Iago Aspas golpea y el Granada dimite

HCrónica del Celta 3 – Granada 1.

La venganza perpetua mueve a Iago Aspas ante el Granada, al que volvió a devorar con inusitada gula. No hay enemigo que le sugestione mayor apetito al genio de Moaña, como si aquella herida del ascenso frustrado permaneciera sin cicatrizar desde hace más de un lustro. Aspas no olvida y se propuso castigar de nuevo a unos rojiblancos que llegaron con ropa limpia a una masacre. Dimitieron en bloque antes del descanso debido al empuje de uno de sus terrores.
Es un futbolista diferencial, intrépido, con ese punto de locura que a veces le lleva a la necedad. En Balaídos, su cuna, le saben soportar los deslices siempre, conscientes de que compensa de sobra. Es un hincha más con un talento descomunal para este deporte. Sacó del raíl al conjunto de Alcaraz cuando sus compañeros todavía sesteaban, pues su ambición de castigo se convierte en un motor indestructible. Les ha metido ocho tantos en once cruces. Un antagonista feroz, que se ensaña.
Los visitantes se quedaron persiguiendo sombras, atolondrados, con jaqueca. Sin reacción hasta el tramo final, cuando el propio relax celeste toleró varios contragolpes y algunos errores tontos, que permitieron amagar con la emoción tras el tanto de Kravets. Fue pura ficción. Cheikh terminó de pisotear al enfermo cuando creía salir de los cuidados intensivos.
Que Aspas es un superdotado para este juego, se sabe de sobra, coronado con su recién estrenada internacionalidad. Irradia tal energía que contagia al resto. Un arreón de talento le sirvió para desnudar a los nazaríes. Entraron en un estado de confusión que se prolongó hasta bien entrada la segunda parte. Una hora deambulando con parsimonia e impotencia.
Aspas marcó y asistió, aunque el Granada colaboró mucho con sus regalos. La temporada es un rosario de lamentos por los costosos errores atrás. Camina sobre muñones de tantos disparos al pie que se ha pegado este curso. La zaga de tres, que casi siempre es de cinco por el tono especulador de su propuesta de arranque, se construye con plastilina. Esta vez flaqueó más Vezo, horrible en el primer acto, pero el resto tampoco alegó motivos para el resurgir. Cualquier roce dejaba cadáveres sobre el césped. Aspas les cortó la cabellera y también una oportunidad estupenda para que el Granada recortara diferencias con quienes le anteceden en la tabla de clasificación. Todo al limbo. Un relato repetitivo. Decrépito.
En un partido insípido de los celestes, en el que emergía poco a poco el Granada pese a la decepción que vendría, Aspas se encargó de descoser a la defensa nazarí, que sólo tuvo fachada. Se empezó a hundir por el sector de Vezo, quien retornó a la alineación tras el parón en Valencia. Como si el corte de ritmo le hubiera fastidiado, el luso se derritió tras una fallo morrocotudo, impropio de la categoría, que destrozó la quietud y metió a la escuadra en las galeras, rendidos por el latigazo del gallego.
No hubo remedio porque los rojiblancos se quedaron sin aire. Todo se desplomó y nadie clamó algo como respuesta. La cadencia triste del centro del campo se extendió por cualquier sector. Uche y Samper mezclaron fatal, Pereira no dribla ya a nadie y Carcela cedió a la pasividad tras varias intentonas en las que le pudieron hacer alguna falta. Sólo el gélido temperamento del ucraniano Kravets mantuvo al delantero al margen, centrado en cosechar lo que le concediera el partido. Rebate, decide, huye al espacio y lo intenta siempre que puede, pero estuvo demasiado aislado, hasta ese lapso decoroso que llegó, como siempre, cuando el Granada se olvidó de su meta y se concentró sólo en la del adversario.
Alcaraz, que vio el partido en una cabina al estar sancionado, comprobó que sus variantes no impidieron que el Celta les triturara. El único cambio a subrayar como acertado fue el de Foulquier, que tras llevar dos meses sin competir se mantuvo firme los 90 minutos y aportó algunas subidas con ímpetu. Tabanou resultó efervescente, superado por la responsabilidad de dominar todo el flanco zurdo, hasta evadirse. Fue el lugar desde donde partió Aspas hasta un nuevo episodio de gloria.
Hasta el minuto 22, el Granada tuvo pulso. Fiel a su sistema, agarró el compás y trazó algún acercamiento, aunque sin muchos reparos para Rubén Blanco. Pero Aspas empezó a olfatear la sangre. Arremetió con el balón pegado y la defensa se desplazó en grupo a cazarle. El del pelado extravagante centró raso y fuerte, pero Vezo estaba ahí, para interceptar. Su despeje errado dejó el esférico rodando por el área, sin etiqueta, lejos de Ochoa, con Saunier y Lombán estáticos. Aspas tuvo el don de intuir el fiasco y reaccionó para golpear con furia. A bocajarro.
No hay peor plan que la duda y en este contexto el Celta intentó buscar pases largos en busca de fracturas ajenas. Así llegó otra diana que terminó de fulminar a los de rayas horizontales. Aspas asomó por la izquierda, filtró un pase para el veloz Bongonda y este rebasó a Vezo para cruzar un disparo letal.
Lo terrible para los de fuera estuvo en su incapacidad para reinventarse. Ante la falta de movilidad, Alcaraz sacrificó al desaparecido Pereira por Atzili, que tampoco es que despertara la ilusión. Aspas seguía con su frenético ventilador, estando a punto de salir a hombros si le llega a meter una vaselina a Ochoa desde 35 metros, que terminó escupiendo el larguero.
El castigo continuó y el tercer gol celeste parecía la consecuencia obvia. No surgía más recurso que el balón en largo de Ochoa. Alcaraz se acordó de Bueno y prescindió de Tabanou, para acumular mayor valor ofensivo por el centro. Con una construcción tan flaca, la remontada seguía improbable.
Tocó quemar más munición con Ponce por Uche, para apenas dejar al débil Samper en el eje. Con el argentino sí hubo algo más de frescura. En una carrera propia, encontró a Kravets inclinado a la izquierda, que se supo perfilar para el disparo pero no apuntó bien.
El delantero del Granada sacó una dosis extra de gasolina para comprometer al contrario. Minutos locos. Ponce y Kravets intercambiaron papeles y el primero fue el que tuvo su oportunidad. Algún premio merecía el hombre del este y lo recolectó en el 86, porfiando con Cabral, que se enredó. No encontraron nada mejor, más allá de un centro duro de Carcela. Señé respondió ante Ochoa, que hizo otro milagro, pero que ya no pudo en el añadido con Cheikh, con la defensa clavada. La vida sigue a cinco puntos, pero el carácter se fue a Plutón de una patada. La dio Aspas, con muchas ganas.

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