Sigue la caída al fondo sin remisión

Crónica del Espanyol 3 – Granada 1.

El boxeador sabe que ha perdido el combate cuando sus morros besan la lona y el sonido de la campana repica en su tímpano. Se acabó. Es el fin de su angustia. Seguramente llega con un dolor inmenso, a menudo pasajero. Pero en el fútbol todo es distinto. Se alarga por la exigencia temporal del campeonato. Lo bueno y lo malo. Para los equipos que acumulan méritos en sacar el pasaje al descenso, la agonía se prolonga durante meses. Hasta que se consuma. Una terrible sensación de caída al vacío sin remisión, que afecta al entorno, desmoralizado por los acontecimientos. Sobre todo cuando el plantel no levanta cabeza y, lo que es peor, se instala en el bochorno más frustrante.
Este sexto viaje del Granada desde que volvió a Primera división está siendo el peor de toda su historia en la máxima categoría. El púgil puede recibir infinidad de golpes pero al caer no pasa nunca del suelo del ring. Se levanta después, lo curan y tira para casa. Lo de los rojiblancos no es así. Después de un partido llega otro y las señales no mejoran desde que empezó 2017. Ni se toca, ni se ve el fondo. Se precipitan sin solución de continuidad.
La tendencia es tenebrosa. Empieza a implorarse a la mística, como si un regalo del cielo, en forma de gol de Falcao o de rival superior en situación pasiva en las últimas jornadas, pudiera reformular lo que asoma a todas luces. Pero para ello, hay que vencer. Ganar a alguien. Unos cuantos partidos al menos, lo que cualquiera que desee mantenerse. La victoria parece una especie en extinción en el coto nazarí. Las encomiendas al mercado suelen paliar problemas pero no extirpar todos los males. A Pocos días de su conclusión, no puede ser la panacea tampoco. No hay tanto dinero y es necesario aligerar equipaje primero para permitir espacios donde posar lo nuevo. Parece improbable transformar radicalmente la plantilla en lo que queda. O lo que inyectan oxigena de veras a los demás o serán arrastrados por el precipicio como el resto, quemando su prestigio, marcando sus carreras.
Cada día es más complicado atender a futbolistas hábiles dentro de este plantel especializado en pifias, algunas groseras. La división del grupo se ciñe en la actualidad a mediocres –ya sea de rendimiento o de condición– y pusilánimes, algo aun peor, con actitudes sospechosas, cuajadas de un egoísmo consumado. Entre los que llevan media campaña de vacaciones y los que ansían el mero lucimiento personal, el decorado resulta horrible. Del RCDE Stadium salieron los de la indumentaria fosforescente –como si jugar mal no diera suficientemente el cante– con una nueva derrota a la espalda, la imagen más deteriorada y un único hilo del que tirar, que aun así no sostiene el tonelaje de la estructura.
En época de incorporaciones, con el debut insípido de Ingason, el mejor refuerzo llegó del filial. Otro tesoro más de la factoría Pozzo. El maliense Aly Malle fue el único jugador con arrestos para cuestionar el mando plácido del Espanyol. Un extremo de apenas 18 años que volará cuando lo reclame el italiano pero que ha sido la aparición más fulgurante en meses. Quizás no sea Success ni Peñaranda pero tiene arrestos y no es poco ante semejante vulgaridad.
El chico empezó con el pie torcido pero poco a poco le fue cogiendo el tono al encuentro, con mucho desparpajo. La corriente la tuvo en contra porque detrás el Granada se empeñó en retorcerse. Alcaraz volvió a apostar por Tabanou y suponemos que el francés agotó su inmerecido crédito tras el fiasco que supuso el primer tanto del Espanyol. El balón viajó rápido desde la izquierda e Ingason hizo amago de cabecear, sin tocarlo. Se lo topó Tabanou, que lo alejó fatal, centrado, justo donde estaba José Antonio Reyes. El sevillano se estrenó ante el gol en la temporada con un tanto de factura añeja, un clásico de su repertorio. Ni Tabanou recuperó la posición para taponarle ni Krhin, ausente, le encimó para clausurar la rendija, cuando lo tenía a un paso. Inclinó el cuerpo, golpeó con rosca y el esférico se fue a la escuadra de Ochoa.
Se calcó así lo sucedido ante el Osasuna. Un golpe tempranero al mentón. Nada fue ya igual. El Granada se quedó sonado, contra las cuerdas. El Espanyol se enchufó, porfió hasta llevarse cada pelota dividida y los despejes visitantes se hicieron oportunidades locales. Nada conectó. Krhin fracasó de pivote en su retorno al ‘once’. Podrá excusarse de alguna manera en la inactividad, pero hay actitudes que nada tienen que ver con el físico, sino con la personalidad. Si el mediocentro de salida baja poco entre los centrales o no abre vías de pase, todo se somete a un lanzamiento largo, con el que Kravets demostró sus limitaciones. La presencia de Krhin encima sacó del eje a Samper, que se perdió de volante. Lo de Pereira es más sangrante. Va a su rollo, obsesionado en demostrar su maestría en la finta, pero sin favorecer la fluidez ofensiva.
Al menos podrá entonar que algo maquilló con su gol de falta, aunque al que le hicieron la infracción fue a Malle, zigzagueando desde la derecha con gran habilidad. Boga y Andreas se perfilaron con bastante astucia. Amagó con lanzar el francés, pero concretó el belga, con un golpeo raso por debajo de la barrera, que saltó. Diego López nada pudo hacer. De repente, el marcador metía al Granada en la cita.
Fue una falacia. El consuelo duró apenas diez minutos más. Lo que tardó la movilidad ‘periquita’ en desmontar la rigidez nazarí. Fue Piatti, poco observado por los centrales, quien se revolvió para chutar al rincón del arco de Ochoa dentro del área, desbordado de nuevo. El mexicano está instalado en la paradoja. Lo ajustician sin piedad pero evita goleadas más sonoras. No es el culpable de la fragilidad de los muros que le debían de proteger.
La deplorable situación obligó a Alcaraz a un vuelco. Tabanou estaba sentenciado y salió Gabriel Silva, que apenas le mejoró. Una lesión de Boga, que no es grave, contribuyó a la otra sustitución. Ponce ingresó en la izquierda, como aparente extremo, pero poco hubo del vigor del argentino. El Granada siguió contemplativo y los locales disfrutaron de una tercera diana, obra del debutante Marc Navarro, un lateral diestro que se sacó un zurdazo ante la mirada huidiza de la retaguardia.
El Espanyol intentó agradar con gestos técnicos para la tribuna, mientras los rojiblancos seguían agazapados. Apenas una intentona estéril de Pereira, que en estos contextos siempre abusa. La entrada de Alberto Bueno por Khrin quedó para la anécdota, porque el madrileño hace tiempo que no ejerce el efecto revulsivo.
El desastre se eterniza y aunque el lunes ya se integrarán Kone y Adrián Ramos, más los que se esperan, el asunto se complica, al necesitar una segunda vuelta de récord. Tan inédita como esta primera ronda tan horrible. Para tirar la toalla.

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