Huele a chamusquina

Crónica del Granada 1 – Osasuna 1

El olor es nauseabundo. Es lo que emana de este Granada fétido. No fue ante el líder esta vez, sino con el colista. Todo se impregna de un humo sospechoso. Una cortina tupida bajo la que se oculta un proyecto tocado en sus preliminares. Con un propietario potentado que, hasta la fecha, sólo ha demostrado tener cocodrilos en el bolsillo, tras gastarse 37 ‘kilos’ en hacer más rico a Gino Pozzo y quedarse con una carcasa que llenaron de material inflamable. Mera pólvora china. Pirotecnia y márketing para entretener un rato.
Debajo de la cúpula prefabricada, se observa chamusquina. La ira de la hinchada tiene más argumentos que nunca. En el día que tocaba lucir orgullo para agarrarse a la categoría, la mayoría sobre el césped demostró no estar a la altura de la misma. Pedir la dimisión de la directiva es un mensaje funesto, aunque esto tiene un dueño. Llegará la fecha para que más de uno asuma responsabilidades.
En el fútbol puede haber más o menos talento, más o menos suerte, más o menos físico. Pero la entrega no se puede negociar. Mucho menos ante el público propio. Ya fuera por falta de piernas o por la sugestión deprimente de una situación crispada, este equipo corroboró que quien le coloca como candidato claro al descenso tiene muchos visos de acertar. Hay bien poco donde agarrarse y los fichajes siguen en el limbo por ahora.
La parálisis en la firma de contrataciones delata un cortocircuito entre los mandos intermedios, que han de perfilar las llegadas, y los designios de John Jiang, obligado a aflojar la cartera. Las bajas aseguradas por la Copa de África de Angban y sobre todo de Carcela, uno de los pocos con clase, invitaban a acelerar los movimientos en el mercado de enero, máxime ante la tensión clasificatoria. Pero los jerarcas han dado lugar a afrontar un duelo decisivo sin mejores alientos. Esto se paga muy caro. El dudoso carácter competitivo de la mayoría de integrantes del grupo ha contribuido a hacinar a la escuadra, incapaz de aprovechar una jornada propicia, aunque el empate, visto lo visto, es lo mejor que le podía pasar, tras un fallo a puerta vacía de Sergio León en el alargue.
El Granada tenía al último delante. Sólo el Valencia había triunfado entre los que conviven abajo. El Leganés empató el sábado y el Sporting, que actuó en horario simultáneo, iba perdiendo desde muy pronto en El Molinón. Pero un idéntico quebranto se sufrió en Los Cármenes. En la primera acción consistente en el ataque del Osasuna, Oriol Riera precintó el sector.
Todo nació de una falta que no fue, señalada a Pereira en terreno ajeno. Ni esto sirve de excusa. El despiste en el flanco izquierdo de la zaga fue gigantesco. Alcaraz se equivocó enrolando a Rubén Vezo como central zurdo, quizás pretendiendo que Lombán diera mejor salida desde su perfil natural. Resultó un fiasco. El asturiano no afinó en la elaboración. Lo del luso sencillamente rozó el ridículo. Fue relevado ya en el segundo tiempo, tras su enésimo desatino. Los problemas físicos de Saunier han hecho añicos la composición del preparador granadino. Tabanou, devuelto al lateral ante las molestias de Gabriel Silva, no ayudó demasiado. Su falta de garbo arrancó la hostilidad de la parroquia.
En su descargo puede decir, para el anecdotario, que sacó el primer disparo a puerta del acto inicial para los rojiblancos. En el minuto 31. Una declaración elocuente de lo que estaba ocurriendo. La impotencia. Después, el francés de pelo platino –mismo tinte que Vezo– se intentó vaciar. Derramó todos los centros con los que los locales trataron de bombardear en el tiempo definitivo.
El marcador arrastró hacia el nerviosismo y sólo el criterio equivocado del árbitro Trujillo Suárez en algunas decisiones en zona de entreguerras calentó a la grada. Pero ni ese ardor levantó de la lona al Granada, que intentó agarrarse a Boga, el único futbolista con verdadero descaro, ante un Osasuna en pleno confort. El cambio en el banquillo, con dos empates, les ha revertido la dinámica, aunque otras tablas les sigan orillando en el último puesto.
Con tres centrales, dos carrileros largos y vertiginosos, más un centro del campo que se imponía en los lances, los navarros se aclimataron al gélido ambiente y lanzaron al abordaje a dos puntas que tienen hambre y sacan peligro de debajo de las piedras. Tanto Oriol Riera como Sergio León compiten con bravura, agobian y hostigan a cualquier retaguardia. Siempre tienen el objetivo entre ceja y ceja. Es cierto que les abastecen con frecuencia, no como a Kravets, siempre en soledad, aunque esta vez algo torpe también a la hora de enlazar algunos de los envíos que le compuso Foulquier. Volvió el galo y dio aire a la banda derecha, pero no fue el amuleto que se ansiaba.
Un remate fuera de Vezo en un córner y un gol anulado a Riera por fuera de juego antes de cabecear a la red aumentaron el horror. Dos contragolpes de León precedieron al descanso, despedido con silbidos. La descomposición se hacía palpable. Al borde de la extremaunción.
Volvieron los mismos al césped, aunque escenificando una piña como conjura, tratando de visualizar compromiso, ahuyentar los miedos. Atzili, titular en un costado, se cambió a la izquierda desde entonces, en un gesto que permitió advertir que sí estaba ahí, que las alineaciones estaban en lo cierto. Boga se fue a la derecha y asumió más responsabilidades en vanguardia. En un despiste de David García, se encontró solo ante el meta Mario, pero su vaselina quedó bloqueada.
A su lado se sumó un aliado. Samper sacó espíritu. Intentó disparar, cortar acciones, levantar el ánimo ordenando las operaciones. Pero no fue suficiente. En un córner muy cerrado, Uche reclamó un agarrón.
Salió Alberto Bueno por Atzili, pero algo de la melancolía del israelí se le contagió. Su lentitud se plasmó como algo verdaderamente exasperante, sobre todo en el tramo decisivo, con pifias terribles, aunque participara en el gol. Para que la diana llegara, tuvo que aparecer Ponce. El encuentro se moría sin trastocarse y Alcaraz reclamó al argentino. Uche se incrustó en la defensa y la acumulación de atacantes permitió el empate al aluvión. Fue en el minuto 68, con descarado suspense. Ponce sigue enfrentado a las redes y en un revoloteo en el área, tiró al poste. El rechace lo cazó Bueno, pero su chut lo escupió el portero. Kravets sí anduvo presto.
Poco más de veinte minutos quedaron para alterar el destino, truncados por una estupidez de Uche, que pateó a un rival en los morros del árbitro, expulsado fulminantemente. Alcaraz sacó a Kravets y coló a Gastón Silva, para mantener la línea de cuatro al fondo. Nada se mejoró. Mucha intentona anárquica, con errores bochornosos, más otra expulsión, de Ponce, pasado de frenada. León dejó ir el triunfo, para fortuna nazarí. Migajas.
La indudable sensación de que la Primera se escurre se apodera de todas las miradas. También de una de ojos rasgados. Los de Jiang. Un inversor al que alguien tendrá que explicarle de qué va esto o lo aprenderá a golpes. Cayendo de bruces. Tiene unos días aún para buscar soluciones milagrosas o cuatro meses para despedirse de la élite. Él elige. Si resiste o planifica para el futuro.

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