Aterrizaje forzoso de un Granada indolente

Crónica del Eibar 4 – Granada 0.

La versión más indolente del Granada regresó en Ipurúa, allí donde se aguardaba su posible elevación a la euforia tras su buen partido ante Las Palmas y los interesantes resultados ajenos de la jornada. Hay equipos que arrojan sensaciones difusas, pero lo de los rojiblancos es digno de estudio. Son capaces de mutar desde un porte guerrero, el del lunes pasado, a un despliegue vulgar, de pierna blanda, sin brío. En el campo de dimensiones más escasas de la élite, un lugar en el que es necesario igualar la vehemencia de los locales, los nazaríes se hicieron trizas y, lo que peor, rebajaron cualquier tipo de ilusión alentada por los tres últimos puntos conseguidos. Vuelve al rincón de pensar.
Fue una masacre en la armería, ante un club ejemplar de gestión más que digna, que sin hacer ruido afronta el último tramo con los deberes hechos y el reto de rodear los puestos que dan acceso a Europa. Conocen como nadie cada recoveco de su campo y saben que a pundonor son difícilmente igualables. Cuentan con la guinda, un goleador de bandera como Sergi Enrich, que encima le ha cogido el gusto al Granada, y que contribuyó desde el principio a despellejar a los visitantes.

El árbitro más tolerante con las fricciones de toda España, Mateu Lahoz, se puso tiquismiquis para cobrar un penalti temprano en un agarrón de los que brotan en las áreas como setas y dejó al descubierto a un Granada sin trama, incapaz de leer las necesidades de un encuentro de vigor, presteza de movimientos y acción inmediata. La recuperación ante Las Palmas se cimentó sobre un elemento fundamental. Los rojiblancos marcaron primero y todo se torna luminoso al destellar el marcador. No fue así en tierras vascas, pues Adrián González encañonó a Ochoa desde el punto de fusilamiento y contravino cualquier idea visitante.
Alcaraz armó un esquema idéntico al del lunes pasado, aunque con un parche atrás y un invento arriba. Quiso remendar la defensa con Lombán, pero el central asturiano justificó claramente su desaparición de las alineaciones. Está justo de reflejos y aunque llegó a tener alguna intervención milagrosa cuando el Eibar se puso a asediar su recinto, pecó de inmóvil en la segunda diana armera, la de Sergi Enrich, convertido en un ogro para los nazaríes, cuatro tantos en cuatro cruces. Lo de después fue una desidia impropia de alguien con galones.

Kravets fue un recurso original para intentar mejorar el juego aéreo rojiblanco, pero desde la derecha se fue orillando sin conexión con el resto, más allá de unas cuantas peleas en el área en esféricos que llegó a peinar. Al parecer, el plan de Alcaraz era proteger a Carcela de este escenario, para tenerlo a punto ante el Betis. El Granada no encontró visión por este costado y el ucraniano sólo hizo ruido al final, con todo el pescado vendido, fallando acciones definitivas ante Yoel.
En la otra orilla, en la que suele sufrir Ochoa, abundaron las llegadas, de peligrosidad creciente, con una reacción pletórica del mexicano en un remate de Ramis al empezar. Adrián tendría pronto un instante para vengarse de penalti. Un leve agarrón de Ingason a Enrich que Mateu Lahoz señaló. No habrá programas dedicados a la moviola al respecto. El problema no es la aplicación del reglamento, sino la rigurosidad con la que ciñe a algunos.

Con ventaja, el Eibar profundizó en su dominio, con un punto de beligerancia en las disputas y una rapidez endiablada en los costados. Cada movimiento fracturó a una zaga a contrapié donde Ingason incurrió en graves negligencias. Mal colocado, peor asistido, todo era una cuestión de tiempo, porque sólo había una escuadra sobre el césped. Con Uche y Pereira perdidos y los carrileros sin fuelle para superar la organización azulgrana, la intensidad de los de Mendilibar prodigó aproximaciones y forzó errores a unos rojiblancos incapaces de hilvanar más de tres pases seguidos.

Sólo Adrián Ramos intentó salir de tal mediocridad, con algo de auxilio de Aly Mallé, pero ninguno supo romper el armazón local. El otro Adrián (González) sí disfrutó del encuentro, con una suerte de maniobras excepcionales y un remate picado que dio en el larguero. Pero sería Sergi Enrich quien despacharía ya la situación, porque el 2-0 destrozó a los de Alcaraz. Se inyectó con fuego, mientras Lombán perdía el tiempo reclamando una posición antirreglamentaria que no existió, y el mallorquín se cebó con Ochoa, con un culebreo, hasta marcar al concluir el adorno.

Quedó por ver si el descanso traía algún aire de cambio, pero ni el giro en el dibujo alentó esperanza. Debutó Wakaso, por Foulquier. El ghanés se escoró a la izquierda, para que atrás se delimitara una línea de cuatro, con Cuenca de lateral derecho, Lombán e Ingason por el centro y Gastón Silva tratando de frenar, sin éxito, a Pedro León, otro que anduvo iluminado. El Eibar detectó que había veta por ese flanco e inclinó las operaciones. Por ahí se forzó el córner al que Ramis daría marchamo de gol con un buen empalme cruzado.

La segunda mitad de León alcanzó lo sublime. Cada envío era una invitación a marcar a un compañero y hasta se soltó en los quiebros, con caño incluido a Ingason, para terminar de amargarle con estrépito. Seguían noqueados los rojiblancos y Lombán se retrató en la acción del 4-0. Vio pasar un balón por su sector y calculó que saldría por el fondo, por lo que aflojó. Arbilla sí creyó hasta el final y consiguió centrar para que Pedro León saciara su sed de diana. Una apatía indigna.

Entonces llegó una especie de tregua. El Eibar siguió azotando, pero con menos intención. La entrada de Samper aumentó el decoro y Ponce metió acelerones que anestesiaron el asunto. Kravets gozó de algunas ocasiones y Mallé también marró una en la raya. Leve analgésico tras el aterrizaje forzoso. A este equipo como se le afloje la correa, le entra la pereza. Se extravía y deja ir ocasiones inmejorables.

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