Una derrota de equipo

Crónica del Barcelona 1 – Granada 0

En una velada perezosa de la ‘MSN’, Rafinha volvió a ser el operario de guardia para irrumpir con una ‘tijera’ y cortar así la intrincada alambrada nazarí. Parecía el preludio de una invasión, en la que el Granada suele enarbolar la bandera blanca. Pero la valla apenas cedió un hueco y esto es relevante para los rojiblancos, tan necesitados de guarecerse del peligro. La herida fue cauterizando y quedó en una mera diana ante el actual campeón, que tuvo a sus estrellas de pícnic durante la semana y se hicieron los remolones con el paso de los minutos, pendientes de su cita en Manchester para la Liga de Campeones. Los nazaríes fueron a lo suyo, que era salir con pocos rasguños y al menos erguidos, por su propio pie. Lo consiguieron con un sistema novedoso que puede haber llegado para quedarse pero sobre todo con la disposición de quienes lo interpretaron con suma eficacia. Una tarea gremial.
Con Alcaraz, hay un plan. Puede cambiar la grafía del sistema, pero las nociones colectivas prevalecen y se van extendiendo durante más minutos. Es un viaje tormentoso en el que primero ha tenido que tapar las fugas, luego reunir a todos para remar en la misma dirección y probablemente tendrá un último paso cuando se desplieguen las velas en plenitud y se surque la mar embravecida evitando el naufragio precipitado. Cuanto antes llegue la evolución, mejor perspectiva habrá de la orilla, que hace unas semanas sólo aparecía en sueños y ahora sigue en la lejanía, bajo penumbra, pero ya no se cuestiona como una utopía.

La travesía requiere reclutar valor e incluir a todos los marineros, del primero hasta el último. Algunos futbolistas defenestrados al aterrizar Alcaraz, como Lombán, cada día mejor, y ahora Saunier o Toral, han quedado rehabilitados en la empresa, consciente el técnico de que donde haya dos manos, o dos pies en este caso, aparece una ayuda más para progresar juntos. Si aquellos que manejan un supuesto repertorio en ataque acaban deslumbrando, quizás la fragata no se hunda tan pronto como algunos auguraban desde su accidentada singladura. Queda tiempo y parece que se otean las agallas entre los grumetes. No es poco.

En una pradera reluciente, la espesura a los anfitriones sólo se puede levantar desde la táctica. Alcaraz ensambló un sistema de tres centrales que se moldearía según los acontecimientos. Como era previsible, los nazaríes se tuvieron que acantonar en su terreno, por lo que el esquema cogió forma de 5-4-1, con Vezo, Lombán y Saunier en el sector de evacuación, Cuenca dando auxilio en la derecha y Gabriel Silva por la izquierda. Uche hacía de parabrisas, contribuyendo a una celada que no sacó a los azulgranas de la abstención. Ochoa tuvo menos achaques de los previstos hasta el descanso, aunque Ter Stegen sí que estaba en la tumbona. Apenas se le visitó.
Quería el Granada aguardar como furtivos y asombrar a la carrera, pero no hay ningún clan de velocistas y todo se concentró en la inventiva de Pereira y Carcela, con Kravets en la diana. El ucraniano es como un oso. Amplio de envergadura, capaz de soltar las garras, pero incómodo progresando por el bosque. Fue la diana de cualquier envío largo, pero fue emboscado en el fuera de juego la mayoría de veces. En otras, entorpeció alguna estampida que puedo recolectar algo mejor.

Sin Busquets, los locales renunciaron a un faro que no navega en lugar de ellos, pero siempre les alumbra el camino y les salva en la noche. Hay partidos que se encaran con rutinaria apatía y el Barça, sin encender la mecha, mantiene el tipo pero aleja el ímpetu. De Messi se pudo esperar cualquier asomo, pero el argentino apenas le dio gas a su maquinaria.

Llegar sin sangre al descanso fue la premisa de la zaga visitante, donde Saunier congenió con el resto, alejando sospechas acerca de su nivel. Es un central razonable y con margen para ser aprovechado. Más dubitativo estuvo Vezo en una acción de salto, con Suárez dispuesto a devorar detrás. El uruguayo se entretuvo en la visita a Ochoa y el propio Vezo tuvo tiempo de rebañarle el balón y remediar el jaleo. El ‘Bota de Oro’ percutió poco después con un tiro desde la frontal que estiró a ‘Memo’, si mayor lamento. El mexicano conservó los guantes de herrero durante el primer tiempo y no se despistó en los saques de esquina y balones laterales.

El receso se alcanzó con un refrendo al plan granadino, intacto, aunque necesitado de algún ajuste ofensivo, pues Kravets malogró otro acercamiento. Pero lo que brotó fue la primera fisura. Messi arrancó la moto y sesteó hasta dar un pase que dejó correr Rafinha, para que Neymar asaeteara a Ochoa. Su envío rebotó en el poste, pero el esférico surcó el área magnetizado por los locales. Rafinha enarcó la ceja, pensó en la acrobacia, se giró en vuelo y remató de chilena, para su gloria. El centrocampista más goleador. Un meritorio con mucha clase.

La parroquia local se frotó las manos. Se intuía el desmoronamiento rojiblanco. Como pasó en el Calderón, sufrieron un tanto poco después de la reanudación. Pero aquí estuvo la metamorfosis. No torcieron el gesto. Las líneas recuperaron la distancia óptima y el terror al equívoco se esfumó. El Granada no llegó a tener una fase real de control, pero siguió sin grandes apuros.

Boga fue reclutado para intentar dañar a la espalda de Sergi Roberto. Otro que Alcaraz intenta sacar del tedio. Pero al francés le queda un mundo. Protagonizó la mejor llegada de la segunda mitad, derramada por su obsesión por la acción y el cierre personales.

Toral trató de capitanear alguna excursión, pero a veces falló el desmarque ajeno y otras en la combinación. Tanto tiempo sin disputar minutos le pasó factura y se retiró con problemas físicos. Salió Samper, la gente le ovacionó y él trató de ser ese metrónomo del que no ha habido rastro aún a la sombra de la Alhambra. Sus minutos fueron bastante decentes. Lo mismo hay reacción. Necesita cariño y paciencia.

Lo que no detuvo la aduana granadina lo escupió Ochoa, perfecto ante las intentonas aisladas de Neymar y Suárez. La entrada de Barral aportó agresividad al ataque. Incluso fue capaz de originar un contragolpe que obligó a Ter Stegen a demostrar que tenía guantes ante Cuenca. La derrota parecía inevitable y así fue, pero no fue bajo el sabor de la humillación. Se ensayó con fuego letal y deja enseñanzas interesantes para el futuro.

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