Remontada del acorralado

XXX. Foto: Ramón L. Pérez
El Arabi hace el símbolo de la victoria. Foto: Ramón L. Pérez

Granada 3 – Las Palmas 2. Mi crónica.

Acorralado, desangrándose, con la cabeza gacha, listo para el descabello. Los Cármenes, 22,16 horas. El mercurio, hundido. Casi el Polo Norte. 0-2 en el marcador. Un acto fúnebre. Sorpresa general. Alivio repentino en Getafe, Gijón y en Vallecas. Sonrisa de oreja a oreja del genio Viera. Dos dianas, en el que pudo ser su hogar cuando era sólo un muchacho. Vulgaridad absoluta en la zaga nazarí. Demolición inminente. Y, de repente, Rubén Rochina Naixes. Lo revolvió todo. Salió la garra.
En una velada sumida en el desastre, el salvavidas fue el espíritu. No el fútbol, pues eso sólo lo compuso Las Palmas, un equipo coral e incansable. Fueron aquellos valores que impulsan a los seres humanos cuando todo parece rendido y sólo queda la fe para tenerse en pie. Rochina la tuvo. Porque no sólo tiene una calidad impresionante, sino un carácter a prueba de bombas. Mientras todos temblaban, él vibraba para pedir la pelota, encarar contrarios y reventar el esférico con sus lanzamientos. En la noche más oscura, fue una luminaria. Luego sacaría los dos córner que supondrían la primera remontada de la temporada. Qué momento tan escogido para alterar un resultado aciago por fin. El Granada es peor que un cigarrillo. No quita minutos de vida a sus aficionados, sino meses.
Alabó José González la subida de adrenalina que provocó la afición ante el Levante en su recibimiento y durante el encuentro. Pero esta vez tanto estímulo en la bienvenida acarreó un efecto antagónico, al parecer. Así es esta escuadra desde hace tiempo, un flan cuando más aprietan los suyos.
El Granada se abrumó de inicio, sobrepasado por la responsabilidad de los acontecimientos. Las canillas temblaron en cuanto Las Palmas se puso a marcar el compás. Los amarillos tienen a su Von Karajan. Jonathan Viera agita la batuta con maestría, aunque por momentos fue una varita mágica. Dio un recital, concentrado sobre todo en los primeros doce minutos. Aquellos que estrellaron a los rojiblancos ante el paredón, listos para el fusilamiento.
Doucs es humano
Su primer gol nació en un acción comprometida de Doucouré, el infalible ‘cíborg’ francés que de repente se humanizó, acongojado. Dejó un balón atrás expedito para que los canarios iniciaran un contragolpe frenético, que alcanzó a Viera ligeramente caído a la izquierda, tras un mal rechace de Miguel Lopes. Al luso no le dio tiempo a encimarle y esto fue un delito ante el demonio insular. Metió el pie abajo, con la derecha, y lo combó con elegancia a la escuadra. Andrés Fernández se quedó petrificado.
Rígidos como estacas, los locales parecían hipnotizados ante la danza de Las Palmas. Su impresionante movilidad en ataque aclaró pronto que no iban a regalar ni un segundo de asueto. Que competirían sin clemencia. Si el asunto había empezado con un mordisco tremendo, el dolor se agudizó de nuevo con el temple de Viera. Roque Mesa le elevó un pase que retrató otra vez a la defensa del Granada. Viera hizo de trilero ante Andrés Fernández, con un escorzo que le pilló a contrapié. El esférico se fue hacia un poste y entró, invalidando su referencia. Del sombrero de copa de Viera seguían saliendo conejos. La hinchada, furibunda, dejó de aplaudir. En menos de un cuarto de hora se habían resumido la infinidad de pifias colectivas que arrastran al equipo hacia la cola. Parecía el colofón.
Entonces Rochina se desencadenó desde la banda derecha, donde insiste en alojarle José González, una cabezonería inasequible. Condujo la bola haciendo equilibrismos y dispuso un cañonazo que anonadó a Raúl Lizoain. Recortar distancias en dos minutos fue una bendición.
Pero Las Palmas seguía a lo suyo, con su partitura impoluta, abrochando la pasión incipiente. En un error en un despeje de Biraghi hacia la frontal, Araujo alcanzó a rematar por dos veces. Uno lo alejó Andrés, repuesto tras las dos saetas de Viera. El otro lo salvó el larguero.
Los cables seguían pelados y los visitantes se aprovecharon para apoderarse de cada parcela de césped. Pero Rochina seguía liderando la resistencia y terminó de arrastrar a los suyos. Se fue junto al banderín a poner servicios. El primero acabó despejado pero el que vino de inmediato llevó marchamo dulce. Lo rozó Doucouré y lo encajó en la red El Arabi, que ya lleva quince tantos, doce en la segunda vuelta.
Las Palmas parecía manejarse al margen del resultado. Siempre atenta a la circulación, moldeando las acciones con tiento. Araujo malogró una nueva aproximación. Anduvo negado ante el marco. Mientras tanto, el Granada seguía intentando sacar rédito de su anarquía ofensiva, con algún tiro lejano y una buena oportunidad en un esférico mal repelido por Raúl Lizoain, que Rochina trató de embocar con la derecha, pero se topó con un bosque de piernas y el blocaje final del arquero.

Animado
Rochina seguía en éxtasis, envuelto en una aureola de divinidad. Otro trallazo obligó a la estirada del portero canario, mientras que Doucs probó también fortuna, pero quedó patente que lo de enfocar el tiro no es lo suyo.
El Granada alcanzó el descanso como quien encuentra con sed un oasis. Tenía muchas piezas que rearmar, pero González no tocó ninguna. Dos líneas de cuatro y dos vanguardistas, todo igual de encorsetado. Ante la baja de Success, se ansiaba el despertar de Peñaranda, pero el venezolano siguió atascado. Incluso fingió un penalti que le costó una amarilla. Mucho más peligro generó Araujo, sin acabar con rúbrica por las manoplas de Andrés Fernández, cambiando el dictamen de arranque del respetable.
Para añadir ingredientes a la indigesta salsa, hasta hubo un ‘gol fantasma’. En honor a la verdad, el esférico que empalmó El Arabi tras un envío de Miguel Lopes no llegó a superar la línea, por lo que González González acertó, como en todo el encuentro. No pudo haber queja arbitral alguna.
Mientras Rochina seguía intentándolo, al rescate, González insistió en el juego largo y profundo en medio del desfile ajeno. Metió a Barral, que se enchufó. Parecía una locomotora en la presión. En un contragolpe, surgió el córner que evaporó los lamentos. Camiseta fuera de Costa. Angustia mitigada.
No paró el mareo, alguna vuelta fatal en la que perdonó Las Palmas y hasta un fallo a puerta vacía de Doucs. Todo concluyó así y el himno anestesió con su estrofa paradigmática. «Hay que luchar para ganar, con fuerza y con valor». Qué ojo tuvo el letrista. En la agonía, el Granada se revuelve. Cuesta ajusticiarle. Con susto, su sentencia llegará al final. Esta insana pero adictiva costumbre. Su sino. Los milagros.

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