada de Márquez proporcionó el mayor periodo de estabilidad del encuentro. Se multiplicaron las imprecisiones del Celta y parecía que el Granada podía aspirar a algo más que un punto. Pero los vigueses se enchufaron de nuevo y pudieron tirar el esfuerzo visitante a la basura. Pero no fue así. Segundo empate consecutivo a domicilio para un Granada al que, pese a lo que diga Caparrós, no le viene mal el parón. Le dará plazo al técnico de intentar que convivan mejor las dos caras y que no solo se imponga la rocosa. La más leal.

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