Un empate insustancial

Crónica del Granada 0 – Sporting 0.

Diluvió sobre Los Cármenes y arrastró al Granada un poco más hacia el sumidero que conduce a la Segunda división. Quedan leguas por recorrer, pero sin el mínimo pundonor es imposible. A día de hoy, es un equipo sin tacto ni emoción, desprendido de cualquier elegancia y muy lejos de la competitividad de la categoría. El terror cunde en sus venas y apenas hay brotes de fútbol, que emanan en efímeras sacudidas. En el partido que tenía que servir de palanca para la reacción, frente a un rival contemplativo que se conformaba con sumar lo mínimo como el Sporting, el Granada careció de arrestos y apenas se personó ante Cuéllar. El orden defensivo es una base para construir, pero los nazaríes están tan hundidos en la gruta que dejar la portería a cero por primera vez en el curso no consuela para nada. Hay que proponer mucho más para subsistir.

Los mensajes velados de Lucas Alcaraz hacían intuir ciertas cuitas en sus alineaciones venideras, con aquellos jugadores a los que no apreciara el compromiso óptimo en una causa difícil, como es la supervivencia en esta división en la que nadie perdona. Tipos de visible calidad individual para cualquier ojo pero no siempre puesta al servicio colectivo, a su parecer. Quizás a ello obedeciera la salida de la convocatoria final de Carcela y Boga. Sorprendió más la del belga, pues el francés ya venía ausentándose con Jémez del protagonismo. Carcela ha tenido detalles displicentes durante la semana de entrenamientos y tal vez por ello pagó con la grada. El técnico no negocia el esfuerzo, pero es probable que le toque ceder en adelante o bien convencer a quienes manejan el esférico con más destreza de que hay que entregarse a la empresa bajo cualquier circunstancia. Es lógico que quiera que todos tributen ante la disciplina de grupo, pero en todos los vestuarios coexisten las camaraderías con los egos. Quien consigue la plena convivencia de los que forman el gremio con los equilibristas solitarios, suele aunar resultados. Actuar con equilibrio es necesario para que se traslade autoridad, pero manejar la mano izquierda en ambientes revueltos es también muy importante. Tendrá que llegar antes o después, porque el cuadro ahora mismo no está sobrado de imaginación.

Al público le tocó ver una alineación de perfil guerrero, de desarrollo muy rígido durante ambos tiempos, con notables cautelas y demasiados puntos de torpeza. La defensa habitual con un dique de contención formado por Angban y Uche por delante, algo más suelto el nigeriano, pero deficitario en la inyección de pases letales. El armario quedó atrancado al menos. Isaac Cuenca se hartó de prodigarse por la derecha, tirando de repertorio para la ‘gambeta’, pero le costó separarse de la sombra de Lillo. Cuando lo hizo, sus centros volaron con descontrol. El catalán es uno de esos estajanovistas que lo da todo, pero está lejos de la purpurina.

La irrupción interesante la dispuso Kravets, que sentó a Alberto Bueno y apareció con frecuencia en el espacio libre, siempre muy vertical, incordiando al adversario. Dejó poso, pese a no marcar. Trató de conformar varios remates y peleó con denuedo por aumentar el peligro en el área de Cuéllar, que aunque no tuvo que atajar mucho lío entre palos sí capeó en la inquietud.

Ochoa no sufrió demasiado, a pesar de que Burgui buscaba poco a poco conectarse. En el otro sector intentó destaparse Pereira, pero incurrió en achaques egoístas absurdos. Malogró varios acercamientos interesantes. Tampoco Ponce, pese a su genuina pelea, estuvo lúcido en el ensamblaje. Se quedó fuera tras el entreacto.
El respeto rayano en miedo planeó sobre ambas escuadras, imbuidas ambas del temor de quedarse clavados en la zona de peligro, asustados por las urgencias. Los arqueros no sufrieron y apenas alguna disposición a balón parado generó algún murmullo en una grada que se fue poniendo nerviosa. El aumento de la compostura supuso residir sin fugas atrás, pero el punto bajo de presión y la falta de soltura en la vanguardia lastraron las acometidas hasta el descanso, que llegó tras un tiro altísimo de falta de Pereira. Nada con orientación a la red. Agarrotados los locales, bastante especuladores y pendientes de la rapidez los visitantes.

Tan pazguato andaba el equipo que Alcaraz localizó a Bueno enseguida para ingresarlo en la zona de nadie, sin bandera durante muchos minutos. Buscar un trampolín hacia Kravets, retirando a Ponce, demasiado fallón. Llegó tras ello la mejor oportunidad nazarí, en un saque de falta bastante lejano, próximo a la bocana de vestuarios. Kravets hizo un sutil movimiento de arrastre y apareció Vezo para cabecear con potencia. Cuéllar, con el pijama al principio, se desperezó con una estirada fantástica, que alejó el peligro.

Dieron los locales síntomas de mejora, como si alguien hubiera tocado la corneta. Se imponía el posicionamiento atrás y se agregó algún avance que podría alcanzar el optimismo, como en una carrera por la izquierda de Pereira con un chut duro que se fue algo desviado.

Pero todo se diluyó. Afinó Abelardo con la entrada de Nacho Cases, que le devolvió el balón al Sporting. Arrancaron una posesión contemplativa, jugueteando con la paciencia de los locales. Carlos Castro se lanzó en disputa con Lombán y porfió hasta llevarse el esférico, pero Ochoa sacó el extintor.

Desde entonces, la iniciativa dejó de ser nazarí, salpicada de errores en el pase impropios de la élite. Javi Márquez trató de aportar desplazamiento largo, pero sin la precisión esperada. Las tinieblas se fueron apoderando de un encuentro en el que el Granada fue incapaz de razonar ante la tensión. No tuvo ni una sola ocasión de anotar una diana. Centros laterales y una mera falta de Márquez, que rozó en el último cambio, Atzili, pero que atajó Cuéllar bien colocado.

No se pudo contabilizar mucho más, salvo un tiro flojo de los visitantes y una aventura personal de Kravets, sin duda quien más molestó a la zaga del Sporting, con un canterano como Juan Rodríguez, quien se doctoró con creces en una plaza angustiada. Aquí nunca han vencido los asturianos, pero no se deben ir especialmente disgustados del punto.

Incluso pudieron ser tres, durante la prolongación. Una pifia de las que no suelen perdonarle al Granada. El esférico surcó el área y ni Viguera ni Cop llegaron a disparar, cuando les pasó a palmos. Hubiera sido un rejonazo a la afición, que bastante tuvo con soportar la lluvia y una imagen cadavérica de los suyos. A la parroquia, pese a esos momentos de desesperación que algunos acompañan de silbidos, no se le puede reprochar nada ante lo que está contemplando.
El Granada se desangra y el entorno está metabolizando lo del posible descenso como una certeza. En manos de esta plantilla y cuerpo técnico está girar los acontecimientos y evitarlo. La dirección ya ha incurrido en suficientes desatinos, cuyo principio de resolución no pueden arrancarse hasta el mercado de invierno. Hasta entonces queda por ver si Alcaraz se ha embarcado en una odisea con final feliz o en un triste funeral. Llueve sobre mojado.

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