El verdadero problema

  • Que Quique Pina maneja los mismos principios que Groucho Marx es algo notorio, no por gracioso sino por cambiantes. Es el mismo que comparó a Fabri con el eterno Alex Ferguson, que auguró que la hinchada alteraría la letra de la repetida canción de censura a Anquela o que pronosticó que con Alcaraz se acuñaría una filosofía por años. Tenía una aparente decisión inflexible, pero tiró de catálogo, como el del bigote de los famosos hermanos. Mientras tanto, un previsor verdugo afilaba la guillotina, conocedor de que la ratificación suele ser la antesala del cese. Esto no quiere decir que, a la hora de emitir este juicio, el presidente estuviera mintiendo. Seguramente esperaba que el respaldo supusiera una alquimia para mejorar la situación del equipo. Pero a veces las palabras no bastan. Como en casos precedentes, el entrenador también ha caído ahora, pese a la glorificación que el murciano hizo de él unos días antes de empatar con la Real Sociedad. Atendiendo al argumento de entonces, el que sustituya a Caparrós podrá hacerlo mejor o peor, pero jamás mejoraría al utrerano. Un visible capotazo, que llegó antes de clavar el estoque.
  • La gente se pregunta, y con razón, cómo los periodistas hemos podido decir que el matiz económico impedía la destitución del utrerano, que al final sí ha sido efectiva. Pero la cuestión tiene trampa. Lo que resultaba imposible era un despido fulminante, que abocara al pago íntegro de los emolumentos pendientes a dos años vista. Provocaría una severa parálisis económica de la entidad, al menos según la versión deslizada desde dentro. Con acuerdo aplazado, más o menos interesante en el cómputo absoluto para cada cartera según lo dé a conocer la directiva o los abogados de Caparrós, el Granada ha logrado ejercer la funesta alternativa. Este término solo se ha alcanzado cuando ambas partes se han visto en un callejón sin salida y todas se han rendido a la evidencia del fracaso. El máximo mandatario, por un lado, consciente de que solo con fichajes no podría mejorar la moral de un grupo de jugadores a la deriva, salvo renovación radical de la plantilla, inasumible en invierno. Caparrós, por otro, tras asumir su incapacidad para solucionar el entuerto sin faltar a sus conceptos básicos de juego, aceptando que el control del vestuario ya le superaba, rodeado de subordinados en franca oposición y sin fe en su discurso. El sevillano, más vanguardista en marketing que en aspiraciones futbolísticas, seguramente se convenció de que la erosión a su imagen de una inercia semejante le podría dejar en una débil situación de futuro. Si el Granada terminara bajando a Segunda, como le pasó tras su marcha al Mallorca, no constará su autoría en la consumación, un ligero maquillaje para su historial, aunque en la ciudad nadie se olvide jamás de uno de los grandes causantes de esta marejada, que el tiempo dirá si se puede reconducir.
  • Pendientes de comprobar quién será el nuevo jefe en el cartel, pues uno de los problemas de aplazar el cambio de rumbo es que cada vez quedan menos alternativas disponibles, y de la cantidad de voluntarios que serán reclutados para batallar en el campo representando al último de la Liga, después de las contrataciones de Lass y Robert, la oportunidad le llega a Joseba Aguado en el Vicente Calderón, elección transitoria para visitar nada menos que al vigente campeón de Liga. A él le toca la lidia mientras no cristalicen otras negociaciones, pues son pocos los que aceptarían el cargo sin una mínima garantía de continuidad en caso de conquista de un objetivo cada vez más complicado.
  • Caparrós ya es historia y el entorno suspira de alivio, tras la decepción para la mayoría que ha supuesto su etapa. Suscribirían aquella otra cita que le adjudicaban a Groucho. “Perdonen que no me levante”, que decían que adornaba su lápida. Pero aquel epitafio era falso, una leyenda urbana. Tanto como la supuesta confianza ciega de Pina en este técnico. En esto sí que no fue franco. Tanto, como que esta plantilla es la ruina que achacan los todavía adeptos del utrerano, aunque esto se comprobará pronto. Tanto, como que el problema del Granada sea su modestia. Hay muchos otros con un presupuesto tan bajo o menor que el de los rojiblancos.
  • La confusión del Granada está en su gestión. Lo mismo que ha saneado y llevado a la élite cuenta con fallos en su esencia que tendrán que paliar si no quiere repetir lo ocurrido. Si una nueva permanencia se consuma, harán bien en felicitarse por el enésimo apaño, pero la cúpula de mando no debería de olvidar la reflexión, de una vez por todas, acerca de qué configuración se ejerce. Una cosa es tener buen ojo en el mercado, revalorizar jóvenes de medio mundo, venderlos e intentar traer a otros mejores que, de la mano, lleven al club a cotas mejores, como lleva años haciendo el Sevilla, y otra es dejar que el vestuario carezca de un tronco estable, que lidere y sea importante sobre el césped y fuera. Saber a qué se juega, buscar a los actores adecuados para ello y manejar un lenguaje común, para que el sentimiento del futbolista no sea solo el de estar de paso. Da igual la nacionalidad, es algo mucho más profundo y que va más allá de traer una remesa de futbolistas o de sustituir siempre al entrenador. Se trata de reformular el modelo. Algo mucho más arraigado y complejo. El único elemento que jamás termina de evolucionar. Algo posible, con la humildad suficiente para la transformación. La suerte o el acierto echando más madera no serán eternas. Sobran más cosas del estrecho camarote que no son personas.