Los héroes del ascenso

La ese final se les diluyó de la palabra ‘ascensos’, pues fueron dos consecutivos, en parte porque la puerta de los héroes no habría podido acoger así a Roberto, que aún no estaba en aquella tarde calurosa de Alcorcón, y porque, sobre todo, la historia de la fulgurante huida del Granada de la mediocridad se gestó sobre la sensación permanente de que la fortuna se desplomaría en cualquier momento, como amenazaba el cielo sobre las cabezas de los galos de la aldea de Asterix. Los corazones rojiblancos están forrados de adamantium, como el de Lobezno. Queda comprobado científicamente. Sólo así se puede deambular por unos acontecimientos que invitan con frecuencia al infarto.

Se coloca a menudo una pica en el Martínez Valero, el estadio de la consumación del resurgimiento. La nueva puerta del estadio, de hecho, alude sólo a ello. Pero realmente la cita angustiosa y de enorme desasosiego fue la de Alcorcón. Con un 2-0 acudía el Granada al Santo Domingo, tras sacar Ighalo uno de sus naipes bajo la manga y estampar su frente Iván Amaya en una pelota que transformó en un dron a la escuadra. Nada más iniciarse el segundo duelo, los rojiblancos arrancaron el protocolo del saque retrasando el esférico hasta Diego Mainz. Por entonces, el central mantenía intacta la insuperable fiabilidad de un Rolls Royce. De repente, se trastabilló como el que pisa una cáscara de plátano. David Sanz, un bigardo de 1,95 metros, cabalgó confiado para ametrallar a José Juan, el cancerbero del Granada entonces, de rostro imperturbable, como el de una esfinge. El balón siseó junto al palo como una avispa en el río, pero por la parte exterior, la que no concluye en la red.

Fue el anuncio de una tormenta perfecta. Ese día no hubo espacio para las pillerías de Ighalo, la velocidad de Benítez o la astucia de Collantes. Fue un ceremonial continuo de fusilamiento, pero a José Juan sólo le torcieron el gesto una vez ante el paredón. Evitó todo después, Tariq teatralizó sus lesiones para ganar tiempo, y la muchedumbre desplazada arrasó finalmente con el césped y las redes. Pina se partió la camisa y Fabri acabó con chistera, tal que un mago. El único impoluto, sereno como un budista, resultó Gianpaolo Pozzo, padre de Gino. Observó a Pina con el pecho depilado y sudoroso, le echó una media sonrisa, le palpó el hombro en gesto de afecto y le lanzó una frase definitoria: “ahora a celebrar y dentro de unos días, a pensar en un nuevo ascenso”.

El sufrimiento de llevar media vida pidiendo la hora al árbitro jamás se disipó ni en aquellos instantes brillantes, que incluso dejaban heridas de guerra, para mayor épica. Así estaba un año después Roberto, con el ojo todavía amoratado, como un boxeador acorralado en la esquina del ring entre ganchos implacables, cuando salió triunfal de la tanda de penaltis ante el Celta, que concedió la oportunidad de rivalizar con el Elche en el duelo final por alcanzar la Primera división. Iago Aspas, el ídolo vigués, le había pateado la cara en una acción fortuita en Balaídos unos días antes. Un estadio que fue el anhelo de juventud del arquero de Chantada, canterano celeste. El karma se cebó sobre su paisano. El delantero de Moaña marcó en aquella rueda desde el punto fatídico, pero una bravucona celebración le costó la roja. Desde el túnel contemplaría la justicia poética para Roberto. Michu envió al cielo su lanzamiento, el propio Roberto reclamó su turno en la lista con un disparo de francotirador y concluyó deteniendo el chut de Catalá, para que Los Cármenes coreara con grandeza una loa al ‘gato rosa’. No sería la última.

La memoria, selectiva y eufórica, suele borrar que Dani Benítez erró dos penas máximas durante aquellos minutos de juego, aunque luego sí anduviera fino en el carrusel decisivo. Circunstancia que le ocurrió a Abel Gómez, ya frente al Elche, unos días después, para deparar un inquietante 0-0 que agigantaba la presión. Los goles costaban jaquecas y el mejor rematador de ese curso, Geijo, estaba todavía fastidiado por una inoportuna lesión en el hombro. Fabri, unos días después, en la antesala de visitar la localidad ilicitana, se lamentaba en privado por la ausencia de su ariete y tener que jugársela con un delantero que le dio mucho en su día, pero al que veía sin munición, incluso ajeno a la exigencia creada. “Cómo hemos podido dar lugar a llegar a este partido sólo con Ighalo”, se quejaba al aire. No sabía que el nigeriano tiene guardia en las jornadas estelares. Que pide el micrófono, le señalan los focos y sacude su cadera con la presteza de Elvis, mientras es capaz de humillar al que le sigue con guantes, desmontar defensas y silenciar marabuntas ajenas.

Y después, el equipo se puso a defender. La fórmula que ha constituido la base de supervivencia del Granada, quizás hermanado aunque sin la fiereza añeja de cuando lucían la camiseta los Aguirre Suárez o Pedro Fernández. Protegiéndose, salió con galones de Alcorcón. Resguardándose, tocó la gloria en Elche. Soportando todo, gestó su triunfo ante el Real Madrid. Guarecido y con dosis de suerte, hizo bueno el tanto de Brahimi ante el Barcelona. Los capítulos dorados de la historia cercana, los que merecen enmarcarse, algunos ya adentrados en el ciclo en la élite.

Roberto, Mainz e Ighalo protagonizaron muchas de estas secuencias y por su larga estancia merecen salir en el gran mosaico que les honra, pero el que estuvo en todas fue Allan Nyom. Acantonado testigo en la banda derecha, donde nunca dejó crecer la hierba y opacó a cuanta estrella osó cruzar por allí. Expulsado en su debut, aclamado por ser el pulso de la grada con el tiempo, su garra. Vencedor ante cualquier detractor.

Roberto está en Lugo, la capital de su provincia natal. Ighalo y Nyom en el Watford, inscribiendo sus nombres también en los anales de otro club que germina en parte gracias a ellos. Sigue aquí Mainz, que descorrió la cortina esta semana y recibió los aplausos en nombre de todos. En nombre de tantos. De los que lo lucharon y de los que lo creyeron. Los héroes del ascenso, o de los ascensos, se calzaron botas de tacos, pero también agitaron bufandas al viento. A veces no basta con jugar, sino que hay que empujar, y los seguidores cumplieron siempre su misión. Hay que tener fe en mitad de la dificultad y en este caso, tanta desgracia ponía a prueba a cualquiera. Esa puerta reafirma a cuatro figuras indiscutibles, pero detrás se encuentran muchas más. Va por todos ellos. No sólo por los de corto, sino también por los que acuden y contemplan. Por los que se han unido y por los que nunca se fueron. La afición no necesita puertas. Todas son suyas.

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