El Valencia aplica la eutanasia nazarí

Crónica del Granada 1 – Valencia 3.

La grotesca derrota ante el Valencia se convirtió en un monográfico sobre esta temporada zozobrosa, con dos zetas, como las de Zaza, el delantero italiano que metió dos goles en dos minutos y destapó la caja de los truenos. Terminó de aplicar la eutanasia sobre un proyecto que ha terminado en esperpento, hasta provocar su virtual descenso a Segunda faltando siete jornadas. La grada estalló contra un equipo indolente, salvo honrosas excepciones, con media plantilla con la maleta ya hecha.
Más allá del comportamiento vulgar de algunos, coronado por la patética celebración de Ponce en el inservible tanto local mandando callar al público, está la certeza de que a este grupo le falta muchísimo fútbol, ya sea por ausencia de cocción en algunos jóvenes o por la carencia evidente de las virtudes que rodean a los jugadores de una pieza, los de verdadera élite.

Lo del argentino fue una jaimitada que hizo que el público se cebara con razón, tras la que luego pidió disculpas. Algo propio de la inmadurez y el exotismo reinantes en el vestuario, que estaba claro que agravaría un contexto de crisis. Lo de Ingason en la lamentable marca sobre Zaza cuestiona su propia valía para la máxima exigencia de este deporte. Este fue un refuerzo invernal, por el que se pagó 1,5. Los ‘desterrados’ Ricardo Costa y Babin, e incluso el «caro» Gálvez según Piru, observarán ahora el movimiento con estupor.
La liviana cobertura del islandés en el par de tantos del transalpino motivaron un cambio a lo ‘Jémez’ de Lucas Alcaraz, pasada la media hora. Al entrenador le están superando también los acontecimientos y en su faceta de granadinista, ha de estar sufriendo una angustia intensa. Sus cuentas se aguaron hace tiempo y parece entonar con resignación y soledad lo que se avecina, deseando al menos que en el epílogo del campeonato se recupere la dignidad y que se esclarezca si su prolongación de contrato es real o papel mojado para la directiva.

La opción Osasuna
Este Granada se conduce irremediablemente a la opción que asumió el Osasuna hace ya meses: aceptar su destino, un descenso inapelable, para construir desde ya, sin alternativas y abiertamente, la escuadra de la campaña próxima. Quién sigue, quién no. Quién vuelve, quién llega. Todo armado con una estructura de gestión que perfile el modelo, ratificando a Alcaraz o designando un sustituto. Son decisiones obligadas e inmediatas de la propiedad y de sus subordinados. Cada minuto que pasa es una pérdida de tiempo.

El desglose del plantel se hará cada vez más sencillo. La mayoría rompe el vínculo en verano y muchos se retratan en su vulgaridad. Otros al menos mantienen cierto crédito. Gente como Ochoa, Wakaso, Héctor o Foulquier, cuyo porvenir no asoma como nazarí. Por el africano podrían pagar su opción de compra, pero es dudoso que acepte bajar el peldaño. Ni siquiera con el francés se asegura que se estire su estancia. Es de Pozzo, como otros tantos, y es el exdueño el que teje su destino.
Bajar deparará un vaciado de la caseta. Arduo trabajo para el nuevo director deportivo, aunque una bendición para el saneamiento total. Manos muy ocupadas pero sin atar en una división que no perdona los despistes. Que es larga y de la que se tiene un engañoso buen recuerdo en esta ciudad, pues el paso reciente fue efímero por ella. En realidad es canalla y tediosa. Una racha buena lanza y una línea negativa hunde sin piedad. Como en Primera, no vale cualquiera para capitanearla, de ahí que Jiang y sus adlátere Tony Adams tendrán que hilar fino. Otro porrazo, estancarse en el sótano o algo peor, como le está ocurriendo al Rayo o al Almería, sería el acabose para la trayectoria china.

El partido en sí concluyó a los 18 minutos. Hasta entonces, el Granada no había competido mal, en una trama de continuidad con respecto a la alineación de Riazor, aunque con Ingason en la zaga por Vezo –por la ‘cláusula del miedo’–, Uche a los mandos, Pereira en el trampolín en el que estuvo Boga y Carcela por la derecha. Héctor repitió de extremo y suya fue la primera aproximación al área de Alves, muy solo. Kravets apenas le acompañó. La desgana del ucraniano alcanzó cotas insospechadas. Parece que con él no va la cosa.
Pereira filtró un pase hacia el desmarque de Carcela, que lanzado por el área chutó mal por la derecha. El Valencia ordenó una presión media y se aplicó en centros al área, mal detectados por la retaguardia rojiblanca. Tras un ramillete de tiros lejanos de los nazaríes, de los que sólo sobresalió uno de Wakaso que sacó Alves, y una reclamación de penalti de Carcela por un leve agarrón, llegó la diana que cimbreó a los locales. Montoya subió sin obstáculo por la derecha y su centro despidió una parábola perfecta para el cabeceo potente de Zaza, con Ingason despistado. Sin tiempo para asimilarlo, el Granada se topó con una situación parecida, pero desde la izquierda. Un envío de Santi Mina ante el que puso el pie Zaza, con más fe en el remache que Ingason en el despeje. Fueron un par de fogonazos aislados, pero suficientes para declarar el estado de excepción.
Lo que vino después profundizó en el patetismo. La sustitución precoz de Ingason por Boga. El salto de Ponce y su estúpido dedito. El recreo valencianista en el tercer gol, con una circulación eterna ante la mirada ajena. La apelación a Pina y la censura a quien manda. Muchos pitos a Orellana y ovación a Siqueira. El escudo manchado. El indulto a pocos. Nostalgia del ayer. Hartazgo del presente. Miedo al mañana.

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