Un entierro de cal viva en Gijón

Crónica del Sporting 3 – Granada 1.

Babin apareció en la zona mixta con chándal ceñido y una gorra negra calada. Atuendo común, que ya lucía en Granada. Su sonrisa simpática se congeló ante IDEAL. «Lo siento, de corazón», acertó a expresar. Contención como la que tuvo al no celebrar el gol que propició la remontada del Sporting, en siete minutos letales. El karma de los ‘ex’ de nuevo. En Gijón, donde las esperanzas de permanencia nazarí quedaron sepultadas bajo cal viva.
Confiar en algo que no sea asumir el fracaso absoluto de la temporada se aventura un ejercicio de fidelidad ciega por parte de cualquier aficionado. Todo ha sido un desastre, desde el principio, aun con el beneficio de la duda ante lo nuevo y la lógica prudencia. Nadie ha encontrado la manera de corregirlo. Tampoco Lucas Alcaraz.
En una salida crucial, de carácter eliminatorio, ante un rival directo, los de rayas horizontales –ayer, de un premonitorio luto– consiguieron lo que parecía más difícil. Se pusieron por delante ante un Sporting impetuoso, al que había contenido Ochoa en la primera parte. Pero este equipo es líder de pifias grotescas y no iba a ser menos en El Molinón. En el enésimo fuera de juego mal tirado, los locales empataron, embravecidos con el tosco pero enérgico Traoré de revulsivo, entrando con un sutil ratón entre la abundante mantequilla ajena.
Lo que vino después fue una catarata de despropósitos. Babin, que acarició el tanto en la primera mitad en cada balón parado, logró la muesca tras el rechace de un córner. Se quedó petrificado, sin festejar, ocultó bajo una ola de abrazos amigos. Carmona, en un contragolpe brutal, con el Granada sumido en el desaguisado extremo, inflamó a la grada con el tercero y enterró cualquier inquietud. Pulverizó a unos visitantes que cayeron en el ridículo más estrepitoso. Los gijoneses se permitieron el lujo de marrar un penalti, de desaprovechar abundantes ataques en superioridad. No hicieron más sangre, porque no son feroces. Pero el enemigo sí era de una fragilidad vidriosa. Se acrecentó.
Los granadinos asomaron en un campo hostil obligados a portar la ropa comprada en las rebajas veraniegas, pese al fresco aún vigente. Una indumentaria de saldo, con colores chillones y llamativos pero que se ha apolillado más rápido que aquella ‘vintage’ que la directiva desechó. Lumbreras que abocaron sin remedio a las ‘vendettas’. Una tras otra. Fran Rico, Edgar, Rubén Pérez, Machís y, ahora, hasta Babin. Infravalorados por Paco Jémez y Javier Torralbo ‘Piru’. Unos visionarios.
No es que viajaran sólo con la moda estival. Es que el Granada irrumpió con lo puesto, sin muda y mucha carne al aire. En el armario de su dulce hogar se quedaron Wakaso, por sanción, sin el cual la sangre se coagula; más Adrián Ramos y Héctor, en la enfermería, fuera de un duelo agreste, para el que la escuadra no podía permitirse acudir sin sus tres mejores activos. Los que pueden tapar algo la mediocridad como forasteros.
Alcaraz intentó improvisar un plan de ataque heterodoxo, con el que romper rendijas en ataque sorprendiendo. Ideó a Boga de ‘falso nueve’, con un rendimiento calamitoso. Suya fue la mejor oportunidad del primer tiempo. Un servicio templado de Carcela que el francés malogró con su periscopio, mediante un lamentable giro infantil. Boga es fiel reflejo de una política de fichajes pretenciosa pero errática, que no ha logrado un desarrollo óptimo de prácticamente ninguno de los futbolistas imberbes que fueron reclutados. La falta de carácter se ha escenificado sobre todo lejos del calor de su estadio. Allí donde se prueba la verdadera valía. Tampoco algunos más veteranos se escapan de la quema. Sólo Ochoa se va con la dignidad de impedir un marcador catastrófico. Carcela se quedó en el avión.
El Granada pretendió estar ordenado y tirar mucho, pronto. Intentó no obsesionarse con lo directo –tampoco tenía sentido sin referencia clara arriba– y manejó los espacios para lanzar en cuanto se pudiera, como hizo Cuenca. Pereira lo buscó en un rechace y a Ingason le anularon un tanto de cabeza por falta en ataque, que pudo ser. Luego se resarciría, tras el descanso. El único de los que han llegado en enero y se han hecho frecuentes que sí estuvo sobre el césped conquistó su primer gol. No sabía, sin embargo, que estaba retirando el tapón de las miserias nazaríes. De las propias.
Antes de ese lapso, ya se aventuró en el primer acto que los acelerones del Sporting serían peligrosos. Burgui comenzó a penetrar con ahínco por la zona de Foulquier y Babin obligó a una palomita a Ochoa a la salida de un córner. El mexicano evitó un mano a mano con Víctor Rodríguez, una diagonal de Carmona y nuevas intervenciones de Burgui. Víctor terminó la secuencia después con un tiro al poste, antes de que Boga tuviera un haz de luz al filo del reposo de cabeza, sin consecuencias.
El encuentro era un caos, con muchos despistes, aunque fue el Granada el que aprovechó uno bastante flagrante del Sporting en el minuto 51, en el rebote de un saque de esquina. Andreas encontró una fórmula presta de centrar e Ingason, que seguía rondando el área, se tiro a ras de hierba para encajar el esférico en la red de Mariño, que no tuvo que hacer ni una parada en todo el encuentro. Ni le probaron en adelante, pese a no ser el titular.
Tanto Rubi como Alcaraz habían aparcado sus ‘tanques’ en el banquillo. El catalán incluyó enseguida a Traoré tras el 0-1. El granadino prefirió aguantar a Kravets. El costamarfileño soplaría la corneta.
Burgui y Traoré se inyectaron entre los supuestos tres centrales robustos, tras un pase a sus espaldas, a 40 metros del arco. El extremo encontró al tallo y el empate resituó al Sporting. Los empezó a meter en éxtasis.
Encimaron hasta generar situaciones de ventaja. Con intensidad, llegó el cabeceo de Babin para el 2-1 y el relámpago de Carmona para el tercero. Ya sí entró Kravets, para poca reacción. Le anularon un tanto a Traoré, con acierto arbitral; Ochoa extendió los guantes para impedir la vuelta al ruedo de Burgui; y luego voló para impedir la pena máxima lanzada por Traoré.
Se inauguró un festival local, para el que el Granada sirvió de víctima. Kravets revolvió más que el resto en ataque y le invalidaron mal una aproximación que concluyó en la meta. Fuego al aire para un equipo a la deriva. Un proyecto directo al agujero. Lo contrario, sería un milagro. Con sólo un ‘once’ y rindiendo en casa nada más, es imposible.

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