Locura

La lo­cu­ra es un ras­go que se des­pre­cia, aun­que en el fút­bol alum­bre mo­men­tos inol­vi­da­bles. En el fon­do, el que se de­ja lle­var por es­tos arre­ba­tos sor­pren­de por­que es ca­paz de en­he­brar ma­ra­vi­llas cuan­do a cual­quie­ra se le dis­pa­ra­ría el pul­so has­ta el co­lap­so. En es­ta ca­te­go­ría es­tán aque­llos que se atre­ven a lan­zar con un to­que su­til y com­ba­do, sua­ve y por el cen­tro, en una tan­da de pe­nal­tis de­ci­si­va. O Ig­ha­lo, por ti­rar de la pro­pia his­to­ria ro­ji­blan­ca, el día en el que bur­ló al por­te­ro, desoyó sil­bi­dos aje­nos, pro­gre­só sin pri­sa y en­frió el vol­cán de El­che, pa­ra de­jar gra­ba­do su nom­bre en un gol pa­ra la his­to­ria. Cual­quie­ra de no­so­tros ha­bría ti­ra­do apre­su­ra­do, al ver sa­lir a Jai­me. Él no, por eso es le­yen­da.
Los lo­cos no pue­den con­si­de­rar­se gen­te anó­ni­ma y se echan de me­nos en mo­men­tos de an­sie­dad. Que una plan­ti­lla es­té res­pon­sa­bi­li­za­da de la im­por­tan­cia de ga­nar par­ti­dos pa­ra man­te­ner la ca­te­go­ría no sig­ni­fi­ca que esa con­cien­cia se­ria sea el mé­to­do más ade­cua­do pa­ra al­can­zar el éxi­to. Es­ta exi­gen­cia ac­túa a me­nu­do en con­tra, dis­tan­cian­do a la per­so­na de su me­jor ver­sión por el pá­ni­co al fa­llo. Por to­do es­to, a ve­ces no son los más lea­les sino los más irre­ve­ren­tes los que con fre­cuen­cia sa­can las cas­ta­ñas del fue­go.
Las si­tua­cio­nes de alar­ma con­lle­van un efec­to mul­ti­pli­ca­dor en la in­ter­pre­ta­ción de las cau­sas del pro­ble­ma. Así se ge­ne­ran ob­se­sio­nes en torno al au­men­to de le­sio­na­dos, los de­sig­nios ar­bi­tra­les, la com­pren­sión del ca­len­da­rio o la preo­cu­pa­ción por las cuen­tas de los ri­va­les. Pe­ro en mo­men­tos de emer­gen­cia, lo más in­tere­san­te siem­pre es ob­ser­var den­tro. Que to­dos se mi­ren y es­qui­ven las ex­cu­sas. Pe­ro que son­rían, por­que no tie­ne na­da de ma­lo ha­cer­lo. Es im­po­si­ble tra­ba­jar bien si uno no es fe­liz con lo que ha­ce, si no es ca­paz de mo­ti­var­se pa­ra sa­car sus cua­li­da­des in­clu­so con el fi­lo de la gua­da­ña ace­chan­do. He aquí la im­por­tan­cia de esa gen­te que es ca­paz de ha­cer­le una mue­ca al desa­tino. Que pi­de el ba­lón e in­ten­ta un adorno in­ne­ce­sa­rio. Es de ellos de quien se pue­de es­pe­rar que lue­go con­quis­ten sue­ños im­po­si­bles. Son los que sa­len por la puer­ta gran­de o ter­mi­nan en la en­fer­me­ría. Vi­ven en el ex­tre­mo, so­bre el alam­bre. Los lo­cos se ne­ce­si­tan en es­te de­por­te y el Gra­na­da ha­ría bien en en­con­trar al­guno que po­se así en­tre su plan­ti­lla. Por­que la lo­cu­ra sue­le es­tar en­tron­ca­da con la ge­nia­li­dad.

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