El modelo vuelve a necesitar balas

De los 20 equipos que militan en Primera división, sólo hay cuatro cuyos principales accionistas sean extranjeros. La gestión de uno de ellos, el Espanyol, es aún complicada de evaluar, pues su nuevo presidente, el chino Chen Yansheng, acaba de desembarcar. Los otros son: el Valencia, con el empresario Peter Lim, nacido en Singapur, que se está gastando una fortuna, aunque el conjunto che no logró pasar de la primera fase en la Liga de Campeones y se adentra ahora por una irregular temporada en la Liga, lejos de la cabeza, con la afición de uñas, desencantada; el Málaga, con el catarí Abdullah ben Nasser Al Thani, que disfrutó de una magnífica etapa de esplendor inicial, para luego permanecer un largo trecho a un lado tras no fraguarse algunos intereses comerciales en la Costa del Sol, vendiendo paulatinamente a cualquier activo que destacara en la plantilla, aunque culpara a sus empleados del vaciado y ahora amague con anunciar una nueva etapa de gloria; y, por último, el Granada, bajo la responsabilidad, a través de testaferros, de Gino Pozzo, miembro de la familia que regenta el Udinese italiano desde hace años y que personalmente ha saltado a la lucrativa Premier League con el Watford.
Mientras que en los tres primeros casos los clubes militaban ya en la élite cuando establecieron los contactos, que interesaron a los vendedores bien por la posible solvencia económica que auguraban ante las deudas contraídas o por la posibilidad de un salto deportivo, el Granada es el único que partía desde lo bajo, con rémoras y fuera de las llamadas categorías profesionales. Pozzo detectó posibilidades donde nadie, ni locales ni foráneos, atisbaba más que escasas opciones de supervivencia. La progresión posterior es de sobra conocida, siempre bajo aportaciones del mecenas que otorgaban ventajas competitivas, dentro de su inabordable red de captación de jugadores. Sobre el papel hasta las cuatro permanencias, unidas a un proceso simultáneo de saneamiento, suenan a auténtica hazaña. Sin embargo, la sensación entre algunos aficionados no coincide precisamente con un estado de euforia en este lustro aún por culminar entre los mejores.
Lo que dio potencia en su momento, la mezcla de futbolistas de cualquier parte del mundo con atisbos de estrellato, es al mismo tiempo uno de los males que atenaza el despliegue como verdadero colectivo del Granada, con una idea y una esencia. Una selección de la plantilla de estas campañas podría disputar un puesto de competición europea seguramente, con Nolito, Ighalo, Brahimi o Siqueira. Pero los descartes en este plazo probablemente no se salvarían ni en Segunda división. Este contraste, escenificado con infinidad de contrataciones de todo pelaje, contribuye a la impresión de desarraigo con la tierra y de torre de Babel en el día a día, con campañas en las que la escuadra apenas se ha despegado de los tres últimos puestos, cuando no medra por ellos hasta casi la hora final. Vistosidad, muy poca.
Cada verano hay un ejercicio de reflexión entre el inversor y su dirección. El de este estío se alargó más de lo previsto. Según ambas partes, por la intención de subsanar las desviaciones que impedían el paso adelante. Pero en este ecuador, el Granada vuelve a estar donde suele, con necesidad de remiendos en invierno, verificando que varias apuestas no han dado la talla, con un técnico que trabaja a la desesperada por hallar soluciones tácticas y alineaciones ingeniosas con las que no verse en la calle.
Pasa el tiempo y el patrón se calca, con otros integrantes en el grupo y comandantes variopintos. Se sigue observando elementos interesantes y otros en franco declive. Los fiascos obligan a que tengan una importancia que ya les va superando. También reinciden en fichajes que apenas participan, o deficiencias en algunos puestos y abundancia en otros no tan necesarios.
Identificar el problema es sencillo. Falta eficiencia. La culpabilidad, no tanto. ¿Es Pozzo, si impone algunas cuotas y tuerce ciertas apetencias, con prisa en los traspasos? ¿Será Pina, y un criterio equivocado a la hora de juntar algunas piezas? ¿Patinará Cordero en su manera de negociar o de organizarse? Seguramente es una mezcla de todo.
Lo único claro es que el Granada se sume en otro enero con su técnico bajo cuestión y con ansia de variar piezas. El sábado puede haber un juicio sumarísimo para Sandoval, un escudo ante cierto sector del público, que no ha expresado tanta tensión hacia el entrenador como sí sobre un modelo que algunos dan por amortizado.
Que la entidad pueda cambiar de manos es una nube que sigue sobrevolando. De todo, sólo hay una certeza definida: Pina quiere quedarse en Granada. Dice a su entorno que es feliz aquí. Esto, en un momento dado, puede significar que busque ayudas, sin descartar algún convenio con Pozzo. Son especulaciones por ahora. Pese a todo lo que se dice, el transalpino sigue al corriente y en estos dos días lo ha revisado todo, como siempre. El futuro está abierto. El mercado para fortalecer al equipo, también.
En el vestuario, el foco de toxicidad sigue localizado. La cohesión está pendiente. Hasta han tenido que instaurar un régimen sancionador de lo más preciso, con multas por alterar el orden básico. Es una anécdota más, en una caseta donde Rubén Pérez cerró ayer filas, pero en la que siguen faltando entradas y también salidas, pues hay quien perturba y hasta lesiona.

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