Incomparecencia en el Bernabéu

  • Crónica del Real Madrid 5 – Granada 0

La propiedad del Granada y sus ejecutivos han de dar un puñetazo en la mesa porque lo de ayer, aunque previsible, fue el enésimo aviso a navegantes para batallas en otros mares menos arbolados. Deben reaccionar. Cambiar las cosas. Gastar. Sacar dinero de donde sea. Transformar un plantel que no da la talla y que tiene el domingo la gran prueba para su supervivencia. Si no, será un lento suicidio hasta el descenso.
Han de dar un golpe de mano tan fuerte y duro como el que, con cinco dedos afilados, rugosos y muy blancos, de uñas doradas, desfiguró pronto el rostro de un Granada que, de sepulcral luto, supuestamente se presentó en el Santiago Bernabéu a la hora del almuerzo, pero que desconocía que le invitaban como bocado principal. Uno sin mucha carne, pero sí el práctico entremés para un enemigo hambriento, al que le sobran muelas.
Hay constancia visual de la estancia sobre el verde de los habituales rojiblancos, pero no acaba de estar claro que bajo esos cuerpos, que deambularon con el escudo a rastras, habitaran las almas de quienes deberían de haberse resistido a la fatalidad. Se achicaron hasta ser meras figuras espectrales, que no prestaban atención ni con una ouija. Un paródico ejército de las mismas tinieblas que persiguieron a los incautos granadinos que subieron por carretera a la capital, con el sano deseo de que no sea la última vez en tiempo que su escuadra acuda el coliseo de La Castellana. Aunque sin niebla en el recinto, otearon desde la distancia del más elevado anfiteatro que sus miedosos muchachos tenían la misma configuración militar que un puñado de liliputienses.
Hay serias dudas de que a la mayoría de los elegidos por Lucas Alcaraz, tan resignado como los de la grada, les corriera sangre. Que se reconociera un número decente de futbolistas de élite entre los que le quedaron para seleccionar. Su plan ante las muchas bajas resultó un sudoku. El equipo tiene lo justo y sin contrataciones, todo parece una farsa. La masacre acabó siendo inevitable. Era el Real Madrid, claro, pero no tenía por qué notarse tanto. Regalarle más de un gol y dispararle a puerta en el minuto 89 por primera vez.
Seguro que alguno deseó que suspendieran la cita tras la emotiva exhibición del cuarto Balón de Oro de Cristiano. Más que por la redundante exhibición de su legado, por las figuras que le rodearon, con mitos como Ronaldo Nazario, Figo, Owen, el propio Zinedine Zidane y el veterano Raymond Kopa, de 85 primaveras, que bien pudo actuar unos minutos, junto a Gento, sin apenas desentonar. No tenía que moverse mucho para lucirse.
El público podía haberse conformado con un homenaje tan señero. Lo que llegó después más que un festín del campeón del mundo, que también, fue una auténtica carnicería a unos nazaríes que no dieron la talla ni de ‘sparring’. Lo mismo hasta sin fuerza para pedir al final el intercambio de camisetas… Bueno, para eso seguro que algo quedó.
En las categorías modestas, la incomparecencia se solía castigar con un 0-3 en contra. Les habría salido a cuenta. Pero a nadie se le ocurriría recurrir a una argucia tan estúpida. Al menos, el grupo podía haber disimulado un poco que estaban deseando pirarse. Quizás no fue adrede. Una conducción de Samper, trabado por Isco aunque sin llegar a hacerle falta, facilitó a los 12 minutos la primera dentellada. El malagueño progresó, se asoció con Benzema y culminó, para postularse en la carrera de fortuna que dirime con otros talentos.
Bendita competición que tiene Zidane, que sin grandes discursos ha articulado un conjunto temible, con más de once protagonistas, que iguala el récord de 39 partidos invictos que enorgullecía al eterno rival y que vio que Benzema y CR7 siguen siendo una pesadilla para el Granada. Vicandi Garrido, un árbitro con el que los de rayas horizontales no habían perdido esta temporada, concedió la segunda diana del ariete galo en fuera de juego.
Tras ello, el Madrid apabulló. Sacó todo su repertorio y ridiculizó a algunos. Tito perdió el eje mil veces ante Marcelo, quien dio la asistencia del tercero. Sin Saunier, la zaga dio lástima. Un mal despeje de Lombán permitió a Modric progresar y servir el cuarto a Isco, para elevar su candidatura.
Con cuatro se fue al descanso el Granada el día que se le castigó con un 9-1 en Chamartín. Algo hizo la bronca del entreacto para frenar el asunto, aunque es cierto que el Madrid regresó apaciguado. Dio tiempo a ver un gol más, de estrategia, servido por el renacido James al cumplidor Casemiro, premio para el obrero. Alcaraz más que refrescos, buscó evitar estupideces. Retiró a Uche con amarilla y sacó a Tabanou, absurdo de extremo, tras dar dos violentos estacazos que le abocaban a la expulsión. Pereira se entregó, pero creyó mal que conduciendo entre enemigos salvaba el decoro.
El meneo no dio para más. Ni se prolongó más allá del 90. Piedad para los feligreses que tenían que volver a casa. Sufrir el insomnio, incorporarse al tedioso trabajo y mentalizarse para el domingo. Han de animar a una panda que no tendrá excusa. Demostrarán de qué pasta están hechos. La misma que han de soltar ya desde China si quieren optar a salvarse. Abrir el puño.

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