La esencia del éxito

Cuando el Granada cumplió 75 años, uno de sus directivos de entonces, Martín Domingo, recopiló en un libro una serie de relatos y vivencias con el equipo rojiblanco como marco. Tuve la oportunidad de participar en Pidiendo la hora, un título muy adecuado con la idiosincrasia del club, que no ha perdido vigencia. Mi historia, ficticia entonces, estaba dedicada a la peña Los Cármenes. Quién iba a pensar que algunos pasajes llegarían a ocurrir…

Una melodía conocida despertó a Maruja de su letargo. Había sido una noche inquieta, como todas aquellas que preceden a un partido. El aroma a aceite ardiendo se filtraba por la rendija que dejaba la ventana del dormitorio. El churrero había madrugado aun más y, como cada domingo, preparaba sus porras con mimo. El chocolate también hervía y rezumaba ese confortable olor, que abría el apetito y extraía de los sueños. Maruja abandonó el lecho dispuesta a arreglarse para su cita semanal. Tenía hambre. El desayuno esperaba. También su Granada.

La ceremonia arrancó con celeridad. El teléfono móvil, aquel aparato que le había sacado de las sábanas con su sintonía, volvía a sonar. De nuevo, el mismo tintineo. No sabía manejarlo con demasiada destreza, pero si se había preocupado de que su hijo le introdujera el himno de su equipo, los colores de su vida, el legado de su familia.

Rojiblanca. No de izquierdas ni de derechas. Ante todo, rojiblanca. Eso estaba calado en su alma y en su atuendo de cada domingo. La bufanda, el llavero, el chándal e, incluso, en meses del año más benévolos, la propia zamarra. Los colores rojiblancos formaban parte de su existencia, y con ellos se vestía el cuerpo y la memoria. La de Maruja y la de muchos de sus amigos. Aún inasequibles. Y fieles.

Pedro, Manolo y Diego, entre otros, la esperaban en la churrería del Zaidín. Allí siempre tenían su mesa reservada, en una esquina tranquila. La pregunta del propietario, con su mandil plagado de manchas, era la de siempre. Una cuestión que ya formaba parte del ritual dominical: ¿dónde juega hoy el Granada? La respuesta no se hacía esperar. Lo hacían al unísono. La sonrisa, educada y elegante, era mayúscula, pese a que por dentro se aunara una letanía de nostalgia, por tiempos muchos mejores. “En Alhaurín el Grande”, exclamaron, tragando algo de saliva amarga, sin esconder una indisoluble deshonra, ya de sobra asumida.

Con el estómago lleno, los petates repletos con bocadillos y bebidas para aderezar el regreso y algún que otro periódico que pasarse para conocer la alineación del equipo en ese día, los amigos se dirigieron a los aledaños de su particular coliseo, el Nuevo estadio de Los Cármenes. Ese moderno templo del fútbol que, por desgracia, sólo había presenciado debacles de su equipo. Hasta el momento.

El autobús ya estaba puesto en marcha. Su conductor aguardaba a que los pasajeros cogieran sus sitios. Gente mayor, mujeres y hombres, pero también algunos jóvenes, se incorporaron a sus asientos en procesión. La puerta se cerró con firmeza. Comenzaba el viaje a Málaga. Una travesía no demasiado larga y llevada con entusiasmo, en la que las buenas costumbres no se perdían. Nunca recordaban quién era el primero en arrancarse pero, al final, todos cantaban una y otra vez esos vítores y proclamas clásicos, ensalzando a ‘su’ Granada. Algún inspirado se había afanado entre semana en la creación de un nuevo tema, y trataba de que sus compañeros lo interpretaran constantemente, hasta memorizarlo. Maruja, mientras tanto, miraba por la ventana, absorta. Sus ojos se posaron en el monótono paisaje, pensativa. “Ojalá algún día volvamos a ser lo que éramos. Que no viajemos uno, ni dos autobuses. Que seamos veinte”, meditó en silencio.

Algo más de una hora más tarde, el autobús alcanzaba tierra de boquerones y solano. Mientras el conductor aparcaba en un descampado, Maruja y sus compañeros de peña comprobaban el exterior del campo donde, unos minutos después, sólo sonarían sus palmas y tambores. Cuco, pequeñito y sin glamour. Como casi todos los que les tocaban visitar de un tiempo a esta parte. Desde que el equipo tocó fondo y bajó a Tercera división. Aquella fecha en la que ellos, pese a todos los elementos adversos, decidieron seguir ahí, firmes y convencidos. A pesar de la sustanciosa deuda económica, de las tachuelas en el camino, o de los impresentables que ocuparan el trono presidencial que ellos tanto veneraban.

