Calvario en el adiós al Calderón

Crónica del Atlético de Madrid 7 – Granada 1

Ruge el Vicente Calderón y su equipo engulle rivales sin paladearlos. Algunos con voracidad, como le ocurrió a un Granada impersonal en el reestreno de Lucas Alcaraz como técnico. Su orden táctico apenas duró un tiempo. Un espejismo. Marcó Isaac Cuenca y alimentó un efímero regocijo. Pero antes del descanso retumbaron los locales, en una mezcla de insistencia, error ajeno y suerte propia. Tras el reposo, su tercer tanto abrió a los nazaríes en canal. Cayeron siete. Se gustaron los colchoneros, en la última celebración del día de las peñas en el campo junto al río Manzanares. Ambientazo en la enésima visita del Granada a este estadio, donde jamás se impuso. Por algo vistió de luto. Intuían ya el velatorio.

Tiene faena el nuevo técnico, que se esmeró en remendar al conjunto pero no pudo elegir peor contrincante. Se ha embarcado en una cruzada sentimental en la que le queda todo por hacer. Hay problemas en todos los frentes. El principal es psicológico, pues ha de encontrar la palanca para desbloquear a unos futbolistas que están fundidos ante la situación arrastrada. La mejor polea es un triunfo, pero este era una quimera en este templo, donde Carrasco se relamió para servir un banquete sangriento. Fue una masacre y los minutos acordes del Granada durante una media hora quedarán difuminados en el recuerdo.
El azote ‘vírico’ de las convocatorias con las selecciones nacionales deparó una suerte de alineación nazarí con meros supervivientes al recargado parte médico. Defensa justa, medular forzosa y delantera intacta al menos, para medirse a los cuatro jinetes del apocalipsis que ordena Simeone en las tardes que prevé despachar como mera burocracia. De un tiempo a esta parte, el ‘Cholo’ esgrime arsenal en casa cuando se le aposentan rivales presumiblemente atornillados en su campo. Airea juntos a Carrasco, Correa, Griezmann y Gameiro para demoler cualquier muralla intrincada, consciente de que en su formación todos se maquillan ya con pinturas de guerra y puede permitirse la concesión ofensiva porque suele prevalecer el suficiente equilibrio, gravitando sobre un Koke cada vez más maduro, que ha completado la mudanza desde el costado al centro.
Así se auguraba la contienda entre unos rivales en las antípodas, hasta que el balón comenzó a rodar y relucieron en los visitantes ciertas nociones que ya han calado con el nuevo inquilino en el banquillo. Un equipo más armónico que achicó mejor los espacios, que obligó al adversario a desplazarse a las bandas. Tal formación inquietó a los locales, que se empezaron a precipitar en los envíos, mientras que el Granada se iba aferrando al esférico, a la espera de alguna captura golosa. El primer arreón lo protagonizó Pereira, interceptando un pase de Gabi que le valió para sacar una falta en la frontal, mal ejecutada por Lombán. A la siguiente, llegó la detonación sorpresa. El balón aterrizó en la derecha y de una nube de rechaces fue a posarse en las botas de Isaac Cuenca, que deslizó el bate y alucinó a Oblak, poco habituado a acudir al interior de su red. Lejos de excitarse aún, el Atlético se quedó algo impactado. Los de rayas horizontales templaron los acontecimientos con alguna secuencia larga en la posesión y hasta volvieron a asomarse en una incursión de Ponce ante Godín que tuvo que corregir Savic.
El Granada malgastó un puñado de córners mientras el Atlético trató de perforar por su banda derecha, donde Gabriel Silva achicaba sin el mejor auxilio por parte de Pereira. Lombán y Vezo, en principio compenetrados, escupían cada intentona de asedio, pero entonces se encadenaron los saques de esquina, una fuente placentera para el Atlético. Godín cuerpeó en posible falta a Lombán, pero el árbitro se hizo el longuis. Ochoa braceó con blandura y el balón acabó desparramado a unos palmos del punto de penalti, presto para el latigazo de Carrasco.
El mexicano es objeto de estudio desde que arrancó la Liga. Superlativo en el mano a mano, resulta gelatinoso en el resto de acciones, como si tuviera ángulos ciegos. Si todos sus partidos se salpicaban de algún error puntual, más o menos gravoso, ayer destapó el bote de las pifias. Su inseguridad se contagió, si bien el segundo tanto local contó con un rebote afortunado en Tito. Ochoa cedió justo al otro lado. Era el minuto 44. La escasa moral de los nazaríes quedaba hecha añicos.
Lo que vino después tuvo un tono gore. Con el Granada acorralado, parecía cuestión de tiempo que se rompiera su resistencia. Lo hizo Carrasco, para completar el ‘hat trick’. El puente levadizo se precipitó y los locales entraron a aniquilar enemigos sin misericordia. Entró Gaitán y en pocos instantes se apuntó una muesca. Alcaraz palidecía en su sector. Sacó a Uche y Barral con el fin de restablecer conexiones, pero los suyos cerraron por derribo.

Fue un festival para los parroquianos, maravillados por una escuadra que ahora alarga los marcadores y se desata en ataque. Gaitán quería aprovechar su oportunidad y encontró un segundo tanto, la ‘manita’. Luego vino el ‘set’, de Correa. Para rematar, el séptimo, de un rehabilitado Tiago. A pique del mambo. Hubiera sido ya la absoluta impotencia para cualquier seguidor rojiblanco horizontal. Todos llegaron de intercambios brillantes, pero que contaron con el beneplácito de un colectivo que bajó los brazos sin remisión. Con una dejadez lamentable.
Hasta del peor de los fracasos hay que extraer enseñanzas. La Liga es larga pero la situación es muy dura y pocas cosas invitan al optimismo. La sensación de zozobra se acrecienta tras visitar al líder del campeonato, pero lo único bueno del torneo es que los partidos se suceden en apenas una semana, a veces menos. Igual que no conviene recrearse de un éxito concreto, tampoco merece la pena fustigarse tras semejante desaguisado.
El Granada está obligado a levantarse por pura vergüenza profesional. Demostrar el sábado, ante el Sporting, un rival más terrenal, el deseo definitivo de querer aferrarse a esta categoría. Alcaraz ya advirtió de que les tendrán que salir llagas en la boca de tanto apretar el cuchillo. Que este viaje arriesgado y complejo lo emprenden unos, pero lo acabarán otros. Las alineaciones se irán depurando, pero lo que conviene sanear es la mente de todos. Arreglar la cabeza, competir por el corazón de una grada que sufre.

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