Partido a partido, penalti a penalti

Granada 2 – Sporting 0

Este Granada ha mudado su piel y encara con gesto de resistencia el tramo cumbre de la temporada, cuando aparecen los achaques y los rivales se quedan cortados en la cuneta. No suelen ser buenos momentos para la poesía y sí para ejercicios marciales, en los que soportar el hambre, la deshidratación y hasta las perrerías. Crece la escuadra sobre unas bases de protección inquebrantables, que hacen tediosas las fases de tanteo de los partidos, pero de las que está obteniendo al final una rentabilidad magnífica. Al estadio ya no se viene al entretenimiento con conclusión frustrante. Se contemplan maniobras de supervivencia en pleno. La diversión, en las carpas con los malabaristas.
La escuadra de José González, pues ya lleva su enseña con claridad en el lomo, conquistó su segunda victoria sin despegarse del sufrimiento, rasgo genuino de la entidad, por otra parte. Aguantando golpes con orden si es necesario. Con tensiones por la espesura ofensiva, pues con tanto deseo de guarecerse ha brotado cierta timidez.
Para ganar, han de confluir varios factores. A veces, llegan las compensaciones a otras jornadas en las que el ojo arbitral bizqueó. Han llegado las veladas en las que hay que asumir que ocurren también designios muy benevolentes. Estrada Fernández anuló un gol al límite al Sporting de Gijón por fuera de juego (acertó) y luego cobró una pena máxima sobre David Barral, que forzó el gaditano a todas luces. A veces se contrata frescura en el mercado de invierno. Otras se ficha oficio. Aún no ha marcado, pero ya ha puesto en franquía un encuentro anudado.
Las credenciales de José González empapan al equipo. Las piezas se colocan en cada escaque y los movimientos colectivos se acompasan como en una ‘kata’. El celo por evitar daños ajenos se observa en que a los asturianos sólo les toleraron una ocasión de gol. Fue en un disparo de Mascarell que hizo carambola entre el larguero y el palo, ante el vuelo corto de Andrés Fernández, para acabar en los pies de Sanabria, que puso la conclusión, con el asistente alzando la bandera. Aguando su fiesta. El punta parecía en línea, aunque estaba ligeramente adelantado. Fue la única amenaza real a los locales, que llegó en plena segunda parte. Se esfumó.
Cuéllar tuvo mucha más faena, pero tuvo que ceder desde el punto fatídico, ante el especialista El Arabi. González, como Simeone, clama por el partido a partido, pero en el caso de los nazaríes tiene un corolario: penalti a penalti.
La prudencia condicionó la primera parte, como si calara la responsabilidad de la situación clasificatoria en ambos equipos. El Granada anticipaba un encuentro en el que la situación le obligaría a abrigar el balón y así discurrió el acto, entre sus complicaciones para tejer al ritmo deseado. El reflote defensivo ha mermado algo la intención ofensiva local, como si romper filas se convirtiera en una afrenta al nuevo ideario, sobre todo al principio. Success empezó a cuestionar las reservas de ambas formaciones, desequilibrando en sus incursiones por una orilla en la que se erigió en permanente amenaza. Potenció las subidas a toda mecha y provocó amarillas. Abelardo endilgó a su capitán, Lora, como interior derecho, probablemente por el temor que le suscitaba el nigeriano. También sacó la tarjeta de Mascarell. La locomotora de ébano cruzó siempre sin parar en la estación.
El Sporting tenía una réplica como velocista en Jony, quien tuvo una llegada rápida que concluyó cruzando un centro. Miguel Lopes le acordonó bien, apoyado por Rochina, que trata de convertirse en un elemento polifacético. Tiene que socorrer en la derecha y luego mover la batuta por el centro. Roles opuestos que le generaron algún cortocircuito. Es uno de los paganos del nuevo sistema, salvo cuando González le devuelve a la mediapunta. Esta vez, no fue el caso.
El ataque anduvo algo plano hasta el descanso. El Arabi buscó un cabeceo lejano que hizo que Cuéllar mostrara por primera vez sus guantes. El arquero estuvo blando de manos pero alejó el puñado de tiros que le caerían después. Primero se sacó un lanzamiento de Miguel Lopes con la zurda, cuyo rechace trató de pescar El Arabi, pero Luis Hernández se anticipó con la caña. Success le obligaría a otro esfuerzo en un contragolpe, remachado por Fran Rico desde la frontal, con Cuéllar de nuevo estirándose.
Rico fue la principal novedad del equipo y aunque aportó cierta claridad en algunas evoluciones, sigue pecando de pie manso cuando ejecuta acciones a balón parado, que a veces cuestan una respuesta indeseada por parte del rival. La fatiga le apareció al pasar la hora de partido. El técnico local lo detectó rápido y mandó a Rubén Pérez para el terreno, con el depósito intacto y ganas de reivindicarse.
Ricardo Costa, activo en el remate estratégico, pudo reclamar un penalti en un atropello de Cuéllar. Se quedó aparentemente noqueado, pero luego no tuvo problemas en dificultar el gol de Rochina en otro latigazo. Del Sporting en vanguardia, en el que figuraba en racha Carlos Castro, no hubo más incidencias que a balón parado, en un remate fuera de Luis Hernández.
Los de Abelardo pretendieron cimbrear el encuentro durante la segunda mitad, cuando llegó ese fogonazo que les escamoteó el asistente. El aviso despertó al Granada, todavía prudente, decaído en ataque, con Peñaranda desaparecido y El Arabi consumiéndose en las disputas divididas. Si Rubén Pérez atrajo luz a zona media, el ingreso de Barral dotó de experiencia a una vanguardia que necesitaba mucha astucia y algo de temple. Afrontando los avances desde la derecha, las ganas del punta encontraron el camino hacia la victoria en una zancadilla que él exageró y que puso el balón donde más le gusta a El Arabi: sobre el círculo gordo del área.
El Sporting quedó anestesiado y su entrenador se encendió ante el criterio arbitral. Estrada escuchó los sapos que le salían por la boca y le expulsó. Sin su líder, los ‘guajes’ quedaron a la deriva. Sergio Álvarez vio una segunda amarilla después y todo parecía concentrarse en si el Granada sería capaz de terminar con éxito algunos de los muchos contragolpes de los que disfrutó. Al final llegó la dicha para Success, tras un robo de Doucouré, descomunal todo el encuentro. Si algo se le puede reprochar a José Ramón Sandoval es no haberse percatado de inmediato del nivel del francés, una bestia para la zona medular, un lujo para un club como el Granada mientras le respete la salud. Con el baile de Success tras una diana algo atolondrada, a la afición se le quitó el nudo de la garganta. Hasta la prolongación, nadie pudo respirar hondo el frescor de la sierra. Las cosas son así con el Granada. Ya hay costumbre de sobra.

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