Entraron en la instalación. El silencio reinaba en el ambiente. Se apostaron en un lateral del campo buscando algo de comodidad y calor. Juntos, como si fueran sólo uno. En piña. La bandera rojiblanca se puso en alto y comenzó a ser ondeada. Los tambores arrancaron su percusión, frenándose rítmicamente ante un potente grito: “¡Graná…!”. Entre tanto fragor, once muchachos saltaron al terreno de juego. Portaban un distintivo en común, fácilmente reconocible para Maruja y los suyos. Una camiseta rojiblanca, de rayas horizontales. Aquella que, en sus distintas versiones, había uniformado a mitos de su juventud, como Porta, Vicente o Santi. Ahora arropaba a otros nombres, quizás con menos calado en su imaginario. “Y qué más da”, volvió a hablarle Maruja a su memoria. “Lo importante es el escudo”, sentenció, mientras se daba palmetazos a la altura del corazón.

El pitido inicial del árbitro apenas fue audible. Sólo se escuchaba a ellos, a la peña, a los rojiblancos, aunque en aficionados fueran minoría. Los oriundos les miraban. Muchos, con admiración y respeto. Otros, con sorna y desprecio. Ley del fútbol y de la ignorancia. El número ocho rojiblanco penetró por la banda derecha y colocó un centro al ariete. Su cabeceo había pasado rozando el poste. “Uyyy”, gritaron desde la grada, impregnada ya de la pasión por aquel deporte y aquel equipo, que le daba vida a sus corazones granadinos. Qué poco había faltado.

De repente, el número diez recibió el balón a unos 30 metros del área rival. Se dio la vuelta vertiginoso, con una finta magistral que había dejado seco y sin reacción a su marcador. Levantó la cabeza, se lo pensó poco. Soltó un trallazo que ni siquiera vio el guardameta local, y que se introdujo por la escuadra. ¡Era gol! El júbilo se desató mientras todos se ponían de pie para aplaudir. Maruja, bajita ella, trataba de ver entre el barullo.

Pero, de repente, entre empujones, alabanzas y éxtasis, algo pasó. Ya no estaba en Alhaurín el Grande. Los jugadores ahora se veían minúsculos, a enorme distancia de aquel anfiteatro en el que, por sorpresa, Maruja y su gente se encontraban aislados. El campo se había transformado en un magnífico templo. Una pradera de un verde luminoso. Aún observaba a los jugadores del Granada, a la distancia, abrazándose tras el gol. Pero también podía reconocer al portero rival. Su semblante estaba compungido, pero su rostro era inconfundible. Lo había visto miles de veces en televisión. Era Iker Casillas.

Sus ojos se abrieron como platos. La cabeza de Maruja rozó el colapso. ¿Estaría soñando? “Y, si así fuera, qué más da”, le habló otra vez su conciencia, satisfecha, en medio del festejo. El Santiago Bernabéu se unía a las palmas. Ya no estaban solos. Ya no eran los Últimos de Filipinas. El reducto fiel de algo que rozó la muerte, que estuvo enfermo terminal. No. Nunca más. Todo iba a cambiar al fin. Pedro, Manolo y Diego saltaban a su lado, mientras los de la majestuosa camiseta blanca agachaban la cabeza, humillados ante la rojiblanca. El Granada le había ganado al mejor equipo de la Historia en su propio hogar. Una pléyade de estrellas, las del Real Madrid, inclinaba la rodilla ante el ardor titánico del equipo de la orilla del Genil, a la sombra de la impertérrita Alhambra. Qué lejos quedaban ya de la cabeza de Maruja las visitas a campos inhóspitos, a los terrenos de albero, las catástrofes sin solución aparente. Sí, ese capítulo del libro rojiblanco había pasado. Se abría uno de fiesta eterna.

Pero, entre tanta algarabía, algo la distrajo. Una fragancia familiar penetró por su nariz, abocándola al recuerdo. Aceite hirviendo. Los churros chisporroteando en la enorme sartén. El aroma onírico que día a día le daba esperanzas y ganas de seguir adelante. Sin duda, la esencia del éxito.

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